Después del parto me desmayé y dormí varias horas. Al abrir los ojos, noté que la noche caía por la ventana y que el cuarto estaba lleno de flores y globos. Un suspiro escapó de mí al ver tanto cuidado y amor en cada detalle. Mateo entró en ese momento y dejó un beso cálido en mi frente. —Quiero verlos… —dije, con la voz temblorosa—. Quiero ver a mis bebés. Él acarició mi rostro con ternura, deslizando sus dedos por mi mejilla, sosteniendo mi mirada con esos ojos grises que siempre me hacían sentir segura. En ese instante, llegó la enfermera cargando a los pequeños envueltos en mantitas suaves. —Es hora de que coman —dijo con una sonrisa amable. —¿Están sanos, verdad? —indagué, mi voz cargada de ansiedad. —Cómo le explicamos a su esposo… —comenzó ella con cautela—. El niño está un p

