Los hijos de Jazmín se quedaron con los hombres —quienes parecían más nerviosos que yo— mientras Mateo me cargó casi en vilo hasta el auto. Me acomodó en la parte trasera, pero ni bien me senté otro dolor me atravesó como un rayo. Jazmín y Anastasya se metieron conmigo, cada una agarrándome una mano como si estuvieran sosteniendo mi alma para que no se escapara del cuerpo. —Respira, mi amor... respira conmigo —susurra Ana, aunque su voz también tiembla. —Mateo, rápido… ¡me duele! —grité, doblándome. Él apretó el volante hasta poner los nudillos blancos y aceleró tan fuerte que el auto rugió. —¡Pero cuidado, imbécil! —le grité mientras otro dolor me partía—. ¿¡O quieres matarnos!? ¡Te odio! —¡No me odies ahora, por favor! —dice él con voz rota desde el asiento del conductor, sin dejar

