Estuve toda la noche con mis bebés, mis dos pequeñas razones para seguir respirando. Los sentía moverse como locos bajo mi piel —sobre todo el bebé dos, que parecía tener un gimnasio ahí adentro— y aunque no quiero llamarlos “uno” y “dos”, ya tengo sus nombres en la punta de la lengua. No puedo decírselos aún, pero cada patadita me los confirma más. Amanecí muy temprano. Me levanté despacio, con una mano sujetándome la espalda y la otra acariciando mi vientre enorme. Cuando fui hacia la puerta para abrirle a los escoltas, escuché movimiento en el pasillo… voces, pasos pesados… cajas. Abrí y casi me da un infarto. Había tres hombres de Mateo, todos entrando como si el departamento fuese suyo, cargando cajas gigantes: ropa de bebé, mantas, juguetes, una cuna portátil, un móvil de estrell

