Estaba tan relajada que casi me quedo dormida, con la cara hundida en la camilla y el aroma dulce del aceite envolviéndome como una manta tibia. Sus manos seguían subiendo lentamente por mis pantorrillas, firmes, seguras… demasiado seguras para ser las de un extraño. Aun así, yo suspiré. —Eres muy bueno… —murmuré, sonriendo sin abrir los ojos. Entonces él soltó una risa baja, profunda, una risa que no pertenecía a ningún masajista del mundo. —Sabía que te encantaban mis manos, bebé… Mi corazón dio un salto violento. Abrí los ojos de golpe, levanté apenas la cabeza y giré un poco, lo suficiente para ver su silueta… Mateo, con esa sonrisa descarada, las mangas remangadas y mis piernas entre sus manos como si tuviera todo el derecho del mundo. —¿¡Qué haces aquí!? —dije, indignada, intent

