—Vaya que ballena… —dijo Sonia, con una sonrisa venenosa. No tenía idea de dónde había salido, pero llevaba un bikini diminuto que lucía su cuerpo de modelo como si estuviera en una pasarela. Antes de que yo pudiera responder, Mateo se movió tan rápido que no supe si había corrido o simplemente aparecido. Se puso entre nosotras, su cuerpo tenso, la mandíbula apretada. —Es increíble, amor… —dijo Sonia con voz melosa—. Rechazas mi llamada y tuve que buscarte por todos lados. Su mano intentó tocar el brazo de Mateo, pero él se apartó como si le hubiera intentado poner veneno. —Si no te busco —dijo él con una frialdad que helaba— es porque no quiero verte. Y no molestes a mi esposa. —¿A tu ballena? —se burló ella, girando los ojos hacia mí con desprecio. La sonrisa de Mateo desapareció p

