MATEO En la noche me aseguré de que llevaran a Giana a su departamento sin que nadie la molestara. Tenía que mantenerla a salvo… aunque ella no quisiera verme.Aunque me odiara. Después fui a la oficina. No podía seguir aplazándolo.Necesitaba a Aleksandr. Chicago siempre había sido nuestra sombra, nuestro músculo, nuestro otro pulmón. Los Santoro no sobrevivían cuando se dividían. Aleksandr ya me esperaba, sentado detrás del escritorio con ese whisky carísimo y esa mirada que medía todo. —¿Qué necesitas? —preguntó, sin rodeos. Me apoyé en la mesa, respirando hondo. No podía decirlo suavemente. —Quiero matar a los Lombardi. A todos menos al niño. Aleksandr se atragantó de la risa. Una carcajada grave, pesada, casi incrédula. —Estás loco, Mateo… —rió aún más—. Completamente jodido

