Lucía. Tres días pasaron como agua entre los dedos. La mansión estaba llena de visitas y felicitaciones, pero yo no hice nada realmente útil. Ni reuniones, ni entrenamientos, ni fiestas clandestinas. Nada. Solo dormir, comer lo que me llevaban y tomar un par de duchas largas sintiendo que estaba suspendida entre dos mundos: el de la obligación y el de la libertad. Para el tercer día ya estaba cansada del silencio. Mi vida siempre fue ruidosa: guardaespaldas hablando por radio, autos encendiendo motores a toda hora, teléfonos sonando, contratos firmándose, gente jurando lealtad o temor. El silencio no me va. Me pone a pensar demasiado. Estaba en mi habitación, sin maquillaje y en ropa interior, cuando Gerald terminó de ponerse los pantalones. Él siempre encontraba la manera de aparecer c

