Mi nombre es Lucia Santoro y nací con un apellido que pesa más que una catedral: hija mayor de Alekdrad Santoro, el capo de Chicago; nieta de Vicenta Aguilar, la mujer que la Bratva bautizó como Karovela. Desde que tengo memoria he vivido rodeada de escoltas, vehículos blindados y protocolos de seguridad que asfixian. Jamás pisé un colegio común. Jamás tuve amigas normales. Jamás pude tomar una decisión sin consultarla antes. El único respiro real en mi vida fue cuando conseguí entrar a la universidad. Mi padre no quería, pero yo insistí hasta el cansancio. Fue la primera vez que me permitió caminar sin un Santoro siguiéndome a medio metro, bueno solo mi hermana gemela Luna y mi prima Alessia. Ahora mismo estoy de pie frente a él en su despacho. Mi padre está sentado con las mangas de l

