Han pasado cuatro años desde la muerte de mi bebé… y yo jamás pude superarlo. Nunca encontré su cuerpo, nunca tuve un cierre completo. Por eso Mateo, en su manera silenciosa pero intensa de cuidarme, mandó a preparar una tumba en su honor, para que al menos yo pudiera llorarle y mantener viva su memoria. Después de tanto dolor, decidí darle una segunda oportunidad al amor. Nos mudamos a una casa grande en Nueva York con nuestros mellizos, y la vida, poco a poco, comenzó a darme pequeños momentos de felicidad. Mateo ya no es el miserable de antes; ha cambiado por completo. Me ha apoyado en cada uno de mis sueños, me ayudó a estudiar lo que siempre deseé, y también me reveló la verdad sobre mi padre: su muerte no fue un accidente, fue obra de su propio hermano Domeniko. Además, me puso a m

