La noche había caído y, cuando la puerta empezó a abrirse, supe que algo iba mal. Un frío me recorrió la espalda. Agarré un jarrón con las manos temblorosas, decidida a usarlo como último recurso para protegerme. No tardó en aparecer Santiago. No tuve tiempo de pensar: empujó la puerta con violencia y se abalanzó hacia mí. —Aléjate —alcé la voz, sosteniendo el jarrón entre los brazos—. No te acerques. Él me dobló la mano con un movimiento brusco, el jarrón resbaló y se estrelló contra el suelo en mil pedazos. Sentí el golpe del miedo, el peso de su presencia encima de mí. Intenté zafarme; su mano me sujetaba con firmeza, como queriendo impedir que me moviera. —Déjame, Santiago —dije, la voz rota y la respiración entrecortada. —Ya estoy harta de ti —respondió él con tono venenoso—. Te

