Giana
Yo estaba en shock. No podía creer lo que estaba pasando. Hace un año conocí a Mateo Santoro cuando mi abuelo lo presentó, y desde entonces, él parecía más interesado en mirar las tetas de Lorena —que llevaba un vestido extremadamente corto— que en cualquier otra cosa. Y ahora, su madre estaba diciendo, con toda naturalidad, que ellos pedirían mi mano.
—¡No puede ser! — Grita Lorena—. ¿Mateo dijo que pediría mi mano?
—Calma, Lorena… —intervino mi tío Domeniko, con voz firme, tratando de contener la situación sin levantar demasiado la tensión.
—Amor, tú estás segura… —preguntó Maurizio mirando a su esposa y yo sentí cómo su mirada evaluaba cada reacción mía, como si buscara una señal de consentimiento.
—Completamente segura. Hablé con mi hijo y pedirá la mano de Giana. ¿Hay algún problema? —añadió Anastasya, con esa autoridad fría y elegante que parecía capaz de mover montañas con solo una palabra.
Sentí la mano de Santiago apretando la mía con fuerza debajo de la mesa.
—Giana es demasiado joven y no está preparada para asumir un compromiso matrimonial de esta magnitud —dijo Santiago
—Pues es Giana o no es nadie —replicó Anastasya, con autoridad implacable y un matiz de orgullo en la voz. Sus ojos celestes brillaban con determinación, dejando claro que no habría debate posible; su tono no admitía objeciones ni dudas.
—Maurizio, creo que podríamos discutir esto con un poco más de calma y revisar los tiempos —intervino Domeniko, intentando introducir un margen de negociación, pero con cautela, consciente del poder de los Santoro.
—Lo siento, Domeniko —respondió Maurizio con un ligero gesto de cabeza—, pero la última palabra la tiene mi esposa, y su decisión es definitiva.
En ese instante, un paso firme resonó en las escaleras:
—Buenas noches —dijo mi abuelo, bajando con la seguridad que solo la experiencia y la autoridad otorgan, su cabello canoso y ojos cafés irradiando calma y firmeza al mismo tiempo. Hacía semanas que no lo veía tan sereno, pero cada palabra suya llevaba peso de sentencia.
—Buenas noches, Don —saludó Maurizio, inclinando ligeramente la cabeza, mostrando respeto sin perder la compostura.
—Es sorprendente, y francamente inaceptable, que no me hayan convocado para participar en esta reunión —murmuró mi abuelo, con un toque de reproche y autoridad contenida en cada sílaba.
—Lo siento, padre —respondió Domeniko, bajando la cabeza, consciente de la presencia inapelable de su progenitor.
Todos los ojos se centraron de nuevo en la sala.
—La unión debe ser con una Lombardi —dijo finalmente el Don, su voz cargada de decisión, haciendo que cada palabra resonara como sentencia—. Y esa Lombardi es Giana. Por lo tanto, ella contraerá matrimonio con su hijo, Mateo Santoro. Es mi última palabra.
—Bien —dijo Anastasya con voz firme, elegante y autoritaria—, entonces mi hijo Mateo vendrá dentro de dos días a buscar a Giana. La hospedaremos en mi casa mientras se realizan los preparativos de la boda.
Mi corazón se tensó y mi mano se cerró con fuerza. Esta boda podría ser mi salvación o mi condena.
—No — Dijo Santiago—. Giana solo se irá de aquí casada. Nadie la tocará antes de eso.
—Tú no tienes opinión, Santiago.— Sentencia su padre.
—No necesito pedir permiso para proteger a la familia. Giana no saldrá de aquí hasta que yo lo decida.
Anastasya levantó un poco la barbilla, evaluándome, consciente de que estaba frente a alguien que no se doblegaría:
—Bien, Santiago no será en dos días. Mateo vendra mañana por Giana y si no acatan nuestras peticiones no habrá unión.
Los Santoro finalmente se marcharon, y yo seguía en blanco, incapaz de procesar todo lo que había sucedido en la cena. La mezcla de sorpresa, miedo y algo de incredulidad me mantenía rígida, con la mano todavía temblando de haberla sentido apretada por Santiago bajo la mesa. Domeniko se encargó de llevar a mi abuelo a su habitación, mientras el eco de pasos y murmullos se iba apagando en la casa.
De pronto, escuché la voz de Lorena, cargada de rabia e incredulidad:
—¡Eres una maldita! —gritó—. Me quitaste a mi esposo. ¡No puedo creer que Mateo Santoro se vaya a casar con una zorra que se revuelca con su propio primo!
Mi corazón dio un vuelco. Quería desaparecer, esconderme, pero no podía apartar la mirada. Antes de que Lorena pudiera seguir, sentí un golpe seco contra su mejilla.
—¡Tú te callas! —dijo mi madre con voz firme y temblorosa de ira, la mano todavía levantada—. ¡No toleraré que hables así de mi hija! Esa boda es la solución a nuestros problemas y tú Giana serás la mejor esposa para Mateo Santoro.
Lorena se quedó paralizada, con la cara enrojecida, mientras yo apenas podía creer lo que acababa de suceder.
Subí las escaleras con el eco de los últimos reclamos todavía pegado a la piel de la casa. Todo me daba vueltas: las voces, las miradas, el golpe de mi madre. Antes de alcanzar el rellano lo vi. Santiago estaba en el pasillo, la figura recortada contra la luz tenue; en cuanto me vio, su mano salió limpia y rápida.
La bofetada me sorprendió por su velocidad y por la rabia contenida en ella. Sentí el impacto en la mejilla como una descarga; un sabor metálico inundó mi boca y, al llevarme la mano al labio, noté la humedad caliente de la sangre. Me aparté un paso, aturdida, la respiración cortada. Nunca antes me había golpeado así.
—Jamás serás la mujer de otro, jamás, Giana. —Su voz era baja, cortante, y en cada palabra latía una posesión que me heló y me protegió a la vez—. Cuando venga ese hijo de puta, le dirás que no.
Las lágrimas caían en mis mejillas
—Si te casas con él mato a tu familia— Me amenaza—Eres mía solo mía.