Santiago Lombardi.
Anoche durmió con Salvatore la miserable al igual que cada día de toda la semana.
Ya deseo marcarla tocarla de todas las formas posibles. Giana mi pelirroja hermosa mia solo mía.
No es solo un impulso: es una promesa que me arde en la sangre. Quiero dejar en su piel pálida mi nombre, reclamar cada rincón de su cuerpo como si fuera territorio, hundirme en ese coño virginal y hacerla mujer.
—Padre, ¿me oyes? —me acerco a su mesa, apoyo la mano por un momento en el respaldo de la silla y hablo con la urgencia de quien necesita que alguien más sostenga su intención.
—Es importante nuestra alianza con los Santoro… — Responde.
Él levanta la mirada, y su voz cae como un guante de hierro:
— ¿podrías dejar de pensar en follar a tu prima? Haz lo que quieras con ella, pero no me jodas los planes.
—Está bien, padre. —replico sin apartar la mirada— Entonces, después de la boda, ella comenzará a dormir conmigo.
—Santiago, hay demasiadas mujeres que no tienen tu sangre. —me dice con voz grave— No confundas deseo con derecho
Subí a la habitación de Giana con pasos silenciosos, casi como si temiera que ella me oyera acercarme. La puerta del baño estaba entreabierta y, desde allí, el sonido del agua cayendo en la ducha llenaba el aire, envolviéndome en una mezcla de deseo y expectativa.
Mis dedos rozaron la tela de su ropa interior sobre la cama; la suavidad se me escapaba entre las yemas, y un calor interno me recorrió de inmediato. La imaginé desnuda, bajo el chorro de agua, la piel brillante y el cabello pegado a su cuello, mientras mi respiración se aceleraba con cada segundo que pasaba.
No era sólo lujuria, era la certeza de que ella era mía, y la necesidad de reclamarla, de marcarla de todas las formas posibles, me hacía estremecer.
Estaba a punto de abrir la puerta del baño y ajuste mi cremallera para bajar mi pantalón cuando sentí un tirón leve en mi pantalón. Me giré y vi a Salvatore, mi hermano menor, con esa sonrisa traviesa que siempre parecía aparecer en los momentos menos oportunos.
—Santi, estás ocupado… —me dijo con una voz ligera, casi burlona.
—Ah, sí… —respondí, con un hilo de impaciencia y sin apartar la vista de la puerta—.
—Si Giana se está bañando… —añadió, como si le estuviera contando un secreto que yo ya sospechaba.
Sentí un impulso de fruncir el ceño, pero al mismo tiempo un ligero deseo de reír ante la naturalidad con que hablaba. Mi mente estaba en otra parte, en Giana, en el agua cayendo sobre su piel, y la interrupción de Salvatore parecía casi una broma cruel.
—Vamos a jugar.— Él jala mi mano para sacarme de la habitación.
[...]
La hora de la cena llegó y recibimos a Maurizio Santoro y su esposa Anastasya. Maurizio, con su cabello oscuro salpicado de canas y esos penetrantes ojos grises que parecían analizarlo todo, caminaba con la seguridad de un hombre acostumbrado al poder. Anastasya, de cabello castaño y ojos celestes, desprendía una sensualidad natural que era imposible ignorar; cada movimiento suyo estaba lleno de gracia. Dicen que su hermana la Karovela es todavía más sexy.
Por lo que sabía, el imbécil de Mateo, su hijo, ya conocía a Lorena y a Giana, y había escogido a Lorena para casarse. Ahora ellos solo venían a pedir la mano, pero el aire estaba cargado de expectativas, sonrisas calculadas y miradas que pesaban más que cualquier palabra.
—Sean bienvenidos. Lamento que su hijo no pueda asistir —dijo mi padre con voz grave, ajustando su postura para que la autoridad de la casa se sintiera en cada sílaba.
—Mateo está atendiendo unos asuntos de la familia —respondió Maurizio con cortesía, inclinando ligeramente la cabeza—. Pero no queríamos dejar pasar la oportunidad de presentarnos personalmente y tratar los detalles importantes.
Mi madre y mi tía saludaron a los invitados con cortesía, estrechando manos, sonrisas medidas y pequeñas inclinaciones de cabeza, mientras yo observaba cada gesto con atención. Luego bajaron a Lorena y a Giana, y el corazón me dio un golpe al verlas entrar en la sala.
Lorena, con su cabello castaño y esos ojos verdes idénticos a los de su madre, se movía con gracia y seguridad, cada paso medido y elegante. Era hermosa, sin duda, pero había algo en Giana que me robó el aliento al instante.
Giana, con su cabello rojo brillante y ese par de ojos hazel que parecían iluminar todo a su alrededor, llevaba un vestido pequeño que delineaba cada curva de su cuerpo. Su porte era provocador sin esfuerzo; cada movimiento de sus piernas al caminar me hacía desear marcarla, reclamarla.
—Mis sobrinas, Lorena y Giana Lombardi —presenta mi padre con voz firme, clara, dejando que la atención de todos se posara sobre ellas.
Lorena adelantó un paso con seguridad, extendiendo la mano:
—Es un placer conocer a mis futuros suegros —dijo con una sonrisa elegante, sin perder ni un ápice de su gracia natural.
Giana, en cambio, parecía más tímida. Se acercó y, con una delicadeza casi vulnerable, les dio la mano a ambos. La forma en que sus dedos rozaron los míos un instante mientras yo la guiaba levemente hacia la mesa me hizo sentir un calor que no podía controlar.
—Qué bien —comentó Maurizio con una leve sonrisa, evaluando a ambas con los ojos de alguien acostumbrado a medir el valor en cada gesto—. Son encantadoras.
Nos dirigimos hacia la mesa y nos sentamos; por supuesto, yo tomé el lugar junto a mi Giana. Al acomodarme, sentí su presencia cercana, ese perfume ligero que siempre llevaba, y la manera en que su cuerpo casi se rozaba con el mío me puso alerta. Cada pequeño movimiento suyo parecía diseñado para provocarme, incluso sin darse cuenta.
Mientras mi padre y Maurizio conversaban con formalidad sobre negocios y alianzas, no podía evitar la tentación de rozar la pierna de Giana bajo la mesa. Apenas mis dedos tocaron su piel, ella me pegó un manotazo, sonrojada y molesta.
—Todo bien, Giana —preguntó Anastasya con voz suave, como intentando calmar la situación.
—Sí, señora Santoro… —respondió ella, bajando la cabeza, tímida, pero finalmente dejándome volver a rozarla discretamente. Su resistencia parecía más juego que enfado, y cada segundo me encendía más.
Lorena, observando la escena con una sonrisa traviesa, intervino:
—No le hagas caso, Ana, mi hermana es rara.
—Lorena,no tutees a la señora Santoro. No seas irrespetuosa. —aclaró Gisela, haciendo que todos entendieran la relación y disipando cualquier confusión.
—¿Cuántos años tienes, Giana? —indagó Anastasya, con una mirada curiosa y calculadora, evaluando a la joven frente a ella.
Giana bajó la mirada, apenas balbuceando una respuesta; su timidez era evidente y su rostro se sonrojó ligeramente. Antes de que pudiera tartamudear, intervine:
—Dieciocho —respondí por ella, con firmeza.
Giana asintió con la cabeza, y yo sentí un impulso de rozar nuevamente su mano bajo la mesa.
—Muy bien —dijo Maurizio, levantando ligeramente la mirada hacia mi padre—. Estamos aquí para pedir formalmente la mano de…
—De Giana —afirmó Anastasya, su voz suave pero firme, dejando claro que no era un simple gesto de cortesía. Sus ojos celestes se posaron un instante sobre mí, midiendo mi reacción.
—Queremos pedir la mano de Giana para mi hijo, Mateo —continuó Anastasya, con una sonrisa delicada pero cargada de autoridad.
Sentí cómo mi mandíbula se tensaba y un calor subía por mi cuerpo. Cada palabra que pronunciaban parecía retar mi derecho sobre ella. Mis dedos rozaron la pierna de Giana bajo la mesa, y ella me lanzó una mirada breve, mezcla de timidez y un dejo de incomodidad que me hizo sonreír por dentro.