Los gritos de Isabella no me hicieron esperar a golpear la puerta de su cuarto, simplemente entré y abrí con una patada. —¡¿Qué sucede?! —¡Ay, mi pata, mi pata! Ella alzaba su pierna y trataba de masajearla. La miré chueca, así que pude comprender que tenía un calambre muy fuerte. —¿Ya hiciste algo para aliviarte? —¡Cállate y lárgate de aquí! ¿En serio le había preguntado eso? En definitiva, no podría llegar a ser más bruto. Miré a mi alrededor y ahí encontré una pomada. —A ver —le tomé su pierna y le puse pomada, entonces comencé a masajearla —me dices si te sientes mejor. —Sigue así. Pronto los gritos cesaron, sentí como la piel de Isabella se relajaba debajo de mis dedos y aquel tendón recogido había cedido muchísimo. —Gracias por esto —ella me miró con gratitud —disculpa si

