Capítulo 9 El camino de regreso a la mansión se me hizo eterno, no por la distancia sino por el peso del silencio dentro del auto. Mi madre iba recostada a mi lado, con la cabeza apoyada en mi hombro, y aunque estaba pálida y débil, sus ojos seguían brillando con esa luz testaruda que siempre la caracterizó. Afuera, la ciudad desfilaba a través de los cristales polarizados: barrios desordenados, edificios con ropa colgando en los balcones, hasta que poco a poco el paisaje cambió y las calles anchas y arboladas nos anunciaron que nos acercábamos al territorio donde todo es pulcro, caro y perfectamente calculado. La entrada de la mansión apareció como una postal imposible: los portones de hierro se abrieron en silencio, el auto avanzó por el camino bordeado de arbustos perfectamente recort

