Capítulo 7
La voz de mi madre aún flotaba en el aire, débil pero clara, como una nota que se niega a morir aunque el instrumento ya esté agotado. “No solo te volviste el muchacho guapo que imaginé, también el buen hombre que siempre pensé que llegarías a ser”. La escuché una y otra vez dentro de mi cabeza, como si mis pensamientos hubieran quedado atrapados en un eco que no sabía cómo detener.
Quise creer que eran solo los calmantes, que estaba confundida, que no tenía sentido buscarle lógica a las palabras de alguien que acababa de salir de una cirugía, pero entonces recordé la forma en que Alexander había reaccionado: esa rigidez en sus hombros, el desvío brusco de su mirada, el silencio tenso que lo envolvió por unos segundos. Él, que siempre tiene una respuesta lista, un sarcasmo preciso o un comentario que coloca distancia entre nosotros, se había quedado callado, y ese silencio me dolió más que cualquier palabra.
Me incliné sobre la cama para acomodar la sábana sobre mi madre. Su piel estaba fría, demasiado fría para mi gusto, y la acaricié con cuidado, como si el calor de mi mano pudiera suplir lo que la máquina y las enfermeras no alcanzaban a hacer. Observé su respiración pausada, el subir y bajar de su pecho, y me obligué a concentrarme en eso para no pensar en nada más. Pero no pude. La voz de ella seguía persiguiéndome, clavándose en mí como una espina.
—¿Por qué me miras así? —su voz me sorprendió, grave, profunda, con ese tono que siempre usa cuando sabe que estoy a punto de explotar.
Alexander estaba apoyado contra la pared, los brazos cruzados, como si fuera parte del mobiliario del hospital, inmóvil, eterno.
—Porque parece que mi madre te conoce más de lo que admites —le dije en voz baja, para no despertarla.
Él sostuvo mi mirada durante unos segundos antes de contestar.
—Está confundida.
—Claro, confundida —repetí con sarcasmo—. Una mujer que siempre supo más que yo, que nunca se equivocó con las personas, de pronto inventa un recuerdo contigo.
Alexander apretó la mandíbula, y ese gesto suyo, tan pequeño, decía más que cualquier discurso. Quise presionarlo, arrancarle una verdad que intuía escondida bajo esas capas de calma, pero la mano de mi madre se movió y me contuve. No podía arruinar su descanso con mis peleas.
Me senté de nuevo junto a la cama, apoyando la frente en el borde metálico. El olor a desinfectante me mareaba, el sonido constante de los monitores se había vuelto parte de mi respiración. Tenía los ojos pesados, las piernas entumidas, pero no podía irme ni un segundo.
—Deberías descansar —dijo él otra vez, con esa voz que se colaba incluso cuando no quería escucharla.
—Deberías irte —le respondí sin mirarlo.
Escuché un leve suspiro, pero no se movió.
—Me quedaré.
Levanté la cabeza con rabia.
—¿Ahora te crees el esposo ejemplar?
Él no parpadeó.
—No me interesa ser ejemplar. Solo cumplir.
Esa palabra se quedó suspendida entre nosotros. Cumplir. ¿Cumplir con qué? ¿Con el contrato? ¿Con una promesa que no me había contado? Sentí un nudo en la garganta.
La puerta se abrió de golpe y entró una enfermera con paso rápido. Revisó el suero, tocó la frente de mi madre, anotó datos en su tableta y me miró con una sonrisa cansada.
—Está estable —me dijo—. Intenten descansar un poco. La noche será larga.
Asentí sin fuerzas. Ella salió, y el silencio volvió a llenarlo todo.
Me puse de pie y caminé hasta la ventana. Afuera, el estacionamiento estaba casi vacío, iluminado por farolas que parecían parpadear. El cristal estaba frío contra mi frente y pensé en mi vida antes de todo esto: en mi apartamento pequeño, en el ruido constante de los buses, en las discusiones con mi casero por los retrasos en el arriendo, en los turnos dobles que aceptaba para reunir lo que podía. Todo era miserable, sí, pero al menos era mío, al menos no tenía que compartirlo con un extraño que me irritaba y me confundía al mismo tiempo.
Sentí pasos detrás de mí y su reflejo apareció a mi lado en el vidrio.
—No tienes que quedarte toda la noche —dije sin girarme—. Estoy acostumbrada a hacerlo sola.
—Lo sé —respondió él—. Pero esta vez no lo harás.
Giré bruscamente, enfrentándolo.
—¿Y quién eres tú para decidirlo?
—Tu esposo —dijo con calma, como si la palabra fuera la cosa más normal del mundo.
Me mordí el labio, furiosa.
—No uses esa palabra como si significara algo.
Él no contestó. Solo me sostuvo la mirada, implacable, hasta que fui yo la que tuvo que apartar los ojos.
Regresé a la silla y tomé la mano de mi madre de nuevo. La acaricié con torpeza, como cuando era niña y tenía miedo a la oscuridad. Recordé tantas noches en las que ella me sostenía así, hablándome de geranios, de balcones llenos de flores, de un futuro donde yo sería fuerte y libre. Y ahora estaba aquí, en esta cama, más frágil que nunca, y yo no sabía si tenía fuerzas para ser todo lo que ella siempre creyó que sería.
—¿Quieres café? —la voz de Alexander rompió mis pensamientos.
Lo miré, desconfiada.
—¿Tú vas a traerlo?
Él arqueó una ceja.
—¿Dudas que sepa usar una máquina de café?
—Dudo que sepas usar cualquier cosa que no tenga botones de oro —repuse, con una media sonrisa que no pude evitar.
Él se inclinó un poco hacia mí, y por primera vez vi un destello de algo que parecía humor en sus ojos.
—Ya vuelvo.
Lo vi salir y no supe por qué mi pecho se sintió más vacío en cuanto la puerta se cerró.
Pasaron unos minutos y regresó con dos vasos de cartón. Me tendió uno y yo lo recibí con cautela. El líquido estaba hirviendo, pero el calor me reconfortó.
—Gracias —dije casi en un susurro, como si me costara admitirlo.
—No me lo agradezcas. No lo hice por ti —contestó, y al ver mi expresión, agregó—: lo hice por ella.
Miré a mi madre y sentí una mezcla de rabia y alivio. No quería que él tuviera razón, no quería deberle nada, pero al mismo tiempo, me dolía reconocer que sin él esa noche habría sido insoportable.
Nos quedamos en silencio, bebiendo ese café horrible que sabía más a agua quemada que a otra cosa. El tiempo se estiraba, lento, cruel.
—¿Por qué siempre pareces tan tranquilo? —le pregunté de pronto, incapaz de soportar el silencio.
—Porque si no lo estuviera, nadie más lo estaría —respondió.
—¿Y quién te dijo que tienes que cargar con todo?
—Nadie. Yo lo decidí.
Me mordí el labio otra vez. Había algo en su tono, en esa seguridad, que me irritaba y me conmovía al mismo tiempo.
La madrugada siguió su curso. Los pasillos se llenaban de pasos, de murmullos, de médicos con batas blancas que entraban y salían como sombras. Yo no podía apartar los ojos de mi madre, como si al mirarla pudiera mantenerla atada a este mundo. Alexander permanecía a mi lado, inmóvil, como un guardián.
En algún momento, el cansancio me venció y cerré los ojos por unos minutos. No sé cuánto tiempo pasó, pero sentí algo cálido sobre mis hombros. Abrí los ojos y descubrí su chaqueta cubriéndome.
—No la necesito —murmuré, quitándola de encima.
—Claro que sí —respondió él con calma.
La volví a colocar sobre mí, derrotada. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien más cargaba conmigo, aunque fuera solo con una chaqueta sobre mis hombros.
El amanecer comenzó a filtrarse por las persianas. El cielo gris se iluminaba poco a poco, y con la luz llegaron nuevas enfermeras, nuevas voces, nuevas rutinas. Mi madre abrió los ojos otra vez y me sonrió débilmente.
—No estás sola —me susurró.
La miré, confundida.
—¿Qué?
Sus ojos se movieron hacia Alexander, y sentí un calor extraño recorrerme.
—Mamá… —protesté.
Ella cerró los ojos de nuevo, como si ya hubiera dicho lo que quería decir.
Me quedé ahí, con el corazón acelerado, mientras Alexander observaba en silencio. Y entendí que ese era mi verdadero miedo: que quizá mi madre veía algo que yo me negaba a aceptar.