Capítulo 6
Punto de vista de Alexander
Dicen que soy un hombre de acero, que nada me toca, que nada me conmueve, y supongo que no están del todo equivocados porque he hecho de esa imagen una armadura. Pero nadie nace siendo de piedra. Uno se convierte en lo que la vida le exige, y la mía me enseñó demasiado pronto que si quería sobrevivir tenía que aprender a callar, a resistir y a volverme tan duro como los muros en los que crecí.
Mis primeros recuerdos son de pasillos interminables, paredes altas, alfombras que amortiguaban cada paso y un silencio tan espeso que parecía observarme. La mansión Black era un lugar majestuoso para cualquiera desde afuera, pero para mí era una prisión elegante. Nunca tuve risas de hermanos corriendo conmigo, nunca tuve una madre que me leyera un cuento antes de dormir, y mucho menos un padre que me abrazara cuando tenía miedo de la oscuridad. Lo único que tuve fue disciplina y exigencia.
Mi padre no creía en la ternura. Para él, yo era un proyecto, un heredero que debía estar a la altura de su apellido. Recuerdo noches en que llegaba tarde, con olor a whisky y a negocios cerrados, y me encontraba en la biblioteca revisando balances que no entendía del todo. No me preguntaba si había cenado, ni si estaba cansado, solo me lanzaba preguntas que sonaban a exámenes: “¿Qué aprendiste hoy? ¿Cuánto vale esta propiedad? ¿Qué estrategia usarías si una empresa rival intenta absorberte?”. Tenía diez años y ya debía pensar como un adulto. Cada error era castigado con su indiferencia, y esa indiferencia dolía más que cualquier golpe.
Mi madre fue lo contrario. Era la única que podía suavizar la dureza de esa casa. Recuerdo sus manos tibias acomodando mi corbata torpemente antes de un evento, su voz susurrándome que todo iba a estar bien aunque yo supiera que no lo estaba. Pero se apagó demasiado pronto. Se fue, cansada, rota, harta de una vida que la consumía, y aunque nunca me dijo adiós con palabras, lo entendí en su mirada: no podía salvarnos a ambos. Y me quedé con mi padre y con el eco de su ausencia, que fue el verdadero molde que me endureció.
El único que me ofreció algo parecido a un refugio fue mi abuelo. Edward Black era severo, pero justo. Nunca me abrazó, pero nunca me hizo sentir invisible. Su cariño era una lección tras otra, un reto tras otro. Fue él quien me enseñó a jugar ajedrez, no como un pasatiempo, sino como una filosofía de vida. “El rey nunca se expone sin razón”, decía, moviendo las piezas con una calma que me desesperaba, “y el peón, por insignificante que parezca, puede cambiar una partida entera si sabe avanzar con paciencia”. Yo absorbía cada palabra, porque de él sí me importaba ganarme el reconocimiento.
Él también me enseñó otra cosa: que la soledad era inevitable, pero no necesariamente mala. “Un líder está siempre solo, Alexander, incluso cuando lo rodean multitudes”, solía repetir. Y yo lo creí. Desde entonces me acostumbré a caminar entre gente y sentirme solo sin que eso me sorprendiera.
Por eso, cuando murió y leí el testamento, sentí que me estaba tendiendo una trampa incluso desde la tumba. La cláusula era clara, absurda y cruel: debía casarme si quería el control absoluto de la empresa. Recuerdo la reunión con los abogados, la voz grave leyendo cada palabra mientras yo me servía un whisky con las manos temblorosas de rabia. ¿Cómo podía exigirme algo así el mismo hombre que me había enseñado que depender de otro era signo de debilidad? Al principio lo rechacé. Cerré carpetas, grité, maldije su nombre en silencio. Busqué vacíos legales, imaginé estrategias para anular la cláusula. Pero pronto comprendí que no se trataba solo de herencia: se trataba de orgullo. De la junta directiva observándome, de la prensa esperando un tropiezo, de rivales lamiéndose los labios para ver si caía. No podía darles el gusto. No podía perder.
Y entonces acepté. Lo hice con la misma frialdad con la que firmo contratos, convencido de que el matrimonio sería solo otra transacción. Una firma más en la larga lista de documentos que me sostenían. Lo que no imaginé fue que, cuando llegó el momento de elegir a quién, no pensé en las mujeres que me rodeaban en las fiestas, ni en las que se ofrecían para entrar en mi mundo como si fuera un trofeo. Pensé en ella.
Isabella Torres. Una mujer que no pertenecía a mi círculo, que jamás habría aceptado una invitación mía, que no se dejaba intimidar por nada y que, sobre todo, jamás habría aceptado ayuda directa. La había visto luchar, resistir, mantener la cabeza en alto aunque todo a su alrededor se desmoronara. Sabía que no aceptaría un cheque, ni un préstamo, ni una limosna disfrazada de generosidad. Pero sí aceptaría un contrato, porque ahí nadie le estaría regalando nada: sería un trato, un acuerdo donde también pondría algo a cambio. Y esa fue mi única salida. Mi excusa perfecta.
La noche en que firmó, la observé con más atención de la que debería. Sus manos temblaban, sus labios apretados dibujaban una mueca de rabia contenida. Podría haberme odiado en ese instante, pero lo hizo de una forma que me resultó familiar, casi íntima. No era la primera vez que veía ese orgullo arder en sus ojos. No sé si fue nostalgia o culpa, pero entendí que no era azar. No podía serlo.
Ahora la observo en este hospital, velando por su madre como si el mundo entero dependiera de que no cerrara los ojos un segundo. Está agotada, con el cabello despeinado y la piel marcada por la falta de sueño, pero no se rinde. Y aunque debería mantenerme frío, distante, no puedo evitar sentir algo que me molesta admitir: respeto.
Cuando su madre me miró, lo sentí otra vez. Esa certeza incómoda de que los secretos no pueden enterrarse del todo. Sus ojos se clavaron en los míos con una lucidez que no esperaba, y con voz débil pero firme me dijo:
—Yo sabía que el tiempo te haría un hombre fuerte y guapo, pero también un hombre noble… y no me equivoqué.
El mundo pareció detenerse. Isabella frunció el ceño, confundida, sin entender de qué hablaba. Yo me quedé rígido, incapaz de disimular la sorpresa. No respondí, solo desvié la mirada, como hago siempre que algo amenaza con romper mi control.
Porque esa frase no podía ser casualidad.
Y aunque nadie lo sabe, en lo más profundo sentí que la mujer que descansaba en esa cama acababa de abrir una grieta peligrosa en el muro que llevo años construyendo.