Finalmente las dos semanas llegaron, el avión por fin aterrizó después de tantas horas en el aire. El corazón me latía con mucha rapidez, porque sabía que el regreso a mi país no era solo volver a un lugar, sino enfrentar todo lo que había dejado atrás. Miré por la ventanilla, las luces del aeropuerto parecían brillar más de lo normal, como si supieran que mis pasos volverían a pisar esta tierra después de tanto tiempo. Me levanté despacio, sintiendo el cansancio en mis piernas. Llevaba a mis pequeños en su cochecito, que arrastraba con todo el cuidado del mundo. Dormían plácidamente, ajenos al ruido y al movimiento, como si confiaran plenamente en que yo los protegería siempre. Un muchacho del aeropuerto, amable y sonriente, se acercó de inmediato a ayudarme con las maletas. Le

