Es por tu seguridad

1466 Words
El trayecto de regreso a la ciudad fue un interludio de paz engañosa. El deportivo de Dominic devoraba los kilómetros de asfalto mientras el paisaje rural de Connecticut se desvanecía para dar paso a la silueta de acero y cristal de Nueva York. Dentro del habitáculo, el ambiente era cálido, cargado del aroma a madera de él y la fragancia floral que Nina siempre llevaba consigo. ​Dominic conducía con una mano firme en el volante, mientras que la otra mantenía sujeta la mano de Nina sobre la palanca de cambios. Era un gesto instintivo, una forma de sentir su presencia. De vez en cuando, él elevaba la mano de ella y depositaba un beso suave en sus nudillos, una caricia que hacía que Nina se estremeciera. ​Ella no le devolvía los gestos por obligación. A pesar de la maraña de secretos que amenazaba con asfixiarla, el afecto hacia Dominic le nacía de forma natural. Era imposible no responder a la luz que él irradiaba cuando la miraba, a esa honestidad brutal que la desarmaba. Sin embargo, cada vez que ella sonreía, la culpa le propinaba un golpe seco en las costillas. En su interior, se libraba una batalla campal: la Nina que empezaba a amar perdidamente al hombre y la Nina que necesitaba destruir al apellido para hacer justicia por Alina y por ella misma. ​—Estás muy callada —dijo Dominic, rompiendo el silencio con esa voz aterciopelada que siempre parecía leerla—. ¿Estás bien? ​Nina parpadeó, saliendo de su trance. Se obligó a suavizar la expresión y le dedicó una mirada cargada de ternura que cada vez era más real. ​—Estoy súper bien, Dominic. Solo... procesando el fin de semana. Ha sido mucho, ¿no crees? —respondió ella, inclinándose un poco hacia él. ​—Ha sido el mejor fin de semana en años —confesó él, apretando su mano—. Y no solo por haber sacado a Sofía de mi órbita, sino porque finalmente dejé de fingir que no me importabas más de lo profesionalmente aceptable. ​Nina rió entre dientes, un sonido que ocultaba el nudo en su garganta. —Vaya, ¿así que el gran Dominic Kasper tiene sentimientos? ¿Qué dirían en la junta directiva? ​—Dirían que soy un hombre afortunado —replicó él con un guiño—. Y que mi asistente es mucho más peligrosa de lo que parece, porque ha logrado lo que ningún tiburón de Wall Street consiguió: hacerme bajar la guardia. ​El coqueteo alivió la tensión por un momento, pero a medida que los edificios se volvían más grises y las calles más estrechas, el humor de Dominic empezó a cambiar. Entraron en el vecindario de Nina, una zona donde las fachadas estaban desconchadas, los callejones acumulaban sombras incluso de día y el brillo de Manhattan se sentía como un recuerdo lejano. ​Dominic frunció el ceño, sus ojos azules recorriendo el entorno con una desaprobación evidente. La mandíbula se le tensó mientras esquivaba un bache en la carretera. ​—No me agrada nada este sitio, Nina —dijo de repente, su tono volviéndose serio, casi gélido. ​Nina suspiró, recostándose en el asiento de cuero. Sabía que este momento llegaría. —Es mi barrio, Dominic. Es donde está mi hogar. ​—Esto no es un hogar, es un riesgo —sentenció él, deteniendo el auto frente al edificio de Nina. El contraste entre el deportivo reluciente y la estructura de ladrillo viejo era casi insultante—. No me di cuenta de lo precario que era hasta que te vi entrar aquí la semana pasada. Ahora que estamos juntos, no puedo simplemente dejarte aquí y pretender que duermo tranquilo. Mereces un lugar mejor. Un lugar seguro. ​Nina sintió que el orgullo se le subía al pecho, caliente y defensivo. —Por ahora seguiré aquí, Dominic. Es lo que puedo pagar con mi sueldo. Es un apartamento pequeño, pero es mío. ​Dominic apagó el motor y se giró hacia ella, su expresión era una mezcla de frustración y preocupación genuina. Para Dominic, el peligro de ese barrio era externo: la delincuencia común, la falta de seguridad, la soledad de una chica en un edificio sin seguridad evidente, no podía irse tranquilo y dejara a Nina allí. ​—Eso se acabó —dijo él con firmeza—. Conseguiré otro lugar para ti mañana mismo. Conozco un edificio cerca de Central Park con seguridad las veinticuatro horas. Yo me encargaré de todo. ​—No —la palabra salió de la boca de Nina antes de que pudiera procesarla. Su tono fue tajante, por la dureza de su respuesta. —Nina, no entiendo. ¿Por qué te niegas? No te estoy cobrando nada y tampoco lo hago esperando algo a cambio. Solo quiero que estés a salvo. ​—Ya te estás haciendo cargo de las facturas del hospital de Alina —le recordó ella, sintiendo que la deuda emocional la estaba aplastando—. Eso ya es demasiado. No voy a permitir que te conviertas en mi proveedor total. Necesito mantener algo que sea solo mío, aunque sea este apartamento viejo. No quiero tomar más nada de ti. ​Dominic suspiro, con total frustración. —¡No es por el dinero! Es por seguridad. Este edificio no tiene ni una cámara que funcione, Nina. Cualquiera podría entrar. No es seguro para una mujer sola. ​—He vivido sola mucho tiempo, Dominic. Sé cuidarme —replicó ella, su voz ganando una octava de firmeza—. Agradezco tu intención, de verdad, pero por ahora voy a seguir aquí hasta que pueda conseguir algo mejor por mis propios medios. No quiero ser tu "proyecto de rescate". ​—No eres un proyecto, eres mi novia —insistió él, subrayando la última palabra con intensidad—. Y como tu novio, tengo el derecho de preocuparme por tu integridad. ​ —No voy a mudarme a un lugar que tú pagues. Mi independencia es lo único que me queda, Dominic. Por favor, respeta eso. ​El silencio que siguió fue tenso, cargado de una energía que amenazaba con empañar la dulzura del fin de semana. Dominic la observó durante un largo rato, buscando las palabras para convencerla, pero vio en los ojos de Nina una determinación inquebrantable. Era la misma chispa que lo había enamorado: esa fuerza salvaje que no se doblegaba ante nadie. ​—Está bien —cedió él finalmente, aunque sus ojos seguían destilando desaprobación—. No estoy de acuerdo. Pero no voy a obligarte a hacer algo que te haga sentir incómoda. ​Dominic bajó del auto y dio la vuelta para abrirle la puerta. La acompañó hasta la entrada del edificio, inspeccionando más de cerca el lugar. ​—Llámame en cuanto estés dentro de tu apartamento —pidió él, tomándola por la cintura para darle un beso de despedida. ​Fue un beso diferente: protector, posesivo y cargado de una promesa silenciosa de que volvería a tocar el tema. Nina le devolvió el beso, sintiéndose pequeña frente a la estructura de su propia mentira. ​—Lo haré —susurró ella. ​Dominic esperó a que ella entrara y cerrara la puerta antes de regresar a su auto. Se quedó allí un momento, observando las ventanas del edificio, sintiendo una inquietud que no lograba explicar. No se sentía nada conforme con la decisión de Nina, pero tampoco podía venir y obligarla. ​Nina subió las escaleras a oscuras, escuchando el eco de sus propios pasos. Al entrar en su pequeño y humilde apartamento, cerró la puerta con tres vueltas de llave y se apoyó contra la madera. El lujo del deportivo, los besos cariños de Dominic y la seguridad de su abrazo se sentían como un sueño del que acababa de despertar bruscamente. ​Miró a su alrededor: las paredes con humedad, el mobiliario barato, la soledad. Este era su mundo. Y mientras estuviera aquí, recordaría por qué odiaba a los Kasper. Pero mientras el sabor de Dominic siguiera en sus labios, recordaría por qué empezaba a amarlo. ​Sacó su teléfono y envió el mensaje prometido: "Ya estoy arriba. Buenas noches, Dominic". ​La respuesta fue inmediata: "No me gusta que estés allí. Cuidate Nina. Si llegas a necesitar algo por favor llamame. Te quiero". ​Nina dejó el teléfono sobre la mesa y se cubrió el rostro con las manos. Mañana empezaba una nueva etapa significaba volver a la oficina como "la novia del jefe", bajo la mirada asesina de Oliver y con la presión de proteger a Alina. El escudo de Dominic estaba en su lugar, pero el precio de llevarlo puesto empezaba a sentirse demasiado alto y doloroso.
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