El jardín de los Kasper era un laberinto de setos perfectamente podados y estatuas de mármol que parecían juzgar cada paso de Nina. El aire era gélido, pero el calor que emanaba de la mano de Dominic, que rodeaba la suya con firmeza, era lo único que la mantenía anclada a la realidad. Sin embargo, por dentro, Nina era un incendio forestal.
Las palabras de Oliver seguían vibrando en sus oídos como un zumbido siniestro: "Sé quién eres y sé dónde está ella".
La seguridad de Alina ya no era solo una cuestión de dinero; ahora era una cuestión de supervivencia. Oliver no era un hombre de amenazas vacías. Si Nina quería proteger a su hermana, necesitaba un escudo, y el escudo más impenetrable en ese mundo de lobos tenía nombre y apellido: Dominic Kasper.
Se detuvieron frente a un estanque helado, donde la superficie del agua reflejaba un cielo gris y plomizo. Nina soltó su mano, sintiendo de repente que el contacto le quemaba la piel. Necesitaba dar el paso, pero la culpa le apretaba la garganta como una soga en llamas.
—Dominic —dijo ella, girándose para enfrentarlo. El viento le agitaba el cabello, dándole un aire etéreo y desesperado—. Necesito que hablemos con honestidad. Lo que pasó anoche... lo que pasó esta mañana en tu habitación. Esos besos.
Dominic la observó en silencio, su mirada azul recorriendo el rostro de ella con una atención que la desarmaba. No había rastro de la frialdad corporativa en él.
—Dime, Nina —invitó él con suavidad.
—¿Qué significan? —preguntó ella, tratando de que su voz no temblara—. No soy una mujer de juegos, ni tengo tiempo para ser el capricho de fin de semana de nadie. No espero nada de ti, pero necesito dejar las cosas en claro. ¿Qué soy para ti en este momento?
Dominic dio un paso hacia ella, acortando la distancia. No se veía molesto por la pregunta; al contrario, parecía aliviado de que ella finalmente hubiera abierto esa puerta.
—Nina, sé que esto parece el guion bizarro de un romance entre jefe y empleada —comenzó él, con una honestidad tan cruda que Nina sintió un golpe en el pecho—. Sé que las circunstancias en las que te traje aquí fueron extrañas. Pero te aseguro que mis intenciones son las mejores. No pretendo utilizarte, ni eres un pasatiempo.
Él suspiró, metiendo las manos en los bolsillos de su abrigo oscuro, luciendo por un momento como un hombre común enfrentando el abismo de sus sentimientos.
—Me gustas, Nina. De una forma que no esperaba y que, sinceramente, me asusta un poco. No sé si tú sientes lo mismo o si estoy yendo demasiado rápido, pero me gustaría intentarlo. Una relación... una relación formal.
El corazón de Nina empezó a latir de manera errática. Por un segundo, el plan de venganza, las carpetas robadas, el odio hacia Oliver y el recuerdo del hotel se desvanecieron. Solo existía Dominic. Solo existía la calidez de su voz y la esperanza en sus ojos. Una parte de su corazón, la que ella creía muerta, se estiró hacia él, deseando creer que la felicidad era posible.
Pero entonces, el rostro de su hermana Alina apareció en su mente. Alina en coma, rodeada de máquinas, víctima de la arrogancia de la familia que Dominic representaba. Y recordó la amenaza de Oliver.
Necesitaba a Dominic. Necesitaba estar tan cerca de él que Oliver no se atreviera a tocarla por miedo a la reacción de su hijo. Odiaba la idea de usar a un hombre tan honesto como moneda de cambio, pero la supervivencia no conocía la ética.
—Formal... —repitió ella, tragándose el reproche que se hacía a sí misma. Sus uñas se clavaron en las palmas de sus manos—. ¿A qué te refieres con eso exactamente?
Dominic sonrió de lado, una sonrisa que iluminó su rostro de una manera que hizo que a Nina se le encogiera el alma. Se acercó un paso más, lo suficiente para que ella pudiera oler la madera y el aire frío en su piel.
—Bueno, no lo sé —dijo él con una nota de humor nervioso—. Quizás esto suene muy tradicional, pero... ¿Quieres ser mi novia, Nina? Oficialmente. Frente a mi familia, frente a la oficina, frente al mundo.
Novia.
La palabra pesaba toneladas. Ser su novia significaba acceso total. Significaba que Oliver tendría que morderse la lengua. Significaba que ella tendría la llave del reino. Pero también significaba mentirle al único hombre que la había mirado con respeto en toda su vida.
Nina sintió una marea de sentimientos encontrados. Por una parte, una chispa de alegría genuina nació en su interior; ser elegida por Dominic era algo que su piel ya sabía antes que su mente. Pero esa alegría fue rápidamente asfixiada por una oleada de náuseas y culpa.
"No lo merece", pensó ella, observando la sinceridad en su mirada. "Él no merece que lo use de esta manera. No merece este beso esto que estoy a punto de darle".
Dominic la vio dudar y su expresión cambió ligeramente, una sombra de incertidumbre cruzó sus ojos.
—Entiendo si es demasiado pronto, Nina. No quiero presionarte...
—No es eso —lo interrumpió ella. Se obligó a sonreír, una sonrisa que le dolió en el alma—. Es solo que... nadie me había pedido algo así de una forma tan real.
Nina dio el paso final y rodeó el cuello de Dominic con sus brazos. Se sintió como la villana más vil de la historia, una traidora que vendía besos a cambio de seguridad. Pero cuando él la estrechó contra su pecho y la besó con una ternura que prometía protección eterna, Nina cerró los ojos y se permitió llorar en silencio, aunque él pensó que eran lágrimas de emoción.
—Sí, Dominic —susurró contra sus labios—. Quiero ser tu novia.
Él la levantó ligeramente del suelo en un abrazo lleno de júbilo, sin saber que acababa de firmar su propia sentencia de muerte emocional.
El regreso a la mansión fue diferente. Dominic caminaba con una nueva confianza, su mano entrelazada con la de Nina como si fuera el trofeo más valioso de su vida. Al entrar en el vestíbulo, se encontraron con Oliver y Mariam.
Oliver los observó con una mueca de asco, pero Dominic no le dio tiempo a hablar.
—Padre, madre —dijo con voz clara y resonante—. Quiero que lo sepan por mí antes de que regresemos a la ciudad. Nina y yo estamos juntos. Ella es mi pareja, y espero que de ahora en adelante se la trate con la dignidad que ese título conlleva. Especialmente tú, padre.
El silencio que siguió fue sepulcral. Mariam se llevó una mano a la boca, sus ojos brillando con una mezcla de alegría y temor por su hijo. Oliver, por su parte, se puso lívido. Su mirada se desvió hacia Nina, cargada de una promesa de destrucción que ella devolvió con una frialdad absoluta.
"Ya no puedes tocarme, Oliver", pensaron los ojos de Nina. "Ahora soy la debilidad de tu hijo. Intenta hacerme daño y verás cómo él mismo quema tu mundo por mí".
Esa noche, mientras Dominic dormía plácidamente en el sofá de la habitación después de haberle dado un beso de buenas noches cargado de respeto, Nina se quedó despierta observando la oscuridad.
Tenía lo que quería. Tenía la protección. Tenía el acceso. Tenía al heredero a sus pies. Pero al sentir el peso de aquello, Nina comprendió que el costo de su venganza sería mucho más alto de lo que había imaginado. No solo iba a destruir a los Kasper; se estaba destruyendo a sí misma en el proceso, convirtiéndose en el mismo tipo de monstruo que Oliver era: alguien capaz de dañar para obtener poder.
Se cubrió el rostro con las manos y sollozó sin ruido. El juego había subido de nivel, y ahora, el corazón de Dominic era la apuesta principal.