Dejate llevar Nina

1413 Words
Nina cerró la puerta de su apartamento y el silencio la recibió como un balde de agua fría. Dejó las llaves sobre la pequeña mesa del recibidor, un mueble de madera desgastada que desentonaba con la opulencia del piso 50 donde pasaba sus días. Justo al lado de las llaves, un portarretratos de plata —uno de los pocos lujos que conservaba— contenía la última fotografía que se habían tomado antes de la tragedia. ​En la imagen, Alina reía, con el cabello alborotado por el viento y los ojos brillantes de vida. Nina la tomó entre sus manos, trazando con el pulgar el contorno del rostro de su hermana. Una sonrisa triste, casi imperceptible, curvó sus labios. ​Se dejó caer en el sofá, un mueble hundido que parecía abrazar su cansancio. La penumbra de la sala era solo rota por la luz mortecina de la calle. ​—Te extraño tanto, pequeña —susurró Nina hacia el vacío, como si Alina pudiera escucharla desde su cama de hospital—. Me hace tanta falta verte reír, que me hables de tus tonterías de la escuela, de tus sueños... Me falta tu luz en esta casa tan oscura. ​Cerró los ojos y la imagen de Dominic Kasper, bajo la lluvia, ofreciéndole su mano y su protección, invadió su mente. El contraste entre la calidez de su voz y la frialdad de su plan la hizo estremecerse. ​—Sabes, Alina... él no es un hombre malo —confesó en voz baja, sintiendo una punzada de traición hacia su propia venganza—. Por lo que he visto estos días, es diferente a su padre. Tiene una rectitud que me asusta, una forma de mirarme que me hace dudar de todo. Espero no arrepentirme de esto. ​Abrió los ojos y su mirada se endureció de nuevo al posarse en la foto. La ternura fue reemplazada por un brillo gélido. ​—Pero ellos lo empezaron. Al menos su padre lo hizo, y tú, hermanita, estás pagando el precio de su arrogancia. Yo solo voy a devolver el favor. Si tengo que usar a Dominic para que Oliver sienta el mismo infierno que tú sientes, lo haré. ​Una hora después, Nina salió de la ducha. El agua caliente no había logrado quitarle la sensación de los dedos de Dominic sobre su brazo. Se puso unos pantalones de pijama suaves y una camiseta holgada, tratando de recuperar a la Nina que no tenía que fingir. Estaba cenando un tazón de sopa ligera cuando su teléfono, abandonado sobre la encimera de la cocina, vibró con una notificación de videollamada. ​Era Mayka. Nina suspiró y aceptó la llamada. El rostro excitado de su amiga apareció en la pantalla, iluminado por lo que parecía ser una copa de vino. ​—¿Estás disponible o aún sigues... "ocupada"? —preguntó Mayka apenas se conectó, con un tono cargado de doble sentido. ​Nina la miró intrigada, dejando la cuchara a un lado. —Estoy en casa, Mayka. Acabo de salir de la ducha. ¿Por qué estaría ocupada a esta hora? ​Mayka soltó una risita y bebió un sorbo de vino. —No sé, pensé que sería más tardado. Que el "servicio a domicilio" incluiría postre. ​—¿De qué hablas? —preguntó Nina, aunque una parte de ella ya lo sospechaba. ​—De Dominic Kasper, ¡por Dios! —exclamó Mayka, acercándose a la cámara—. Pensé que te daría sexo toda la noche. ​Nina se atragantó con un sorbo de agua, tosiendo con fuerza mientras intentaba recuperar el aire. —¿Te volviste loca? ¿De qué estás hablando? ​—Nina, te vi —sentenció Mayka, señalando la pantalla con un dedo acusador—. Estaba saliendo del edificio y te vi subir a su auto. La noche está fría, esta tormenta exige calor, mucho calor... y ese hombre es básicamente un incendio andante. ​Nina negó con la cabeza, sintiendo que sus mejillas se encendían, no de vergüenza, sino de frustración. —Solo me dejó en la entrada y se fue, Mayka. No pasó nada. Es mi jefe, ¿entiendes? Deja de pensar en tonterías, esto no es una novela barata. ​Mayka hizo un mohín de total desacuerdo, rodando los ojos. —Vamos, Nina. Sé honesta. Es un hombre guapo, sexy, increíblemente varonil y tiene esa aura de "te voy a arrancar la ropa pero primero voy a dominar tu mente". Estás con él todo el día en esa oficina cerrada... es humanamente imposible que no sientas atracción. ​Nina guardó silencio un segundo de más. No podía decirle que lo que sentía era una mezcla tóxica de deseo reprimido y odio planificado. ​—Lo sabía —aplaudió Mayka, victoriosa—. ¡Esa pausa te delató! Dios, Nina, qué envidia me das. Ya quisiera yo y muchas más estar en tu lugar, recibiendo órdenes de ese adonis. ​—Cálmate y no te hagas ideas —replicó Nina con firmeza—. Dominic es muy respetuoso y nuestra relación es estrictamente laboral. Nada más. ​—"Dominic"... —repitió Mayka con una sonrisa pícara—. Ya no es "el señor Kasper". Eso ya es un avance, querida. ​—No es lo que piensas, Mayka —se defendió Nina, aunque sentía que estaba perdiendo la batalla dialéctica. ​—En fin, si yo fuera tú, me dejaría llevar. Pecaría un poco, o mucho —Mayka se puso más seria, aunque mantenía la broma—. No serías la primera que tuviera un romance con su jefe, y vaya que este jefe está hecho un bombón. Te mereces algo de alegría, Nina. Te mereces que un hombre como él te haga olvidar todo por unas horas. ​—Estás loca —sentenció Nina, forzando una sonrisa para dar por terminada la broma. ​Hablaron unos minutos más sobre temas triviales de la oficina antes de que Mayka colgara con un guiño. Cuando la pantalla se oscureció, la sonrisa de Nina desapareció. ​—Ojalá solo pudiera tratarse de un romance, Mayka —susurró al aire viciado de la cocina—. Ojalá pudiera ser tan simple como dejarme llevar. ​Miró su móvil. Sabía que lo que estaba a punto de hacer haría que, sin duda alguna, él la odiara para siempre. Y esa idea le dolió más de lo que estaba dispuesta a admitir. ​Para acallar sus pensamientos, marcó otro número. —¿Gabriel? Hola, soy Nina. ​La voz de Gabriel Aris respondió al segundo tono, llena de un afecto y una calidez que a Nina siempre le resultaba asfixiante, como una manta demasiado pesada. —Nina, qué alegría escucharte. Estaba revisando el monitor de Alina antes de irme a descansar. ¿Cómo estás? ​—Bien, Gabriel. Solo quería saber cómo continúa ella. ​Gabriel le dio un informe rápido. La estabilidad de Alina en el ala privada era notable; los cuidados eran intensivos y la tecnología de punta estaba haciendo su trabajo. Pero entonces, su tono cambió a uno más inquisitivo. ​—Nina... tengo que preguntarte. ¿Cómo lo hiciste? ¿Cómo lograste que Dominic Kasper se hiciera cargo de la cuenta de Alina? Es una fortuna, Nina. Incluso para este hospital, ese tipo de patrocinio es inusual. ​Nina apretó el teléfono, buscando la mentira más creíble. —Fue un préstamo de la empresa, Gabriel. Un adelanto por mi nuevo puesto. Dominic es... generoso con sus empleados clave. ​Hubo un silencio del otro lado. Gabriel no era tonto. —No te creo, Nina. Nadie presta esa cantidad de dinero sin algo a cambio. Quiero hablar contigo personalmente. Mañana. ​—Mañana iré temprano a ver a Alina antes de la oficina —respondió ella, tratando de evadir la confrontación—. Nos vemos allí. ​—Está bien. Nos vemos mañana entonces. Y Nina... —Gabriel hizo una pausa, su voz bajando a un susurro lleno de anhelo—. Te quiero, Nina. Cuídate mucho, por favor. ​Nina cerró la llamada sin responder al "te quiero". Dejó el teléfono sobre la mesa y se abrazó a sí misma, sintiendo un vacío gélido en el pecho. ​—No puedo querer a nadie, Gabriel —se dijo a sí misma, mirando la foto de Alina—. Porque el amor es una debilidad, y yo necesito ser puro acero para lo que viene.
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