Invitación

1665 Words
Habían pasado tres días desde que el mundo de Nina se inclinara sobre su eje. Tres días desde que Alina fuera trasladada, bajo un despliegue de eficiencia casi militar, al ala privada del Saint Jude. Nina aún sentía el eco del alivio en su pecho, pero también el peso de la cadena invisible que Dominic Kasper acababa de ponerle. Ya no era solo su empleada; ahora era su deudora. ​Se encontraban en el despacho presidencial, rodeados por el aroma de café recién hecho y el zumbido del aire acondicionado. El sol de la tarde bañaba la oficina, creando un ambiente de intimidad profesional que Nina encontraba cada vez más difícil de manejar. Estaban en medio de una revisión exhaustiva de la escala salarial del personal operativo cuando el teléfono celular de Dominic, que descansaba sobre el escritorio de cristal, vibró con insistencia. ​Dominic frunció el ceño al ver la pantalla. —Lo siento, Nina. Debo atender esto —dijo con un gesto de disculpa. ​Nina asintió, manteniendo la mirada fija en la tableta en sus manos, aunque sus oídos se agudizaron. —¿Mamá? —la voz de Dominic cambió, volviéndose más suave, menos rígida. ​Nina siguió deslizando archivos en la pantalla, pero no procesaba ni un solo dato. Escuchaba las pausas, el tono de resignación que empezaba a filtrarse en las respuestas de su jefe. ​—No es necesario, mamá... —Dominic hizo una pausa larga, escuchando—. Entiendo. Está bien, dime la hora. ​Se frotó el puente de la nariz, un gesto que Nina ya reconocía como una señal de estrés familiar. —El fin de semana, bueno, iré. Sí, yo también te quiero. ​Dominic colgó y soltó un suspiro cansado, dejando caer el teléfono sobre el escritorio como si pesara una tonelada. Se recostó en su silla de cuero, cerrando los ojos un segundo. Nina levantó la vista de la tableta con una expresión de calculada cortesía. ​—¿Todo bien? —preguntó ella, suavizando su tono. ​—Excelente —ironizó él, abriendo los ojos—. Mi madre vuelve al país después de mucho en Europa y, fiel a su estilo, ya ha organizado una reunión con "algunas personas" para celebrar su regreso. Debo ir, no tengo escapatoria. ​Nina ladeó la cabeza, intrigada por la mención de la estructura familiar. —Pensé que siempre habían vivido en Manhattan. ​Dominic negó con la cabeza, estirando las piernas. —Estuvimos años fuera. Yo me fui a estudiar a Londres y luego a Chicago, y mis padres vivieron en Alemania un buen tiempo para supervisar la expansión europea. Por eso esta empresa estuvo en manos de administradores externos que, como te diste cuenta por los desastres contables que encontraste, la trataron como su alcancía personal. ​Nina asintió. Eso explicaba por qué nunca había oído hablar de los Kasper en los círculos sociales locales hasta hacía poco. Eran fantasmas que regresaban a reclamar su reino. —Mi padre volvió hace cuatro meses para preparar el terreno —continuó Dominic—. Yo llegué hace casi dos para tomar el mando operativo, y mi madre ha estado cerrando la casa de Berlín hasta ahora. ​—Entiendo —dijo Nina, procesando la información. Sus piezas del rompecabezas sobre Oliver estaban encajando—. Entonces... ¿cuál es el problema de asistir a esa reunión? Parece un evento social estándar para alguien de su posición. ​Dominic soltó una risa burlona, una que no tenía nada que ver con la alegría. —Asistir no es el problema. El problema es que mi madre quiere nietos. Dice que necesita ver niños correr por la casa antes de envejecer. Sé exactamente cómo funcionan sus "reuniones": buscará la forma de presentarme a alguna heredera de apellido compuesto o hacerme concretar una cita antes del postre. ​Nina no pudo evitar que una pequeña sonrisa burlona bailara en sus labios. —¿Todavía se usa eso? ¿Emparejar a los hijos de los ricos como si fueran caballos de carrera? ​Dominic asintió con una sonrisa ladeada, una mirada que por un instante fue puramente coqueta y peligrosamente íntima. —Aun funciona en ciertos círculos, Valenti. Pero no es mi estilo. No me gusta que elijan mis batallas, y mucho menos mis conquistas. ​Nina se puso de pie, recogiendo sus cosas para volver a su oficina. Aquella sonrisa ladeada y es mirada coqueta, empezaban a causae estragos. —Si llevaras a una acompañante propia, te librarías de tener que salir con alguien que ella elija —dijo ella de manera casual, casi como una broma, mientras se dirigía a la puerta—. Un frente unido suele disuadir a las madres casamenteras. ​Dominic no respondió de inmediato. Nina salió del despacho y cerró la puerta, sin ver que Dominic se había quedado inmóvil, con la mirada fija en el lugar donde ella acababa de estar. —Es una excelente idea, Valenti —susurró él para sí mismo—. Creo que tendremos un fin de semana muy diferente. ​La hora de la salida llegó con una tormenta amenazante que teñía el cielo de Nueva York de un color plomizo. Nina salió del edificio de la corporación y se detuvo en la acera, ajustándose el abrigo. La humedad se le pegaba a la piel y el viento soplaba con fuerza. Alzó la mano, buscando un taxi, pero la fila de luces amarillas parecía ignorarla. ​Un motor potente rugió a su lado. El elegante sedán n***o de Dominic se detuvo frente a ella con la precisión de un reloj suizo. La ventanilla del copiloto bajó lentamente, revelando a Dominic tras el volante. ​—Sube, Nina. Te llevaré a casa —dijo él. No era una sugerencia, era una orden envuelta en cortesía. ​—No es necesario, señor Kasper —respondió ella, mirando nerviosa hacia la calle—. No tardará en pasar un taxi. No quiero desviarlo de su camino. ​Dominic observó el área. La zona financiera, tan vibrante durante el día, se volvía desolada y oscura al caer la tarde. No le gustaba la idea de dejarla allí sola, expuesta. —Sube al auto, Nina. No voy a dejar que te quedes aquí esperando en medio de una tormenta. ​Nina, sabiendo que discutir con él era una batalla perdida, suspiró y subió al vehículo. El interior olía a cuero nuevo y al perfume de Dominic, un aroma que parecía haberse instalado en sus pulmones de forma permanente. El trayecto fue silencioso hasta que entraron en el barrio de Nina, una zona de edificios antiguos, fachadas descuidadas y callejones estrechos. ​Dominic estacionó frente al edificio de ladrillo donde ella alquilaba su departamento. Miró hacia arriba, observando las escaleras de incendio oxidadas y la iluminación deficiente de la entrada. ​—¿Este lugar es seguro, Nina? —preguntó él, con una nota de desaprobación en su voz. ​Nina se desabrochó el cinturón, sintiendo una punzada de orgullo herido mezclado con la realidad de su pobreza. —Lo es. Llevo viviendo aquí mucho tiempo y no pasa nada fuera de lo normal. ​Dominic arqueó una ceja, girándose en el asiento para verla mejor. —¿Y qué es exactamente "fuera de lo normal"? ¿Tiroteos semanales o solo robos menores? ​Nina sonrió de lado, una expresión amarga. —Gracias por traerme, señor Kasper. Hasta mañana. ​Estaba por abrir la puerta cuando la mano de Dominic se cerró sobre su antebrazo. El contacto fue firme, deteniéndola en el sitio. Nina sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. ​—Espera, Nina —dijo él. Sus ojos buscaban los de ella en la penumbra del auto—. Recuerdas lo que me dijiste en la oficina. Sobre la reunión de mi madre. ​Nina asintió lentamente, su corazón empezando a latir contra sus costillas. —Sí, lo recuerdo. ​—¿Te gustaría acompañarme? —soltó él. ​Nina lo miró con auténtica sorpresa. Su mente retrocedió a la conversación de la tarde. Ella había dado la idea como una estrategia, un comentario al aire, pero nunca con la intención de ser ella la elegida para entrar en la guarida de los lobos. Ir a esa reunión significaba ver a Oliver en su territorio. Significaba conocer a la madre de Dominic. Significaba cruzar una línea de la que no habría retorno. ​—No creo que sea correcto —respondió ella, bajando la vista a sus propias manos—. Sé que te debo mucho por lo de Alina, pero... ​—Esto no tiene nada que ver con eso —la interrumpió Dominic, soltando su brazo con un gesto brusco, como si se sintiera rechazado—. No es un pago de favores. Solo pensé... olvídalo. Fue una idea tonta. Descansa, Nina. ​—Dominic... —intentó decir ella, pero el rostro de él se había vuelto a convertir en una máscara de frialdad corporativa. ​—Buenas noches, Valenti —sentenció él. ​Nina asintió en silencio y bajó del auto. Se quedó de pie en la acera, bajo la lluvia incipiente, observando cómo las luces traseras del sedán se alejaban y desaparecían en la esquina. Las palabras de Dominic rondaban su cabeza como un eco persistente. ​Entró en su edificio, subió las escaleras crujientes y se encerró en su pequeño departamento. Mientras se apoyaba contra la puerta, Nina se dio cuenta de que acababa de perder una oportunidad de oro para estar en el epicentro del poder de los Kasper. Pero también sabía que, si aceptaba, el juego de seducción y venganza se volvería real. Y en ese juego, ella no estaba segura de quién terminaría siendo la presa. ​En la oscuridad de su sala, Nina susurró para sí misma. —¿Qué estás dispuesta a perder, Nina? Porque para quemar una casa, tienes que estar dispuesta a dormir entre las cenizas.
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