Oliver Kasper

1424 Words
La mansión de los Kasper en Upper East Side era un monumento al exceso y a la frialdad. En el despacho privado de Oliver, el aire olía a cuero viejo, cera de muebles cara y el aroma penetrante de un whisky de malta que costaba más que el salario anual de cualquier empleado de sus empresas. ​Oliver Kasper permanecía sentado tras su escritorio de nogal, observando cómo el ámbar del licor atrapaba la luz de la lámpara de banquero. Frente a él, un hombre de rostro inexpresivo y traje gris, un "solucionador" de problemas que no figuraba en ninguna nómina oficial, esperaba en silencio. ​—Habla —ordenó Oliver, sin apartar la vista del vaso. ​El hombre dejó un sobre de manila sobre la mesa. —Nina Valenti. Veinticinco años. Graduada con honores en contabilidad, aunque su historial profesional es extrañamente modesto para su capacidad. Vive sola en un apartamento alquilado en una zona que apenas califica como decente. No tiene padres, ni pareja, ni otros vínculos conocidos. Su mundo se reduce a una sola persona: Alina Valenti, su hermana de quince años. ​Oliver tomó un sorbo de whisky, dejando que el líquido le quemara la garganta. El nombre de Nina resonaba en su mente como una canción olvidada que de pronto se vuelve irritante. ​—¿La hermana? —preguntó Oliver, arqueando una ceja. ​—Está en coma en el hospital Saint Jude desde hace poco más de tres meses. Es su único familiar. Nina ha estado pagando las facturas médicas con lo que parece ser un esfuerzo desesperado. ​Oliver cerró los ojos por un instante. Los recuerdos de aquella noche, que él había enterrado bajo capas de indiferencia y otros cuerpos anónimos, regresaron con una nitidez obscena. Recordó el bar, el ambiente cargado de música y humo, y luego la habitación del hotel. Recordó la resistencia inicial de ella, su desesperación, y cómo él no se detuvo hasta quedar completamente satisfecho, ignorando las lágrimas de la mujer que tenía bajo su cuerpo. Para él, Nina había sido un objeto de usar y tirar, un trámite de placer que se saldaba con un cheque. Jamás pensó volver a verla, y mucho menos en el corazón de su propia empresa, moviéndose como una sombra peligrosa cerca de su hijo. ​—Consígueme el informe médico de esa niña —ordenó Oliver, su voz volviéndose un rugido sordo—. Quiero saber exactamente qué la mantiene en esa cama. Y hazlo ahora. No tengo paciencia para la burocracia hospitalaria. ​El hombre asintió y sacó su teléfono, apartándose unos metros para hacer una llamada de voz baja y autoritaria. Oliver se quedó solo con sus pensamientos. El odio que había visto en los ojos de Nina el día anterior no era el despecho de una amante abandonada; era algo más profundo, una sed de sangre que le había provocado un escalofrío que no estaba dispuesto a admitir. Necesitaba alejarla de Dominic. Su hijo era idealista, era recto, y esa combinación lo hacía vulnerable a una mujer con un plan. ​El "solucionador" regresó a la mesa, guardando el teléfono. —El informe está aquí, señor. Alina Valenti sufrió una insuficiencia cardíaca aguda que derivó en un paro de tres minutos. La falta de oxígeno provocó el coma. Al parecer, necesitaba una cirugía valvular urgente que nunca se realizó por falta de fondos. Se complicó, y el resultado es lo que ve ahora. ​Oliver soltó una risa seca, carente de cualquier rastro de humanidad. Así que esa era la clave. Nina Valenti no era una escaladora social común; era una mujer desesperada tratando de salvar un cadáver. ​—Llama al director del Saint Jude —sentenció Oliver, tamborileando los dedos sobre el escritorio—. Dile que le informe a Nina que el hospital ya no puede mantener a la chica allí por "razones administrativas". Quiero que sienta el suelo desapareciendo bajo sus pies. Quiero que entienda que su hermana es mi rehén, aunque no esté en mis manos. ​El hombre frente a él dudó un segundo, revisando una última notificación en su dispositivo. —Hay un problema con eso, señor Kasper. ​Oliver levantó la mirada, sus ojos oscuros destellando con una advertencia peligrosa. —No me gustan los problemas. Me gustan los resultados. Habla. ​—Alina Valenti ya no está en la unidad de cuidados generales del Saint Jude. Acaba de ser trasladada al Ala Exclusiva de cardiología. Dominic Kasper dio la orden esta mañana. Se ha hecho cargo de todos los gastos presentes y futuros. La factura ahora se envía directamente a su despacho privado. ​El silencio que siguió fue atronador. Oliver estampó su mano contra la madera del escritorio con tal fuerza que el vaso de whisky saltó, derramando el líquido sobre el informe de Nina. ​—¿Qué diablos estás diciendo? —rugió Oliver, poniéndose de pie. El rostro se le había puesto de un color púrpura encendido—. ¿Dominic ha hecho qué? ​—Llamó al director personalmente —repitió el hombre, manteniendo la calma—. Pidió que la chica fuera tratada como un m*****o de la familia. Ha blindado su estancia. Legalmente, Nina ya no tiene que preocuparse por el dinero, y el hospital no puede tocar a la paciente sin el consentimiento de Dominic. ​Oliver soltó una maldición que pareció desgarrar el aire del despacho. Se dio la vuelta y empezó a caminar de un lado a otro como un animal enjaulado. Esto era peor de lo que imaginaba. Nina no solo se había acercado a su hijo; lo había convertido en su escudo de armas. Al poner a la niña bajo la protección de Dominic, ella se había vuelto intocable para Oliver. No podía atacar a la hermana sin atacar directamente las órdenes de su propio hijo, y Dominic ya estaba lo suficientemente rebelde como para usar eso como una declaración de guerra total. ​—Esa maldita zorra... —susurró Oliver, apretando los puños hasta que los nudillos le blanquearon—. Es más astuta de lo que parece. Se ha metido en su cama o en su cabeza, pero lo ha hecho rápido. ​Se detuvo frente al ventanal que daba a los jardines oscuros de la propiedad. La frustración lo quemaba por dentro, pero bajo la ira, el miedo empezaba a echar raíces. Si Nina le contaba a Dominic lo que pasó en aquel hotel... si le mostraba el cheque sin fondos... su relación con su hijo, que ya era frágil, se rompería para siempre. Y Dominic era el único que tenía el control legal de las acciones que Oliver necesitaba para recuperar su trono. ​—Quiero más —dijo Oliver, girándose hacia el hombre con una mirada maníaca—. Quiero que busques cada detalle de la vida de esa mujer. Quiero saber qué desayuna, dónde compra su ropa, quiénes eran sus amigos en la escuela. Quiero cada error, cada debilidad, cada secreto sucio que no esté en este informe. Si respira, quiero saber cuánto aire consume. ​El hombre tomó nota rápidamente, sintiendo la urgencia en el tono de su jefe. Sin decir una palabra, hizo una breve inclinación de cabeza y salió del despacho, dejando a Oliver solo en la penumbra. ​Oliver se acercó de nuevo al escritorio y observó la mancha de whisky sobre la fotografía de Nina que venía en el informe. La imagen estaba distorsionada por el líquido, haciendo que su mirada pareciera aún más fantasmal y acusadora. ​—Crees que has ganado un aliado, ¿verdad? —susurró Oliver a la fotografía, su voz cargada de un veneno letal—. Crees que porque mi hijo te tiene lástima, estás a salvo de mí. ​Tomó la botella y se sirvió otro trago, esta vez directo, sin hielo. El fuego del alcohol no fue nada comparado con la rabia que sentía. ​—No tienes idea de con quién te estás metiendo, niña. Dominic es solo un peón en mi tablero, y si tengo que destruirlo a él para llegar a ti, lo haré. Te lo haré saber de la peor manera posible. Vas a desear haber muerto en ese hospital junto con tu hermana antes de haberte cruzado en mi camino otra vez. ​Oliver apagó la lámpara del escritorio, dejando la habitación en una oscuridad total, rota solo por el brillo rojo de su cigarro, como el ojo de un demonio vigilando en la noche.
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