El trayecto hasta la estación de policía fue un borrón de luces y sonidos distorsionados para Nina. El aire en el auto se sentía insuficiente, pero su mente, impulsada por una adrenalina fría, funcionaba con una claridad asombrosa. Al bajar y entrar en la delegación, el olor a café quemado y papel viejo la golpeó. Al fondo del pasillo, vio la figura de Dominic, escoltado por dos oficiales. Incluso con las manos esposadas, su espalda se mantenía recta, pero había una rigidez en sus hombros que Nina aprendió a leer como pura contención. Antes de que lo ingresaran a la zona de celdas, Nina divisó a una mujer sentada en uno de los bancos de madera. No tendría más de veinticuatro años; sus manos temblaban mientras apretaba un pañuelo y sus ojos estaban rojos de tanto llorar. Cuando Dominic pa

