Cuando Ramiro abrió los ojos, aún era de madrugada. La tenue luz azulada que se filtraba entre las cortinas dibujaba sombras sobre la piel desnuda de la mujer a su lado.
La observó en silencio. El cabello de Antonella estaba enredado sobre la almohada, y su respiración pausada contrastaba con el caos que todavía latía en su cuerpo. Pasó la mano por su espalda, no con ternura, sino con una necesidad que aún no terminaba de extinguirse.
Nunca había sentido algo así. No era cariño ni dulzura; era puro instinto, deseo crudo, hambre. Ella sabía exactamente cómo provocarlo, cómo romperlo y volver a armarlo con una sola mirada. Lo había dejado sin aliento, sin control. Jamás en toda su vida alguien había sido capaz de cumplir cada una de sus fantasías y de sus deseos.
Cerró los ojos y los recuerdos regresaron con el mismo fuego de la noche anterior: el sonido de su risa desafiante, la lencería roja que se reveló bajo el vestido, el modo en que lo retó a perder el control. Todo en ella era exceso, peligro, y eso lo mantenía despierto incluso cuando el cuerpo le pedía descanso.
Sintió cómo el deseo volvía a encenderse sin que ella tuviera que decir una sola palabra. Era inevitable. Antonella no era una amante cualquiera; era una adicción que no había planeado, pero de la que ya no podía escapar.
Su cuerpo tembló cuando sintió como la mano de Antonella empezaba a jugar con su m*****o erecto. Subía y bajaba presionando en los lugares correctos. Antonella sabía que lo tenía bajo su hechizo, uno que no se debería romper hasta el momento oportuno. Ramiro en un movimiento rápido se posicionó sobre ella. Antonella río abriendo las piernas, provocadora, desafiante.
Ramiro miró su m*****o, estaba listo. Entonces recordó que no habían usado protección, pero una vez más ya no le importaba. Durante la noche había venido dentro de ellas tantas veces como fue posible.
Se hundió en ella de golpe, con una embestida brutal y un grito de placer se escapó de los labios de los dos. Pero ya ambos estaban acostumbrados. Ramiro la había tomado de cada forma posible, reclamando cada centímetro de su cuerpo.
Antonella estaba fascinada con Ramiro, era todo lo que ella esperaba y más. Su mirada triunfadora, la escondía tras el deseo y la lujuria. Le encantaba que fuese tan salvaje, tan animal, tan suyo, por qué no lo imaginaba teniendo sexo con Aurora de la misma forma en que la follaba.
Ramiro entraba y salía de ella con fuerza, completamente perdido en lo que ese cuerpo nuevo le ofrecía. Lo enloquecía su estrechez y la forma en la que su centro húmedo lo atrapaba y devoraba.
Antonella gemía fuerte, como la zorra que era, como si quisiera que todo el mundo se entere que ese hombre ya era suyo, y a Ramiro lejos de molestarlo le excitaba más.
La giro empujando su cabeza en el colchón y levantando su trasero la penetró con fuerza, con esa necesidad casi animal que apenas sabía que vivía dentro de él. Antonella vibró extasiada sintiendo como el orgasmo golpeaba cada rincón de su cuerpo, pero ni por ello le pidió que se detuviera, sabía que debía ser la amante perfecta.
Ramiro no pudo soportarlo más y se dejó llevar dentro de ella una vez más. No podía creer todo el placer que sentía al estar dentro de Antonella. Después de mucho tiempo, volvía a sentirse… vivo.
Pero aunque quisiera, no podía quedarse en esa burbuja para siempre.
Ramiro se levantó despacio, con la mente aún nublada por el caos y el deseo. Tomó sus cosas del suelo y se dirigió al baño. El espejo devolvió una imagen que no reconoció del todo: un cuerpo sudoroso, una mirada perdida, pero una sonrisa que no quería abandonar su rostro.
Encendió la pantalla del teléfono para ver la hora, pero lo que apareció lo dejó helado.
Un mensaje de Aurora.
“Cariño, te espero a las 10 en el hotel Greenwich. Avísame cuando estés abajo.”
El pulso se le aceleró. Sintió cómo una corriente fría le recorría la espalda, pero la culpa apenas tuvo tiempo de arraigarse. Un par de piernas largas se posaron frente a él, y la voz de Antonella lo arrastró de nuevo al abismo.
—Aurora me está esperando —murmuró, más para sí que para ella cuando ella se pegó a su cuerpo.
Antonella colocó un dedo sobre sus labios, callándolo.
—No la menciones —susurró, su voz tan firme como suave—. No después de todo lo que acabamos de hacer.
Ramiro la miró sin poder responder. Había demasiadas cosas que decir y ninguna que sonara correcta. Las manos de ella subieron por su espalda, delineando su piel con una familiaridad que ya lo desarmaba.
—Bañémonos juntos —dijo ella con media sonrisa, subiendo apenas de puntillas para rozar sus labios—. Luego puedes irte.
Él no tuvo fuerzas para negarse. Por qué dentro de él sabía que no quería hacerlo.
Cuando finalmente se despidieron, lo hicieron sin palabras, con un beso que lo dejó sin aire. Sabían ambos, sin decirlo, que aquello no terminaba ahí. Era apenas el inicio de algo que los devoraría poco a poco.
Antonella fue la primera en romper el silencio antes de salir por la puerta.
—Ve a tu casa. Yo averiguaré dónde está Aurora y te avisaré.
Ramiro solo asintió. Ella se alejó con paso firme, dejando tras de sí a su amante.
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Aurora despertó con la tenue luz del amanecer. Se dio la vuelta en la cama y encontró el espacio vacío a su lado. Buscó su teléfono. Ni llamadas. Ni mensajes. Nada de Ramiro.
Suspiró, decepcionada, mientras el peso de la soledad se acomodaba en su pecho.
Se dio una ducha, intentando borrar la frustración y el cansancio, pero el agua no logró arrastrar la incomodidad que sentía. Empacó su bolso y salió del hotel sin mirar atrás.
Cuando llegó a casa, lo encontró dormido en su cama.
Por un momento, la ternura le ganó al enojo. Se acercó para despertarlo, pero Ramiro la atrapó con un movimiento rápido y la envolvió entre sus brazos.
Ella sonrió apenas.
Pensó que estaba soñando con ella porque lo oyó murmurar su nombre. Pero Ramiro estaba muy despierto.
No había podido cerrar los ojos en toda la noche. La culpa lo mantenía alerta, aunque su cuerpo fingía descanso.
Aurora se movió, incómoda.
—Ramiro… ¿no vas a levantarte? —preguntó con suavidad.
Él la apretó un poco más contra su pecho.
—Descansa conmigo un rato más —susurró, evitando su mirada.
Ella suspiró, resignada, y luego de unos segundos añadió:
—¿Viste mi mensaje?
—No —mintió sin titubear—. El celular se apagó y no encontré el cargador.
Aurora lo observó en silencio, buscando algo en su expresión, pero solo encontró cansancio.
—Entonces… yo paso la noche fuera y tú ni siquiera preguntas dónde estoy —dijo con una mezcla de reproche y tristeza.
Ramiro forzó una sonrisa débil.
—Como tu hermana está en la ciudad, pensé que estabas con ella.
Ella no respondió. No le creyó del todo, pero tampoco tenía motivos para desconfiar. No aún.
Cerró los ojos y, en los brazos de su esposo, se dejó vencer por el sueño una vez más.
Ramiro la miró en silencio. Su respiración se acompasó con la de ella, pero su mente seguía atrapada en otro lugar, en otra habitación, con otra piel.
**************A&R************
Una semana pasó desde aquella noche, y aunque Ramiro intentó calmar esa parte de él que había despertado, no pudo.
El sexo con Aurora no se sentía igual. Faltaba algo, una chispa que solo Antonella sabía encenderle.
Aurora, en cambio, lo notaba distinto, más atento, más ansioso por tocarla.
—Me gusta verte así —le dijo una noche, acariciando su pecho—. Pensé que habías perdido el interés.
Ramiro sonrió, fingiendo ternura.
—Solo estaba… distraído —respondió, besándola para callar cualquier sospecha.
Pero mientras la tenía entre sus brazos, su mente viajaba lejos, a otro cuerpo, a otro perfume, a otra voz.
Después de cada intento de “reconexión”, el vacío entre ellos se hacía más evidente. Ramiro apenas podía mirarla; Aurora no notaba, o al menos no quería aceptarlo.
Él se esforzaba por ser el esposo que siempre había sido, pero cada gesto le resultaba forzado, mecánico, como una rutina sin sentido.
Un mes pasó.
Aurora comenzó a sentirse extraña: cansancio, náuseas, y un retraso que no podía ignorar.
Una chispa de ilusión se encendió en su pecho cuando miró el calendario. “Una semana de atraso”, susurró, y su corazón se aceleró.
—¿Y si es eso? —se dijo frente al espejo, tocando su vientre con las manos temblorosas.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió esperanza. Tal vez un hijo podría quitarle esa sensación extraña que tenía, esa presión en el pecho que sentía que podía reemplazar con un embarazo. Tal vez ese era la razón de todo.
Esa noche lo esperó en casa, nerviosa, casi temblando. Cuando Ramiro entró, cansado, con la corbata floja y la mirada perdida, Aurora lo detuvo.
—Ramiro… creo que estoy embarazada.
Él se quedó quieto. Por un instante, el mundo pareció detenerse.
—¿Qué dijiste?
—No estoy segura aún, pero tengo retraso. Mañana iré al hospital —explicó ella, con una mezcla de miedo y esperanza.
Ramiro tragó saliva, sintiendo que algo se movía dentro de él.
—Aurora… —susurró, y la abrazó.
No lo pensó; simplemente la sostuvo entre sus brazos, recordando los años que habían compartido, todo lo que habían perdido en el camino.
Esa noche, Ramiro se quedó con ella. La acarició con ternura, como hacía mucho no lo hacía. Aurora lo miró con lágrimas en los ojos.
—¿Ves? —dijo en voz baja—. Tal vez esto sea una señal.
Ramiro asintió, sin atreverse a hablar. Quería creerlo.
Durante los días siguientes, se comportó como si realmente lo creyera. La acompañó al hospital, le preparó el desayuno, la miraba con una mezcla de cariño y remordimiento.
Por un momento, pensó que tal vez sí podrían volver a ser “ellos”.
Pero el resultado fue otro.
La doctora desplegó el papel con una calma que dolía.
—Lo lamento, Aurora… no estás embarazada.
El silencio cayó como un golpe seco.
Aurora parpadeó, buscando aire. Intentó tomar la mano de Ramiro, pero él ya se había levantado de la silla.
Con la mirada fija en la puerta, se alejó sin decir nada.
—¿Está segura? —preguntó Aurora, la voz le temblaba como si cada palabra pesara más que la anterior.
La doctora asintió con suavidad.
—Completamente. Tu cuerpo ha reaccionado al estrés… pero no hay embarazo.
Aurora bajó la vista. Una parte de ella ya lo sabía, pero escucharlo en voz alta fue distinto.
Salió del consultorio con los pasos torpes y el corazón hundido en el pecho.
Ramiro la esperaba afuera, recostado contra el auto, con la mirada perdida en algún punto del vacío.
—Ramiro… vamos a casa —murmuró ella, inclinándose hacia la ventana. No quiso mirarlo directamente. No quería ver la decepción que intuía en su rostro.
Otra vez no. Otra ilusión que se desvanecía.
Ramiro permaneció quieto unos segundos antes de asentir. Había soñado con ser padre, aunque nunca lo admitió del todo. Y ahora, al ver su esperanza desmoronarse, algo dentro de él también se apagó.
El trayecto de regreso fue una condena silenciosa.
Aurora miraba por la ventana, repasando los últimos meses, tratando de encontrar en qué momento todo empezó a ir mal. Ramiro, en cambio, conducía con la mente en otro sitio, en otra persona. Pensando en terminar con Aurora. En no fingir más.
Al llegar, Aurora bajó del auto sin decir palabra.
Ramiro esperó a que la puerta se cerrara tras ella. Luego encendió el motor de nuevo. No tenía intención de quedarse.
Marcó un número.
—¿Dónde estás? —preguntó con voz baja, apenas contenida.
Del otro lado, la respuesta llegó como un suspiro.
—Sabes dónde puedes encontrarme.
Desde entonces, los días se volvieron pesados, interminables.
Aurora intentaba llenar los vacíos con trabajo, con llamadas, con pequeños gestos que Ramiro ya no notaba. Él estaba ahí, pero su mente siempre en otro lugar.
Una noche, mientras cerraba su maleta, ella rompió el silencio.
—¿Vas a viajar otra vez?
—Sí, solo un par de días. Reunión en Madrid.
—¿Y si voy contigo? —propuso con una sonrisa débil, buscando un resquicio de lo que alguna vez tuvieron.
Ramiro ni siquiera levantó la vista.
—No es buena idea. No tendrás nada que hacer allá.
Aurora bajó la mirada, sintiendo cómo la distancia se volvía abismo.
—Solo lo dije porque… extraño pasar tiempo contigo.
Ramiro soltó un suspiro cansado.
—Aurora, no empieces con eso, ¿sí? Estoy agotado.
Sus palabras fueron un portazo invisible.
Ella asintió, en silencio. Él siguió cerrando la maleta como si nada hubiera pasado.
Cada conversación se había vuelto una grieta.
Estar con Aurora era sentirse atrapado, limitado por una vida que ya no lo llenaba.
Pero con Antonella… todo era distinto. Con ella había deseo, sí, pero también calma. Risa. Vida.
Le gustaba verla dormida, escucharla hablar de sus sueños, planear cosas juntos sin sentir el peso del pasado.
Una mañana, mientras hacían sus maletas, Antonella lo sorprendió en su casa y lo abrazó por la espalda.
—¿Listo para tu sorpresa? —susurró en su oído.
Ramiro sonrió, genuinamente.
—¿Vas a decirme de qué se trata?
—No todavía. Lo sabrás en París.
El nombre le sonó a redención. París. La ciudad del amor.
Allí, el mundo parecía otro. Pasearon sin prisa, riendo, hablando de futuro. Por primera vez en años, Ramiro no sintió culpa, solo paz.
Al atardecer, frente a la Torre Eiffel, Antonella se detuvo.
—Tengo algo que decirte —dijo, mordiéndose el labio.
—¿Qué pasa?
—Estoy embarazada.
Ramiro la miró en silencio, con los ojos brillantes.
—¿De verdad?
Antonella asintió, las lágrimas contenidas.
—Sí, amor. Vas a ser papá.
Él se arrodilló, besó su vientre una y otra vez, riendo y temblando a la vez.
El corazón de Ramiro se detuvo por un instante. La culpa no existía ahí, solo una euforia que lo desbordaba.
Mientras Aurora se hundía en la soledad de su silencio, él celebraba el inicio de una nueva vida… en los brazos de otra mujer.