Verdugo

2407 Words
5 meses antes… Antonella abrió la puerta de la oficina con suavidad, pero aun así su voz sonó como un pequeño golpe en la quietud del lugar. —Amiga… No recibió respuesta. No la veía, pero intuía dónde estaba: al fondo, en el baño, donde Aurora se refugiaba cada vez que el mundo se le venía encima. Dentro, Aurora se limpiaba las últimas lágrimas con el dorso de la mano. Otro mes. Otro retraso. Otra prueba de embarazo negativa. Guardó el pequeño plástico en la basura como si quisiera enterrar con él la esperanza que se le escapaba entre los dedos. No se atrevía siquiera a decirle a Ramiro. Desde aquella consulta en el hospital, algo había cambiado en él. Lo percibía en su silencio, en la forma en que la miraba sin decir nada, en esa tensión que hervía bajo la piel. Sabía, aunque él no lo admitiera, que anhelaba un hijo tanto o más que ella. Y pensar que cuando volvieron de Londres, cuando decidieron abrir el negocio y formar algo propio lejos de las empresas de su padre, lo último en su lista eran los hijos. Pero pasaron cinco años. Dos de ellos sin cuidarse, con la ilusión ingenua de que alguna vez la prueba diría “positivo”. Ahora, otra vez, veía morir un sueño. —Ya salgo —dijo desde el baño mientras se retocaba el maquillaje, intentando recomponer un rostro que ya no podía disimularlo todo. Cuando abrió la puerta, los ojos de Antonella se encontraron con los suyos. No hizo falta una palabra. Su amiga la conocía mejor que nadie: más que su familia, más que su hermana mayor, más que cualquiera. Aurora siempre decía que si Ramiro no fuera su otra mitad, entonces Antonella ocuparía ese lugar: su alma gemela. Antonella no demoró en abrazarla. Aurora apoyó la cabeza en su hombro, dejando que el llanto que contenía cada noche, ese que no salía frente a Ramiro, por fin pudiera escapar. Antonella solo la sostuvo en silencio, acariciándole la espalda. Pero al otro lado de ese abrazo, Antonella sonrió levemente. Sabía que Aurora rara vez hablaba del deterioro de su matrimonio, y aunque el tema le hería, una parte de ella se estaba convenciendo de que Ramiro ya no amaba a Aurora… y que empezaba a enamorarse de ella. No se equivocaba en lo segundo. Pero desconocía lo primero: Ramiro, pese a su doble vida, aún no podía soltar a su esposa. —¿Qué sucede? —preguntó Antonella cuando Aurora finalmente se separó. Aurora dudó. No sabía cómo decirlo, así que simplemente abrió la mano y dejó a la vista la prueba de embarazo. —¿Por qué sigues haciéndote pruebas? —preguntó Antonella confundida. —Porque tuve un retraso. Pensé que esta vez… —La voz de Aurora se quebró antes de terminar la frase. Antonella frunció el ceño. —Pero… ¿qué posibilidad hay de que quedes embarazada? Pensé que tú y Ramiro ya no… Aurora la miró fijamente, con una sombra de sospecha. —¿Qué te hace pensar eso? Por un segundo, Antonella se congeló. El instinto la obligó a reaccionar rápido. —Pues… tú me dijiste que te sentías incómoda, que ya no… que no tenían intimidad. Aurora se irguió casi como si la hubiera acusado de algo. —Somos una pareja. Por supuesto que tenemos intimidad. —Ajá… —murmuró Antonella, perdida sin saber cómo continuar. Aurora suspiró, con un intento de sonrisa que no le alcanzó para sostenerse. —Aunque no es como antes. Sobre todo cuando vuelve de esos viajes… —se acarició el brazo—. Me hace el amor tan intensamente que a veces duele. Pero no se lo digo. Me gusta pensar que, a pesar de todo, aún me desea como siempre. Mientras hablaba, su voz sonaba como si quisiera convencerse a sí misma. Y sabía perfectamente que no era así. Que algo había cambiado. Antonella sintió el estómago revolverse. Ella no sabía que Ramiro seguía acostándose con Aurora. La idea de que él deseara a ambas la mareaba. Que él buscara el cuerpo de Aurora después de buscar el suyo le generaba una mezcla de humillación y rabia. —¿Te has hecho una prueba de fertilidad? —preguntó Antonella tratando de mantener el control—. Quiero decir… si no quedas embarazada, quizá sea hora de revisar eso. —Lo he pensado. No es normal. Y aunque la doctora dice que mi problema de tiroides afecta mis hormonas, estoy sana. Nunca he tenido nada grave. —Si quieres… puedo acompañarte —ofreció Antonella. Aurora dudó. Parte de ella sentía que aquello debía hacerlo sola, pero el cansancio emocional la venció. Asintió. Ese mismo día ambas acudieron a la primera consulta con el ginecólogo. Durante semanas, Aurora pasó por exámenes, ecografías, análisis hormonales y revisiones constantes. Cada procedimiento despertaba en ella la misma mezcla de esperanza y miedo. Antonella la acompañaba a todas las citas, siempre con una sonrisa paciente, siempre lista para tomarle la mano cuando el ánimo de Aurora flaqueaba. Al finalizar uno de esos ciclos de pruebas, el médico finalmente sonrió. —Podemos intentar varios tratamientos —explicó—. Uno de ellos es la inseminación intrauterina. Las probabilidades son buenas. Aurora salió del consultorio con una sonrisa luminosa, una que no había mostrado en meses. Caminaba con una ligereza que casi parecía ajena a la realidad que vivía. Antonella la observaba en silencio, sintiendo cómo esa luz se convertía en una amenaza. Porque si Aurora quedaba embarazada… todo terminaría para ella. Ramiro nunca la elegiría a ella por encima de la madre de su hijo. Nunca. Y Antonella no permitiría que eso ocurriera. Mientras Aurora avanzaba por el pasillo aferrándose a esa esperanza, Antonella comenzaba a tejer un pensamiento oscuro, calculado, inevitable. Esa noche, cuando llegó a casa, se observó en el espejo largo del pasillo. Se tocó el vientre, como si pudiera decidir sobre él con solo desearlo. —Tengo que hacerlo —susurró para sí misma—. Tengo que quedar embarazada antes que ella. Aunque su futuro, sus planes, su carrera, todo acabaría al quedar embarazada. Era la única manera de asegurar su futuro, su lugar, su victoria. Aurora ya le había quitado la mitad de su vida, no podía dejar que se siga quedando con lo que era suyo por derecho. Tenía que hacerlo. Pero las semanas pasaron. Y ninguna de las dos quedó embarazada. Y cada mes era una batalla silenciosa entre ambas, aunque Aurora no supiera que la estaba librando Aurora empezó a romperse. Cada prueba negativa dejaba marcas invisibles en su rostro. Cada noche lloraba en silencio antes de dormirse, tragándose la culpa y la sensación de que su cuerpo le estaba fallando a Ramiro. Antonella, en cambio, sentía que el tiempo se le agotaba. Hasta que un día, después de una nueva prueba fallida, Aurora pidió que la dejaran en casa. Estaba agotada, mareada emocionalmente, con dolor de cabeza y los ojos hinchados. —Llévame a mi casa…—murmuró mientras se abrochaba el cinturón— solo quiero descansar. Antonella puso una mano en su brazo. —Descansa, amiga. No te preocupes por la empresa. Esta semana yo te cubriré. Aurora asintió sin sospechar nada. —Gracias —Aurora suspiró apoyando su cabeza en la ventana. Antonella la dejó frente a su casa, Aurora apenas levantó la mano para despedirse. Caminó hacia la puerta como un alma cargada de peso. Y entonces Antonella encendió el auto y regresó al consultorio. No avisó. No llamó. Simplemente entró. El doctor levantó la mirada sorprendido al verla. —¿Antonella? No tienes cita hoy. —Necesito hablar con usted —dijo ella con tono firme, cruzando las piernas mientras tomaba asiento—. Es sobre Aurora. El médico cerró la carpeta. Su ética médica debería impedirle hablar de Aurora, pero Antonella se había asegurado de ir a cada cita médica, de estar en cada paso, de saber que pasaba con Aurora. Además el doctor veía en ella a la mejor amiga de su paciente. No tenía por qué sospechar lo que Antonella estaba planeando. —Ella ha tenido un proceso difícil, pero seguimos evaluando opciones. Aún no estamos sin alternativas, todavía hay posibilidades… Antonella lo miró fijamente, con una calma peligrosa que él no pudo ver. —Eso es precisamente el problema. El doctor frunció el ceño sin entender a qué se refería. —No entiendo. Antonella esbozó una sonrisa leve, tierna pero que no alcanzaba a sus ojos. —Aurora no está bien. Está emocionalmente devastada. Cada prueba negativa la destruye un poco más. Ramiro… —inventó sin remordimiento— está perdiendo la paciencia. Y ella está al borde de una crisis. No quiero que algo peor suceda. El doctor suspiró. —Sí, lo he notado. Pero aún hay posibilidades. —No para ella —respondió Antonella sin titubear—. Usted y yo sabemos que sus niveles hormonales no están respondiendo. Que seguir insistiendo no hará más que dañarla. Y ella… —ladeó la cabeza— no soportaría intentarlo una vez más para fallar. El médico guardó silencio, procesando sus palabras. Antonella se inclinó hacia él. —Lo que Aurora necesita es una verdad clara. Directa. Definitiva. —Sus ojos se volvieron más afilados—. Necesita que usted le diga que no hay más alternativas. Que no puede embarazarse. Que debe considerar otro camino. El doctor se removió en la silla, incómodo. —No puedo mentirle a una paciente. Antonella apoyó una mano sobre el hombro del doctor. Mostrando la preocupación que no sentía, pero logró que este la mirara —No le estoy pidiendo que mienta —dijo suavemente—. Solo que… priorice su salud emocional. Usted sabe que psicológicamente no soportará otro fracaso. Hizo una pausa. —Y si sigue intentándolo, puede terminar muy mal. El médico bajó la mirada. Él también había visto a pacientes quebrarse. Había visto matrimonios destruirse. Auroras que se derrumbaban en silencio. Antonella continuó —Dígale que lo mejor… lo más seguro… lo más sano… es que considere un vientre de alquiler. Antes de que sea demasiado tarde. La sala quedó en silencio. El reloj marcó tres segundos que parecieron un juicio. Finalmente, el médico asintió con pesar. —Hablaré con ella en la próxima cita. Antonella sonrió. Una sonrisa suave. Amable. Perfectamente calculada. —Gracias, doctor. Está salvando más de una vida. Y se marchó. **************A&R************** En la siguiente consulta, el ambiente cambió. El médico ya no sonreía. Tenía la carpeta en la mano y un gesto que Aurora aprendió a temer. —Aurora —comenzó, con esa voz profesional que intentaba ser suave sin llegar a serlo—, hemos probado varios métodos, distintos estímulos hormonales y ciclos completos de seguimiento. Aurora sintió que su respiración se acortaba. —Tu respuesta… ha sido muy baja —continuó él, sin rodeos esta vez—. Extremadamente baja. Podemos seguir intentando, sí, pero… Levantó la mirada. Y ese pero le atravesó el pecho como un impacto. —…tal vez debamos considerar una opción más efectiva. Aurora sintió cómo todo su cuerpo se tensaba. —¿Cuál… cuál sería? —preguntó con un hilo de voz. —Un vientre de alquiler —respondió el médico—. Es una alternativa segura cuando la paciente tiene dificultades para concebir o mantener el embarazo por razones hormonales o autoinmunes. Sería su mejor posibilidad de tener un bebé con material genético suyo y de su esposo. La palabra vientre de alquiler cayó entre ellas como un cuchillo silencioso. Aurora parpadeó varias veces, como si procesar la frase le doliera físicamente. —Un… vientre —repitió, sintiendo un nudo cerrarse en su garganta—. Otra mujer. No yo. Aurora se quedó sin aire. No lloraba. Ni siquiera respiraba. Era como si su cuerpo entero hubiera decidido detenerse. Antonella dejó que su mano temblara ligeramente antes de sujetarla. Otra actuación impecable. El médico continuó, con cautela: —No debes decidir hoy. Habla con tu esposo, tómense el tiempo necesario. Es una decisión muy importante. Pero Aurora apenas lo escuchaba. Antonella la observó derrumbarse silenciosamente. Su respiración entrecortada. El temblor en sus labios. La súplica muda en sus ojos. Y aunque parte de ella sintió compasión genuina, otra parte… la más oscura… disfrutó el momento. Porque había trabajado demasiado para llegar hasta ahí. Ese era su triunfo. Y Aurora no tenía idea de que estaba viviendo una escena cuidadosamente escrita, palabra por palabra, por la mujer sentada a su lado. La voz de Aurora salió rota. —No puedo… —susurró—. No sé si puedo aceptar eso. Antonella pasó suavemente su pulgar por sus nudillos, como si intentara calmarla. Una caricia dulce. Una caricia perfectamente ensayada. —No tienes que hacerlo sola —murmuró, inclinándose hacia ella—. Si tú me lo permites… yo puedo ser tu vientre. Aurora abrió los ojos, incrédula. —No, Antonella… no. Tú tienes tu vida, tu carrera… tu cuerpo vale demasiado como para arriesgarlo por mí. ¿Y si te pasa lo mismo que a mí? ¿Y si…? —su voz se quebró— No quiero que sientas este fracaso. No quiero destruirte como me estoy destruyendo yo. Antonella tomó aire y la miró con una mezcla perfecta de ternura y dolor. —Ay, Aurora… —susurró con la voz quebrada, porque parte de lo que decía sí era verdad—. Eres mi amiga. Mi hermana. Mi mitad. No hay nada que no haría por ti. Nada. Y si esto… esto es lo que te dará paz, entonces lo haré. No me importa lo que tenga que dejar atrás. Me has dado tanto… que dejarte caer ahora sería imperdonable. Las lágrimas rodaron por el rostro de Aurora con más fuerza. No de alivio. De devastación. Porque en su corazón sintió una mezcla de gratitud inmensa y un dolor insoportable. —¿De verdad… harías eso por mí? —preguntó con un sollozo que la desarmó por completo. Antonella sonrió con lágrimas brillando en sus ojos. —Sin lugar a dudas. Aurora rompió a llorar, aferrándose a su amiga como si fuera su única salvación. Antonella la rodeó con los brazos, mecéndola con suavidad, como una hermana. Como una amiga. Pero dentro de su pecho, detrás de esa máscara noble, una certeza fría latía: Lo había logrado. Ella había ganado. Porque frente a Aurora no estaba su salvadora. Estaba su verdugo.
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