Ella es todo lo que yo nunca podré ser 💔

2813 Words
—¿Y cómo te sientes con eso? —preguntó la psicóloga con voz suave, invitando a Aurora a detenerse un segundo antes de responder. Aurora respiró hondo. La primera inseminación de Antonella había sido hacía unos días; ahora solo quedaba esperar. Y aunque frente a su mejor amiga intentaba mostrarse feliz y optimista, dentro de ella habitaba una mezcla de impotencia y tristeza que no sabía cómo ordenar. Últimamente, hablar con Ramiro se le hacía casi imposible. Justo cuando más necesitaba sentirlo cerca, él parecía cada vez más lejano. Ella asumía que la causa principal de sus problemas había sido aquella ve que ella pensó que estaba embarazada pero no sabía que Ramiro había iniciado una doble vida al lado de su amiga, esa misma a la que le estaba confiando lo más importante para ella, un bebé. —No puedo negar que la idea de tener un hijo me emociona más que nada —comenzó al fin—. Cuando dejé el modelaje, lo primero que pensé fue que por fin tendría tiempo para formar una familia… hijos… quizá un perro. Pero saber que otra mujer va a llevar a mi bebé… me duele. Aunque sea Antonella, aunque la ame como una hermana… es difícil saber que ella puede ser todo lo que yo ya no puedo. —¿A qué te refieres exactamente? —indagó la psicóloga, manteniendo la mirada atenta. —Yo sabía que no podía ser modelo para siempre —respondió Aurora, desviando la vista hacia la pared, aunque en realidad miraba sus recuerdos—. La belleza se va, la juventud también. Pero para llegar a donde estuve… necesitabas llegar a las marcas de alta costura. Algo casi imposible siendo tan joven. Y yo las tenía, tenía todo para ser la mejor —dijo con un brevísimo orgullo que se apagó de inmediato—. Siempre quise abrir mi propia agencia, enseñar, viajar, buscar chicas con talento natural… cambiarles la vida. Ese era mi plan después de dejar las pasarelas. —Ese plan todavía existe —intervino la psicóloga—. No hay nada que te impida retomarlo. Aurora negó con un gesto cansado. —Claro que sí. Nadie pagaría una clase conmigo. Incluso ahora mismo nadie me toma en serio. Las modelos de mi agencia me respetan porque soy la dueña, pero cuando intento enseñarles… me miran como si fuera menos que ellas. La única que siempre me escuchó fue Antonella. Siempre dicen que se parece tanto a mí… tal vez por eso. —Puede que estés interpretando esas miradas desde tu herida, no desde la realidad —sugirió la psicóloga con cautela. —No —dijo Aurora con firmeza—. Sé lo que digo. Yo estaba en lo más alto… era mi mejor momento. Había marcas peleándose por mí. Vivía trabajando. Y de pronto… mi cuerpo empezó a cambiar, mis ánimos estaban por los suelos. Ya conoces cómo funciona esto, algunas marcas son muy estrictas. Intenté cumplir, pero fue imposible. Antonella tuvo que ayudarme, incluso trabajar gratis para compensar mis retrasos. Y ahí… ahí me fui hundiendo más. No porque mi cuerpo fuera lo más importante, sino porque era mi trabajo. Mi vida entera dependía de él. Mis estudios, mi futuro… todo cambió después de eso. —Pero quedar embarazada también habría cambiado tu cuerpo —observó la psicóloga. —El cuerpo nunca fue el problema —respondió Aurora con un hilo de voz—. El problema es sentir que… ya no puedo tener nada. Perdí mi carrera… y ahora también mi oportunidad de ser madre. —Aurora, muchas personas viven procesos similares —dijo la profesional, validando suavemente su experiencia. —Lo sé —asintió ella, con tristeza resignada—, y eso es lo único que me ha mantenido. Se quedó en silencio unos segundos. —Pero es difícil —continuó—. Todos a mi alrededor están bien. Mi hermana mayor dirige la empresa de mis padres; es brillante. Uno de mis hermanos trabaja en efectos especiales en películas. El más pequeño… ya dirige la empresa de su suegro y ni siquiera se gradúa todavía. Tiene veinte años. —¿Y en sus vida amorosa? —preguntó la psicóloga, ampliando la perspectiva. —A Aria no le interesa ni el matrimonio ni los hijos. Xander… bueno, es igual a mi papá cuando joven: mujeriego, viviendo de fiesta en fiesta. Y Ale… él se enamoró siendo un niño. Ahora está comprometido. Está muy enamorado. —¿Crees que son felices? —Estoy segura —respondió ella sin dudarlo—. No somos muy unidos, pero… sé que son felices. —¿Y por qué no eres cercana a ellos? —profundizó la psicóloga. —Aria siempre fue seria. Cuando yo quería jugar, ella… quería ser mi mamá. Pero yo… yo solo quería jugar —explicó Aurora—. Y ahí es donde entra Antonella. La conocí cuando tenía cinco, casi seis años. Y desde entonces… nunca nos hemos separado. Son veinte años de amistad. La psicóloga frunció mínimamente el ceño. Era evidente que, sin importar el tema, Aurora regresaba a hablar de Antonella. No era tóxico, no por ahora, pero sí despertaba cierta alerta clínica: dependencia emocional, quizá. —Tus hermanos menores parecen unidos —comentó—. Y tú… estabas lejos por tu trabajo, ¿cierto? —Sí. Aria siempre entre libros y luego en la empresa. Yo viajando por el modelaje… y estos últimos tres años, atrapada en la agencia, que ni siquiera me gusta dirigir. Pero debo hacerlo porque mi esposo viaja mucho y Antonella tiene demasiados contratos… no hay nadie más —dijo Aurora, sintiendo cómo la frustración se acumulaba en su pecho. —Entonces, ¿qué te gustaría hacer realmente? —preguntó la psicóloga, con voz clara. —Modelar —explotó Aurora, casi sin control—. Quisiera modelar. Pero sé que eso ya no va a pasar. La profesional esperó un par de segundos antes de retomar. —Háblame de tus padres. —Siguen juntos. Se aman… mucho. Papá vive para mi mamá. Nunca vi a un hombre amar tanto a una mujer. —¿Y tu esposo? —Es… diferente. Es atento, comprensivo. Era mi mejor amigo. Nos enamoramos y… nos casamos en Francia. —Suena romántico —comentó la psicóloga con una pequeña sonrisa. Aurora apenas sostuvo la suya. —Lo fue. La terapeuta tomó aire antes de dar el siguiente paso. —Aurora… quiero decirte algo con total honestidad. Y sé que quizá no es lo que quieres escuchar. Necesitas hacer las paces con aquello que ya no puede ser: tu carrera pasada, la imagen que tenías de ti misma y la idea de la maternidad que ya no encaja con tu realidad. Si Antonella está embarazada, pronto tendrás una nueva vida en tus brazos… y necesitarás estabilidad emocional para cuidarlo, para guiarlo. Y ahora mismo… no estás en tu mejor momento para eso. Aurora tragó saliva, sintiendo un nudo en el pecho. —Entonces… ¿qué debo hacer? —preguntó, con voz apenas audible. —Quiero que asistas a una charla dentro de unos días. Una amiga vendrá a la ciudad solo por unas semanas. No es psicóloga, pero trabaja con fundaciones y ha visto historias muy diversas. No quiero adelantarte demasiado… solo quiero que estés ahí, que observes, que participes en alguno de sus eventos. Sé que podría ayudarte a ver tu vida desde otra perspectiva. Aurora dudó… pero terminó asintiendo. —Sí… me gustaría intentarlo —respondió, sin entusiasmo, pero decidida a al menos seguir el consejo. Al otro lado de la ciudad, mientras Aurora intentaba ordenar su vida palabra por palabra en una sesión terapéutica que la había dejado más sensible que de costumbre, Antonella caminaba por su departamento con una prueba de embarazo entre los dedos. Se había sentido mal durante días. Mareos, náuseas, una presión extraña en el pecho. Al principio pensó que era producto de la ansiedad por la inseminación… pero luego de vomitar dos mañanas seguidas, dejó de engañarse a sí misma. Cuando volteó la prueba y vio el resultado, la sonrisa que apareció en su rostro fue la más luminosa que había tenido en mucho tiempo… pero duró apenas un segundo. La expresión se torció, su mirada se oscureció. Porque ese positivo, antes de ser motivo de celebración, traía consigo un dilema que la perseguía desde el día del procedimiento: Tenía que ir al doctor y descubrir si el bebé que llevaba dentro era suyo… o de Aurora. Pasó una semana. Una larga semana para Aurora, que no dejaba de preguntarse si estaba haciendo lo correcto con su vida. Una semana eterna para Antonella, que ensayó frente al espejo una y otra vez la reacción que tendría cuando escuchara las palabras del médico. Finalmente, el doctor las reunió en su oficina. Aurora apretaba sus propias manos, intentando mantener el control emocional que la psicóloga le pidió que buscara. Pero al ver a Antonella nerviosa, respirando entrecortado, no pudo evitar sentir un vértigo extraño. —Aurora —comenzó el médico, sentándose frente a ambas—, es un poco prematuro para hablar de resultados definitivos, pero hace unos días Antonella vino porque no se sentía bien. Le hicimos una prueba de embarazo. El corazón de Aurora se detuvo y luego retomó el ritmo con una fuerza que casi dolió. Su mano buscó automáticamente la de Antonella, que ya sonreía… porque ella sí sabía lo que venía. —Aurora —dijo Antonella con voz temblorosa y ojos brillantes, como si recién estuviera enterándose—, estoy embarazada. Si Dios quiere, en unos meses… serás mamá. Lo dijo perfecto. Exactamente como lo había practicado. Aurora no lo sabía, pero esa frase estaba ensayada palabra por palabra. Aurora abrió los labios con incredulidad. —¿Es cierto? ¿Tan rápido? —murmuró, sin saber si reír o llorar. Porque sí, se alegró. Se alegró desde lo más profundo. La idea del bebé la ablandó por dentro. Lo imaginó en sus brazos, pequeño, vulnerable, suyo. Pero junto a esa alegría, algo frío también emergió. Una punzada de tristeza. Una línea fina de envidia. Una voz débil, casi vergonzosa, que le susurró: Ojalá no hubiera funcionado. Porque no podría soportar vivir nuevamente la sensación de ser una mujer incompleta. —Todo estaba muy bien desde el inicio —explicó el doctor—. El tratamiento respondió como esperábamos. Aurora, ¿sucede algo? Ella sintió la verdad subirle por la garganta, quemándole el pecho, pero no logró salir. —No… no es nada —mintió—. Solo… me preocupa el bebé. Y Antonella también. —Todo estará bien, amiga —dijo Antonella, inclinándose para abrazarla con firmeza—. Pronto todos tus sueños se harán realidad. Aurora la rodeó con los brazos. Hizo el esfuerzo de tensar los músculos en un gesto que pareciera cariño, apoyo, gratitud. Pero su mirada estaba perdida en algún punto lejano de la pared, buscando una respuesta que no aparecía. Ese abrazo, que debería haber sido motivo de esperanza, se sintió como un recordatorio doloroso: Antonella podía ser todo lo que ella no. Y ese bebé, tan esperado, tan deseado… era también la confirmación más cruel de que Aurora jamás volvería a ser la mujer que un día fue. Actualidad… —¿Me estás diciendo que Aurora y tú estuvieron haciendo todo esto a mis espaldas? —preguntó Ramiro con la voz quebrada entre incredulidad y rabia, mientras arrojaba las maletas a la cajuela del auto con un golpe seco. Habían vuelto de París antes de lo previsto. Aurora no lo sabía. Él mismo le había llamado para decirle que el viaje se prolongaría unos días más, mientras ella, emocionada, le había dicho que tenía una sorpresa para cuando regresara. Ramiro creía saber cuál era esa sorpresa. Inmediatamente se imaginó a su esposa usando esa lencería que le hacía ver tan sensual. Aurora llevaba meses recuperando la figura que una vez lo enamoró, volviendo a irradiar esa seguridad que él encontraba irresistible. Y aunque Antonella lo consumía de deseo desde la primera vez que cruzaron la línea, había una parte de él que todavía deseaba a Aurora. Una parte que lo hacía sentirse un miserable cada vez que terminaba en la cama con su esposa, por qué ni su lealtad y su amor estaban con ella. Ahora quien estaba en su mente todo el tiempo era Antonella. —Amor… Ramiro, detente. No te vayas así —dijo Antonella, intentando tomarle el hombro. Él dio un paso hacia atrás, mirando la calle para asegurarse de que nadie observaba. —Estamos en la calle —advirtió Ramiro con dureza—. No me toques de esa forma. Antonella apretó los labios, como si contuviera lágrimas. Un acto perfectamente calculado. —Es nuestro —dijo al fin, casi en un susurro tembloroso—. Te juro que es nuestro bebé. Lo de Aurora pasó después. Ramiro se quedó inmóvil, sintiendo que el mundo le daba un giro completo. —¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué Aurora no me lo dijo? —preguntó, con la voz rota. Se sentía confundido, traicionado. No le molestaba la idea de tener un hijo con Antonella, pero si ese bebé fuese de Aurora, tendrían algo que los uniría toda la vida. Sabía que tendría que escoger a su esposa, pero simplemente no se imaginaba una vida sin Antonella. Ya no podía estar sin ella, sin las dos. Antonella bajó la mirada, interpretando a la víctima con maestría. —No sé por qué Aurora no te lo dijo… pero me rogó que yo no lo hiciera —mintió sin pestañear—. Me ofrecí de vientre de alquiler porque tenía miedo. Si ella descubre que el bebé no es suyo… no sé qué podría pasarle. —Estamos hablando de Aurora —replicó Ramiro—. Ella no dañaría a nadie. Le dolería, claro… pero es normal. Se pasó las manos por el rostro, agotado, culpable. —Tengo que divorciarme de ella. Decirle la verdad. A pesar de todo… no se merece esto. Antonella arqueó las cejas con un gesto triste, casi compasivo. No quería que Ramiro se divorciara de Aurora, no aún. Debía inventar algo. —Lo sé. Pero no ahora. Yo conozco a Aurora mejor que tú —dijo, avanzando un paso hacia él—. Ella no está bien, no desde hace tiempo. Esto la va a destruir. Va a empeorar su estado… y no quiero que le pase nada. Hazlo cuando el bebé haya nacido. —¿De qué hablas? —frunció el ceño Ramiro. Antonella suspiró lentamente, como quien por fin decide revelar un secreto doloroso. —Aurora va al psicólogo… y pronto irá al psiquiatra. Necesita ser medicada. Va desde hace años —dijo con una firmeza que no admitía dudas. Ramiro abrió los ojos con sorpresa. —No lo sabía. —Quizá no quiere que sepas que tiene problemas mentales —continuó Antonella con voz suave—. Pero ella no está bien, Ramiro. Yo he sido su apoyo toda la vida. La amo… la quiero… pero también he sufrido con ella. Le tomó las manos con delicadeza, fingiendo vulnerabilidad. —Y lamento con el alma haberme enamorado de ti. Pero lo que siento por ti… es más fuerte que el amor que siento por mi mejor amiga. Ramiro cerró los ojos, sintiendo cómo sus convicciones se desmoronaban. No podía dejar a Aurora, no aún, sospecharía y daría con la verdad. El necesitaba estar seguro que Antonella y su bebé estuvieran a salvo primero. —Está bien. Antonella… no quiero que me vuelvas a mentir. Estaremos juntos cuando el bebé nazca. Pero si descubro que me estás ocultando algo… esto se acaba. Ella sonrió con dulzura, con esa suavidad que siempre usaba para envolverlo. —No volveré a ocultarte nada. Te lo prometo. Te amo, Ramiro. Y no sabes lo feliz que soy al saber que dentro de mí crece un pedacito nuestro. Él tragó saliva. Era la primera vez que le decía que lo amaba. —Yo también te amo. —respondió con seguridad, aunque por dentro no lo estaba del todo —Y aunque todo esto empezó mal, te prometo que nuestro hijo será lo más importante. Te voy a cuidar. A los dos… toda la vida. Antonella alzó la mano, invitándolo a regresar al departamento. —Gracias, amor. Tenerte conmigo… es un sueño. El mejor compañero de vida que podría haber imaginado. Ramiro vio el azul de sus ojos, esa mirada que tantas veces lo había capturado. Y la tomó de la mano. No pasó mucho para que la ropa de ambos quedara esparcida por la sala. Terminaron jadeando, sudados, enredados, después de hacer el amor por tercera vez desde que habían llegado. Ramiro había tomado una decisión esa noche. Una decisión que, en el futuro, sería su peor condena.
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