Aurora se secó las manos con una toalla, respirando hondo mientras el sudor le corría por la sien. Su rutina era siempre la misma. Despertarse antes que el sol, tomar su jugo de proteínas y meterse al gimnasio como si la disciplina pudiera llenar el vacío que dejaba la ausencia de Ramiro.
A veces, mientras levantaba pesas o corría en la caminadora, pensaba que antes solía desvelarse por su esposo. Ahora ya no.
Ahora Ramiro nunca estaba y ella no sabía que era porque prácticamente Ramiro y Antonella vivian juntos.
Cuando Aurora se sentó, el teléfono vibró. El nombre de Ramiro apareció en la pantalla. Ella contestó con entusiasmo.
—¿Sí?
—Amor, no llegaré hasta el domingo en la noche. Aún tengo algunos compromisos que atender —dijo él con voz apurada, casi formal.
Aurora abrió la boca para responder, pero Ramiro colgó antes.
Ni siquiera un “te amo”, ni un “cómo amaneciste”.
Dejó el teléfono sobre la mesa de noche, sintiendo una mezcla de resignación y cansancio.
—Otro fin de semana sola… qué sorpresa —murmuró con una sonrisa amarga.
Se quedó mirando la pared unos segundos, como esperando respuestas que ya no llegaban. Entonces tomó aire, agarró el teléfono y escribió un mensaje.
Ariel, ¿todavía estás libre para ir a comprar los regalos hoy?
Ariel —la amiga de su psicóloga, una hermosa de pelirroja de unos 50 años, una de las pocas personas que había logrado entrar en su burbuja emocional— respondió casi enseguida:
Sí. Paso por ti en dos horas. Te hará bien salir un rato.
Aurora suspiró.
—Gracias, Ariel… —susurró, sintiendo un pequeño alivio.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Antonella inhalaba y exhalaba siguiendo las indicaciones del instructor de yoga a través de una videollamada. Su vientre redondeado se movía suavemente con la respiración. Ramiro estaba sentado detrás de ella, observándola con una mezcla de atención y orgullo.
—Cuidado con esa postura —dijo mientras ella estiraba los brazos—. No quiero que te esfuerces demasiado.
Antonella sonrió sin voltear.
—Ramiro, estoy embarazada, no inválida.
—Ya lo sé, pero… —él deslizó una mano por su espalda baja, preocupado— no puedo evitarlo.
—Me gusta que te preocupes —respondió ella con un leve rubor.
Eran esos detalles los que Ramiro ya no tenía con Aurora.
Hacía meses que no la miraba así, que no la acompañaba a nada, que no compartían silencios significativos.
—¿Ya hablaste sobre la sesión de fotos? —preguntó Antonella mientras cambiaba de postura.
—Sí. Les dije que solo la harás si te sientes cómoda —respondió él, atento.
Antonella soltó una risita suave.
—¿Sabes? Desde que te enteraste del bebé has cambiado mucho. Me gusta conocer tu lado tierno.
Ramiro se inclinó hacia ella, apoyando su frente en la de ella.
—No tienes idea. Creo que nunca admití cuánto quería ser padre hasta que se volvió una realidad. Y cuando supe que sería niño… —cerró los ojos un segundo— fue el día más feliz de mi vida.
Antonella tragó saliva. Recordó que él había pronunciado esas mismas palabras cuando le pidió matrimonio a Aurora: “Hoy es el día más feliz de mi vida.”
Ahora Aurora había quedado atrás, convertida en un recuerdo, y esa idea era lo único que le daba un poco de paz.
Su hijo sería el heredero. El que lo cambiaría todo. El inicio de su venganza.
—Será perfecto —susurró, imaginando un futuro en el que ese niño la ayudaría a cumplir todos sus objetivos.
Pero la felicidad no duró. Su vientre se tensó de golpe y una punzada dolorosa la atravesó. Su ropa no tardó en teñirse de rojo. Ambos se quedaron paralizados por el susto, y sin perder un segundo se dirigieron al hospital.
El centro comercial estaba lleno de luces cálidas y de familias riendo. Aurora caminaba junto a Ariel, sosteniendo una lista en la mano.
—Esta fundación me inspira tanto —comentó Aurora al ver un set de ropita para bebé—. Las mujeres… todo lo que han vivido… y siguen adelante.
—Tú también sigues adelante —respondió Ariel, mirándola con ternura—. Aunque no quieras admitirlo.
Aurora sonrió débilmente.
—No como ellas, pero estoy aprendiendo. Poco a poco por mi bebé.
—Creo que sería buena idea que hicieras algo diferente. Eres joven y muy bonita, ¿alguna vez has pensado en actuar? —preguntó Ariel, sabiendo que ella podía ayudarla a buscar otro camino.
—No, la verdad es que no tengo ganas de hacer nada. Ya me resigné a trabajar hasta que el bebé nazca y luego me dedicaré completamente a él. Ramiro se hará cargo de la empresa hasta que Antonella se recupere y pueda ayudarlo.
Ariel hizo una mueca, sin saber cómo responder. Había algo extraño en la vida de Aurora; su instinto de madre no le fallaba. Cambió de tema y levantó una manta suave de color crema.
—¿Y esta para el cuarto del bebé? Es muy bonita.
Aurora pasó la mano por la tela, sintiendo una punzada en el pecho.
—Me gusta para Antonella… ella siempre está friolenta —dijo, intentando sonar natural.
Ariel la observó con atención.
—¿Te duele elegir cosas para ella? Puedes decirlo, ¿sabes?
—No… —Aurora negó, aun sabiendo que mentía—. Solo que siento que nuestra amistad ha cambiado. Este bebé, en lugar de unirnos más, nos ha alejado. No sé… nada es como pensé que sería. Sé que soy una mala amiga al no estar con ella, apoyándola después de todo lo que ella ha hecho por mí, es solo…
Un silencio incómodo se instaló entre ambas, roto por el sonido lejano de niños corriendo.
—Aurora… tú no eres una mala amiga —dijo Ariel con calma—. Es una situación compleja. Es diferente. Quizá debiste tomarte más tiempo para asimilar que no podías tener hijos y luego buscar la forma de avanzar.
Aurora iba a responder cuando su teléfono vibró.
Vio el nombre del doctor Jiménez.
Y su corazón se hundió.
—¿Doctor? —contestó con un hilo de voz.
Él había dudado en llamarla, pero alguien tenía que abrirle los ojos a Aurora. Hoy, por primera vez, había visto lo cercanos que Antonella y Ramiro eran; incluso los vio besándose. No iba a prestarse a ese engaño cruel. Solo había accedido a mentir aquella vez por la salud mental de Aurora, pero ahora comprendía que se había equivocado. Que Antonella no era la mujer que él creía.
—Aurora —dijo el doctor, más tenso de lo habitual—, necesito que vengas al hospital Santa Elena de inmediato.
—¿Qué pasó? —un escalofrío le recorrió el cuerpo.
—Antonella ingresó con una amenaza de aborto. Aunque está estable, decidí llamarte ya que es tu bebé y debes estar presente.
Aurora quedó en silencio.
El aire dejó de entrarle a los pulmones.
—Voy… voy para allá —alcanzó a decir antes de colgar.
Ariel la sujetó del brazo.
—Aurora, ¿qué ocurrió?
Ella tragó saliva.
—Antonella… el bebé… —sus ojos se llenaron de lágrimas—. Tuvo una amenaza de aborto.
—Vamos. No voy a dejar que vayas sola —dijo Ariel con firmeza.
En el hospital Santa Elena olor a desinfectante y las luces frías del hospital hicieron que Aurora sintiera el pecho oprimido. Caminó con prisa hasta que lo vió, entonces se detuvo.
Ramiro.
Sentado en una silla.
Cuando escuchó sus pasos, levantó la cabeza. Se sorprendió al verla ahí; no esperaba que apareciera.
—Aurora… —su voz sonaba más baja de lo habitual.
Ella se acercó con cautela.
—¿Qué haces aquí? Pensé que aún no llegarías de tu viaje.
Ramiro se frotó la frente, incómodo. No sabía qué responder.
—Llegué antes, quería darte una sorpresa. Antonella me llamó cuando estaba camino al hospital —explicó con duda.
Aurora notó de inmediato que algo no encajaba. Era imposible que hubiera llegado tan rápido. Además, no tenía sus cosas ni su auto.
—¿Por qué no me llamó a mí? —preguntó. Por más que le preocupaba el estado de su amiga y el bebé, no pudo evitar sentir desconfianza. Nunca había visto a Ramiro tan nervioso.
—No lo sé —dijo él—. Hablaremos de esto después. Lo importante ahora es saber cómo está Antonella… Aún no me dicen nada.
Aurora asintió, creyendo que su inquietud era por el bebé y no por Antonella.
El doctor apareció finalmente.
—Ramiro, Aurora… —los llamó desde la puerta.
Ambos se acercaron al instante.
—La estabilizamos —anunció—. El bebé sigue con un latido fuerte, pero necesita reposo absoluto. Nada de estrés. Nada de actividad física. Antonella debe permanecer en observación.
Ramiro soltó un suspiro tan largo y profundo que casi se desplomó.
Aurora asintió aliviada. A pesar de sus sentimientos, lo único que la mantenía de pie era pensar en el bebé. Pensaba que cuando lo tuviera en sus brazos todo tendría sentido. Que equivocada estaba.
—¿Puedo verla? —preguntó Ramiro de inmediato. Aurora lo miró, sin saber qué decir.
—Una persona a la vez —indicó el doctor.
Ramiro ni siquiera la miró. Dio un paso adelante.
El doctor lo entendió y lo guió hacia la habitación donde descansaba Antonella.
Aurora se quedó inmóvil. Comprendía que él estuviera preocupado, pero ella también lo estaba. Y aun así, Ramiro ni siquiera se había detenido a pedir su opinión. Algo dentro de ella se encendió como una alarma. Pero pensar que esa “otra mujer” por la que sentía celos era su mejor amiga solo la hacía sentirse estúpida.
Antonella jamás se fijaría en su esposo.
Ramiro jamás la traicionaría con Antonella.
¿Verdad?
Aurora se dejó caer en una silla. Ariel se sentó a su lado y le tomó la mano.
—¿Estás bien? —preguntó.
Aurora soltó una risa amarga mientras asentía.
—Estoy… acostumbrada.
Ariel la miró con tristeza.
—Aurora… nadie debería acostumbrarse a esto.
—Antonella y el bebé son lo más importante para nosotros.
Respondió Aurora tratando de convencerse pero sus ojos se llenaron de lágrimas que se negó a derramar.
Ramiro feliz, ahora que la mujer que amaba estaba fuera de peligro, con quien estaba empezando a formar una familia. Una familia donde Aurora sobraba.
Los siguientes tres días, Ramiro no hacía más que llegar, cambiarse y volver a salir. Justificaba que tenía demasiado trabajo, que debía encargarse de cancelar los contratos de Antonella y cuidar de ella, ya que Aurora aún no había ido a verla.
Antonella le había mandado mensajes, muchos, cada uno recordando el bebé que cargaba en su vientre y lo feliz que estaba de no haberlo perdido.
Le enviaba fotografías de su vientre y aunque cada una llegaba como una punzada dolorosa a su corazón. Aurora decidió levantarse, era momento de visitar a Antonella. Necesitaba sacar de su mente esos pensamientos oscuros que la carcomían.
Aprovecharía que Ramiro estaba de viaje nuevamente; necesitaba recuperar su amistad con su mejor amiga de toda la vida. Lo que no sabía era que las dos personas que más amaba estaban juntas, disfrutando de una felicidad que Aurora jamás viviría.
Aurora llegó a la casa de Antonella con una sonrisa suave en los labios y una bolsa en la mano. Dentro había ropa para embarazadas cuidadosamente elegida: vestidos cómodos, ropa interior sin costuras, una pijama suave.
Había puesto tanto amor en cada detalle. Aunque ya habían pasado meses quería recrear lo que en su mente había imaginado cuando confirmaron el embarazo.
Ambas compartiendo momentos tiernos, imaginando cómo sería su bebé. Comprando juntas, hacer pijamadas, sentir las pataditas del bebé mientras cuidaba de Antonella. Incluso Aurora había pensado que Antonella debía ser su madrina, nada le emocionaba más que Antonella fuera esa segunda madre para su hijo.
Bajó del auto emocionada. El corazón le latía con fuerza, como cada vez que pensaba en tener a su bebé en brazos. Por él debía mejorar. Por él se convertiría en una mejor persona.
Tocó la puerta, pero no obtuvo respuesta. Algo en su pecho se tensó, aunque intentó ignorarlo. Rodeó la casa hasta el jardín trasero, donde siempre se sentaban a charlar cuando hacía buen clima.
Y fue ahí donde los escuchó.
Donde el mundo se le rompió sin aviso.
—¿Cuándo le diremos a Aurora que este bebé no es suyo? —la voz de Antonella atravesó el silencio como un cuchillo helado.
Aurora se quedó rígida. El corazón empezó a golpearle tan fuerte que casi dolía.
—Tranquila, mi amor —respondió Ramiro con una serenidad que la desgarró—. Primero debo poner los bienes y la empresa a nombre del bebé… después aconsejaré a Aurora que haga lo mismo. Cuando todo esté hecho, todo será tuyo.
Las palabras le arrancaron el aire.
Sus piernas casi cedieron.
Tuvo que taparse la boca para no gritar.
¿Ramiro y Antonella? ¿Juntos?
No, no podía… no debía ser real.
Su hijo… ¿por qué decían que el bebé no era suyo si ella misma había estado ahí el día de la inseminación?
Los recuerdos comenzaron a golpearla uno tras otro.
Las dudas.
Las contradicciones.
Las pequeñas cosas que ignoró.
La sonrisa de Antonella.
Los silencios de Ramiro.
Todo cobraba sentido al mismo tiempo que la destruía.
Aurora abrió la boca, pero no salió aire.
Negó con la cabeza, una y otra vez, como si así pudiera deshacer lo que estaba escuchando. Como si alguien pudiera verla y convencerla de que estaba soñando.
Pero entonces… entonces escuchó los gemidos.
Los gemidos de Antonella llenando el jardín.
Y el mundo dejó de rotar.
—Me muero por sentirte dentro de mi —susurró Antonella, jadeante.
—Aún no podemos, pero hay muchas formas en las que puedo demostrarte cuánto te amo —respondió Ramiro, hundiendo su lengua entre sus piernas.
Aurora se sintió vacía.
V A C Í A.
El pecho le ardía, como si le estuvieran arrancando el corazón con las uñas.
Tuvo que apoyarse en la pared para no colapsar.
Todo lo que había creído, todo lo que había amado, todo lo que había soñado… se desmoronaba frente a ella con una crueldad indescriptible.
Su esposo.
Su mejor amiga.
El bebé que creía suyo.
Nada era real.
Todo era una mentira construida con precisión, con intención…
El llanto no salió.
Se quedó atorado, como si su propio cuerpo se negara a dejarla romperse del todo.
Aurora bajó la vista y vio la bolsa que llevaba en la mano.
La bolsa que había preparado con tanto cariño.
La misma que ahora le pesaba como si dentro cargara todo su dolor.
La recogió con manos temblorosas.
Dio media vuelta.
No hizo ruido.
No quería que supieran que había estado ahí.
No quería oír nada más.
No quería entender.
Solo quería desaparecer.
Entró en su auto.
Tiró la bolsa en el asiento de atrás.
Y gritó.
Gritó tan fuerte que sintió su garganta desgarrarse.
Gritó porque no podía creerlo.
Gritó porque la habían destruido.
Gritó porque todo lo que había amado la había traicionado.
Malditos… mil veces malditos.
Pero entre las lágrimas que no terminaban de caer y el temblor de su cuerpo, algo se endureció dentro de ella. Algo nuevo. Algo que no existía antes de ese instante.
No iba a dejar que se burlaran de ella.
No iba a permitir que la aplastaran.
No esta vez.
Y así, con el corazón hecho pedazos pero la mirada más firme que nunca, Aurora juró que si ellos habían jugado con su amor…
…entonces ella haría lo mismo.