Como Aurora imaginó, Ramiro no llegó a casa en los siguientes cinco días.
No esperaba que lo hiciera… pero una parte de ella, la pequeña, rota, estúpida, pensaba que quizá todo lo que había escuchado era mentira. Que todo había sido una pesadilla. Que su marido no la había traicionado con la mujer que había sido su amiga toda su vida.
Pero cada mañana, al despertar sola, la realidad la golpeaba sin piedad.
El reflejo en el espejo ya no mostraba a la mujer que había sido. Ni siquiera a la versión de sí misma que tanto odiaba. Ahora solo veía ojeras, labios partidos, ojos vacíos y un cansancio que le atravesaba los huesos.
Al salir de su habitación, tropezó con una de las tantas botellas vacías regadas por el piso.
En una semana había bebido más de lo que había bebido en toda su vida.
Creía que el alcohol iba a adormecerle el pecho, pero no.
Su cabeza dolía… pero nada se comparaba con ese otro dolor.
Uno que nacía adentro, profundo, silencioso… como una raíz podrida que se extendía por su cuerpo. Y sin importar cuántas veces intentara respirar hondo, ese dolor seguía ahí.
Inmóvil.
Aferrado.
Aurora recogió la botella, la dejó en el tacho y respiró por primera vez en horas. Se alisó el cabello frente al espejo del pasillo. Se maquilló lo justo para verse funcional; fuerte.
Nadie debía saber cómo estaba por dentro. Nadie debía sospechar. Primero tenía que destruirlos.
Hoy Antonella regresaría a la agencia. Y Ramiro… Ramiro no tardaría en aparecer para estar con ella.
El día sería largo. Y perfecto para lo que estaba por comenzar.
—¿Qué carajos significa esto? —rugió la voz de Ramiro antes siquiera darse cuenta que la oficina estaba vacía.
Se quedó congelado cuando no la vio allí, sentada, lista, impecable… como siempre.
Ni siquiera se tomó la molestia de fingir que venía del aeropuerto, como siempre hacía.
Apenas despertó esa mañana encontró a una Antonella histérica, llorando sobre las fotos que circulaban en redes: otra modelo ocupando su campaña de maquillaje. Su campaña “especial”.
La misma para la que Antonella había sido escogida personalmente.
Ramiro llamó a la marca.
La respuesta fue sencilla. Aurora había enviado a otra modelo en su reemplazo “por indisponibilidad”. Era protocolo, ese no era el problema.
Excepto que Aurora no se quedó ahí: había cancelado todos los contratos de Antonella por los próximos seis meses.
Devolvió adelantos. Reasignó campañas. Propuso nuevas caras. Dejó a Antonella… sin trabajo.
Aurora vio la espalda de su esposo al irrumpir en su oficina y sintió un espasmo en el cuerpo.
Tuvo que llevarse la mano a la boca para contener un sollozo que se le escapó sin permiso.
Luego respiró muy hondo.
Sabía que lo vería. Pero no imaginó que sería tan temprano.
No llores. No ahora. No frente a él. Se dijo a sí misma.
Ensayó su expresión. La que había memorizado frente al espejo durante horas.
La que no revelaba nada.
—Buenos días —dijo con calma—. No te escuché llegar a casa.
Ramiro no la miró.
—No llegué aún —respondió frío. Cortante. Indiferente.
Como si ella fuera una desconocida. Como si no fuera su esposa.
Y fue ahí, en ese segundo, donde Aurora se dio cuenta de cuánto había cambiado él. Y de cuánto ella había permitido. Su amor la había dejado ciega.
—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó, dejando su cartera a un lado. Fue a sentarse, pero Ramiro lanzó un folder abierto sobre su escritorio, obligándola a acercarse.
Ella parpadeó, sonriendo con una suavidad venenosa.
—¿Qué es eso, cariño? —preguntó con un tono dulce… tan dulce que sabía a veneno.
No podía dejar que sospecharan.
Primero debía destruirlos.
—¿Por qué terminaste los contratos de Antonella? —escupió Ramiro—. ¿Y cómo la sustituiste tan rápido? Antonella es nuestra modelo principal, además de dueña de un tercio de la empresa. ¿Estás loca? No puedes hacerle eso a tu mejor amiga. Sin contar que es la madre de nuestro hijo.
Aurora sintió que algo dentro de su pecho se desgarraba.
Pero su rostro permaneció intacto. Se inclinó sobre el escritorio, tomó las fotos, las revisó… y disimuló una sonrisa.
Recordaba ese día perfectamente.
Se había levantado por la llamada de su asistente informándole que Antonella estaría de reposo por una semana y había postergado una campaña muy importante. Ramiro no contestaba su teléfono. Ella ya sabía por qué. Sabía dónde estaba, imaginaba lo que estaban haciendo.
Llegó a la agencia y reunió a las primeras cuatro modelos que encontró. Las llevó a la sala de ensayo. Ellas la miraban con desprecio. Como siempre. Como si Aurora no fuera nada más que “la esposa del jefe”. Hasta que Aurora perdió la paciencia y se detuvo frente a ellas y habló:
—Pueden hacerme caso y aprender, o pueden irse a la mierda y seguir desfilando lencería hasta que un viejo las compre para una campaña mediocre. Hoy mismo puedo cambiarles la vida. Pero si no son aptas, están despedidas.
Ese día nacieron cuatro estrellas.
Cuatro modelos que, al mostrarse frente a las marcas, fueron aceptadas sin dudarlo porque Aurora sabía exactamente cómo prepararlas.
Ese día Aurora entendió la verdad: Siempre había sido ella.
Antonella no era más que un cuerpo bonito al que ella había enseñado todo lo que necesitaba saber. Ella la convirtió en lo que era ahora.
Pero aunque eso alimentaba su ego, no importaba, su esposo la había traicionado… con su copia barata.
El pensamiento la mareó. El recuerdo la hundió. El dolor la arrojó de nuevo al alcohol. Pero ahora… ahora estaba sobria. Sobria de amor. Sobria de ellos. Y lista para destruirlos.
—Empecemos por lo más importante. Siéntate, cariño —dijo Aurora con una calma que no sentía.
Sabía que debía jugar cada movimiento con precisión. Su voz, sus gestos, todo debía ser impecable. Porque si se permitía temblar… se derrumbaría ahí mismo.
—Ah, aquí están —dijo Antonella, entrando con una sonrisa dulce… una que siempre la había desarmado.
Ahora esa sonrisa parecía un cuchillo.
Ramiro la alcanzó a medio camino, tomó su mano sin pensarlo y la ayudó a sentarse. Ese gesto, tan natural entre ellos, fue como una bofetada directa al pecho de Aurora.
Apartó la mirada antes de quebrarse.
Como no lo vi antes… qué patética he sido.
—Listo, ya estamos todos juntos —dijo Aurora con una sonrisa falsa que les cortó de golpe la pequeña escena romántica.
—Aurora, ¿puedes explicarnos qué está pasando? —preguntó Antonella con ese tono amable, suave, que siempre usaba. Ese tono que la había hecho confiar en ella durante años. Ese tono que ahora sonaba falso, calculado… traidor.
Y estaba embarazada. Embarazada de Ramiro.
Era demasiado.
—El doctor dijo que debías estar fuera el tiempo que queda de embarazo —explicó Aurora con suavidad, ese mismo tono maternal que usaba para protegerla—. En reposo, sin esforzarte. Por eso lo hice. Pensando en ti… y en el bebé.
En el bebé que no era de ella. En el bebé que estaban usando para manipularla.
—Entiendo, pero había aceptado esos contratos —dijo Antonella, ya un poco molesta—. No quiero que mi carrera se vea afectada por… esto.
—¿Con “esto” te refieres a los contratos incumplidos? —preguntó Aurora, sabiendo perfectamente que Antonella hablaba del embarazo.
—Sí. Pueden demandarme. Aún estoy a tiempo de hacer las campañas.
—Como dije, pude solucionar todo a tiempo —respondió Aurora con una serenidad que dolía.
Antonella la miró como si fuera la villana de la historia.
—Además, quien firmó los contratos fui yo, Aurora. No tenías ningún derecho… —gruño Ramiro.
—Claro que sí —la interrumpió Aurora sin inmutarse—. Cuando creamos esta empresa lo establecimos claramente. Los tres queríamos continuar nuestras carreras, por eso cada uno tiene un contrato.
—Pero somos dueños —refutó Ramiro.
Aurora entrecerró los ojos. Dios, cómo le dolía mirarlo. Hasta hace unos días el amor de su vida. Y ahora era un extraño.
—Y por eso el treinta por ciento de las ganancias se deposita en tu cuenta cada mes. Tu sueldo es aparte. Lo mismo para Antonella.
Antonella abrió los ojos, ofendida.
—Aurora, somos familia. ¿Qué haces? —preguntó con voz rota.
—Exactamente porque somos familia no entiendo este drama —respondió Aurora con suavidad, como si no estuviera destrozándose por dentro—. Pensé que recibiría las gracias por encargarme de todo. Además, soy la CEO y puedo tomar las decisiones que crea conveniente. Ustedes no estaban aquí cuando todo ocurrió. Tengo el derecho y la obligación de evitar una demanda. Porque aunque tú firmaras el contrato, y tú fueras la modelo, todo se hizo a través de la agencia. No era un proyecto personal. Y si lo fuera… eso te dejaría fuera. Lo dice tu contrato.
Antonella se levantó temblando, llevando ambas manos a su barriga como si cargara el mundo entero.
—Aurora, te desconozco —sollozó—. Estás siendo injusta. No puedes quitarme lo único que tengo después de todo lo que he hecho por ti. Este bebé… estoy así por ti.
Las palabras la atravesaron como una lanza. Verla llorar era una tortura. Pero verla llorar al lado de Ramiro… Era un infierno.
—Antonella —dijo Aurora, y su voz al fin tembló un poco—. Te dije que la maternidad no era un juego. Desde el primer día te pregunté si estabas segura.
El nudo en su garganta amenazó con romperla, pero respiró. Por dentro algo moría; podía sentirlo. Veía en los ojos de ellos los años juntos… y cómo todo había terminado.
—Lamento que esto haya salido mal, pero ya no se puede revertir. Las campañas fueron finalizadas. Las chicas hicieron su trabajo. Y ya se les pagó.
—Aún hay un desfile —insistió Antonella—. Y la presentación…
—Ya fuiste reemplazada.
La voz de Aurora ahora era pura piedra.
Pura voluntad.
Si hablaba con el corazón… se perdería.
—Si insistes en continuar, será bajo tu propia responsabilidad. Tienes un descanso médico, no puedes trabajar. Si lo haces independientemente, eso te deja fuera de la agencia. Las reglas son para todos.
Ramiro apretó los labios, furioso.
—Ahora, si me disculpan, debo terminar todo para el mediodía. Debo salir de “viaje” —mintió.
No podía volver a casa y ver a Ramiro como si nada.
—Aurora, no sé qué te está pasando —dijo Ramiro, acercándose para tomarla por los hombros—. Si es uno de esos momentos en los que te da la locura, debemos hablarlo. Ir a tu psicólogo y…
Aurora dio un paso atrás como si le hubiera tocado fuego. Miró a Antonella, ella sonreía de lado.
Como si fuera gracioso. Como si siempre hubiera estado ahí… burlándose.
¿Habían estado todas esas señales frente a mis ojos? ¿Fui tan ciega?
—No es locura, Ramiro. Es depresión —respondió ella con frialdad—. Y no, no me siento mal. Estoy perfectamente bien.
Hizo una pausa.
—Iré a Seattle el fin de semana con una amiga.
—¿Todo el fin de semana? —preguntó Ramiro, y esta vez la alegría se le escapó sin filtro, con Aurora lejos podía pasar otro fin de semana con Antonella.
—Así es, habrá un evento y…
—Vamos, Antonella —la interrumpió Ramiro—. Hay que dejar que Aurora trabaje. ¿Comiste?
Ella negó con una sonrisa… cómplice. Ya sabían lo que harían, con sus ojos planeaban cómo continuar su día.
Mientras Aurora se quedaba vacía en una empresa que había construido con tanto amor para los tres.
—Te invito a comer —dijo Ramiro—. Debes alimentarte para que el bebé nazca sano y fuerte.
Aurora contuvo el temblor en sus labios.
—Qué bien que Ramiro se quede a cuidarte —dijo con un hilo de voz, ocultando la lágrima que ya ardía en su ojo—. Nos vemos el lunes.
Hizo una pausa.
—Aunque no tienes motivo para volver. Quizá lo mejor es que descanses en casa.
Antonella apretó la mano de Ramiro con rabia. Aurora vio cómo la mandíbula de ella temblaba por responder, pero su papel de dulce y tierna se lo impedía.
No me vas a destruir fácilmente pensó Antonella. Mientras sacaba su celular para llamar a los padres de Aurora.
La puerta se cerró.
Y Aurora apenas alcanzó a llegar a su baño privado antes de quebrarse. Tiró la cartera al suelo, se apoyó en el lavamanos. Intentó respirar como la doctora le enseñó, pero nada servía.
Las lágrimas salían sin control, calientes, dolorosas, brutales. Porque por primera vez había visto con sus propios ojos lo poco que significaba para ellos dos. Las dos personas que más amaba. Las dos personas por las que hubiera dado la vida.
Debería odiarlos.
Pero no podía.
Dios, no podía.
Había sobrevivido al primer encuentro, pero no sabía por cuánto tiempo más podría seguir entera. Recogió sus cosas con manos temblorosas. Salió de la oficina sin mirar a nadie. Y se fue a su casa. Sabía que Ramiro no llegaría, y no se equivocó.