Eclipse —parte 1 🫣

2285 Words
Aurora arrastró su maleta por la recepción del hotel como si cargara el peso exacto de su vida encima. Una de las ruedas se había salido y el objeto se tambaleaba a cada paso, tropezándose con la alfombra. Igual que ella, pensó amargamente. Tambaleándose. Pero avanzando, aunque le doliera cada músculo del pecho. —Maldición… —bufó, casi en un grito frustrado al ver lo lejos que quedaba el ascensor. Hizo el check-in con la voz quebrada y una sonrisa artificial. Tomó aire. Uno, dos, tres. Solo tenía que llegar al ascensor. Subir. Meterse en la habitación, encerrarse en cuatro paredes blancas y comer hasta no sentir. Hasta dormirse. Hasta no pensar en Ramiro. Hasta no pensar en Antonella. Hasta no sentir que su corazón se caía a pedazos dentro de ella. Pero antes de llegar, chocó con alguien. —Aurora… ¿qué haces aquí? —preguntó una voz suave, serena, cálida. Esa calma perfecta que siempre rodeaba a Ariel. Aurora levantó la vista encontrándose con los ojos verdes de su amiga. Y entonces vio a un hombre descender del ascensor detrás de ella. Un hombre alto, canoso, con ojos que se suavizaron apenas encontraron los de Ariel. Lo reconoció de inmediato. Hunter Cavanaugh. El esposo del que Ariel hablaba con devoción, con risa, con orgullo. —Yo… —susurró, sin saber qué decir, sin saber siquiera respirar. —Aurora, ¿estás bien? —preguntó Ariel con una mano ya en su brazo. Aurora no pudo responder. Las palabras se deshacían en su garganta. —Cariño, adelántate —dijo Ariel a su esposo—. Me quedaré con mi amiga. Es Aurora, la mujer de la que hablábamos hace un momento. Hunter sonrió, como si la conociera desde antes. —Por supuesto, cerecita. ¿Aún quieres la torta de fresa? —preguntó. Ariel asintió. —Mejor trae un pie… y uno de manzana para Aurora. Hunter le guiñó un ojo a Ariel antes de irse. Una escena tierna, sencilla… y devastadora para Aurora. Fue demasiado. Las lágrimas le cayeron de golpe, sin aviso. Un llanto profundo, casi silencioso, como si su cuerpo hubiera esperado justamente ese instante seguro para derrumbarse. Ariel la abrazó sin decir una palabra y, con suavidad, le tomó las llaves del hotel para guiarla hasta su habitación. Una vez dentro, Aurora se dejó caer sobre la cama como si su cuerpo ya no le perteneciera. —Aurora… ¿qué está pasando? —preguntó Ariel, con una voz tan cuidadosa que hizo que doliera más. Aurora sintió la vergüenza quemándole el pecho. Hablarlo en voz alta lo hacía real. Inevitable. Y Ariel… Ariel nunca entendería. —Ramiro… me engaña —soltó Aurora, como si la frase hubiera salido sola. Ariel suspiró. No sorprendida. No incrédula. Solo… confirmando algo. —Entonces era eso —murmuró. —¿Qué dices? —preguntó Aurora limpiándose las lágrimas, confundida, casi molesta. —Se veía. La forma en la que se comportó en el hospital… —Ariel negó con la cabeza—. Lo siento, Aurora. Mi esposo no es el más delicado, a veces es una bestia… pero tengo dos hijos, y aunque sea una emergencia con ellos, él jamás me dejaría de lado. Noté algo extraño, pero no quise entrometerme. Aurora sintió que algo dentro de ella se rompía un poco más. —¿Qué debo hacer…? —preguntó con voz pequeña. Como una niña perdida. —Divorciarte —respondió Ariel sin titubear—. Necesitas alejarte. —No… no voy a dejar que ellos ganen. Que formen una familia. Los odio. —¿Ellos quiénes? —preguntó Ariel, lentamente. —Ramiro y Antonella —respondió ella, clavando la mirada en el suelo—. Ella no…no es mi hijo. Los escuché decir que el bebé es suyo. Ariel inhaló hondo. —Aurora… ¿qué piensas hacer? —preguntó preocupada. Aurora levantó la vista. Sus ojos ya no estaban llorosos. Estaban vacíos. —Quiero que sufran. Ariel frunció el ceño. —Aurora, vengarte solo hará que te pierdas a ti misma… que olvides quién eres. No eres mala persona. Tienes problemas, sí, pero también tienes sentimientos hermosos. —No soy nadie —susurró Aurora, temblando—. Ellos eran mi vida… y ahora… —Aurora —Ariel le tomó la mano con firmeza—. Tienes una familia. ¿Dónde están? Aurora tragó saliva. —Brooklyn. No los visito desde Navidad. —¿Y por qué no vas? —preguntó Ariel. —¿Ahora? ¿Con todo esto? —Aurora negó con fuerza—. No puedo. Ni siquiera podría ver a mi hermana a los ojos. Ella siempre dijo que algo así pasaría. Nunca le cayó bien Ramiro… y Antonella… peor. Desde que volvimos de Francia nos hizo la vida imposible. Por eso nos mudamos. —Pues tu hermana en vez de ser empresaria debería ser bruja —dijo Ariel, en tono seco. Aurora soltó una risa, corta pero real. La primera en días. —No puedo volver aún —dijo finalmente. Ariel asintió. —¿Entonces qué haces aquí? ¿Te separaste de Ramiro? —Ellos no saben que lo sé —respondió ella, sintiendo un nudo en la garganta—. Regreso de su “viaje”… y no quiero estar en casa. Mucho menos dormir con él. Es un cerdo. Se ha acostado con las dos por quién sabe cuánto tiempo… —sintió nauseas—. Solo quería estar lejos. Me quedaré aquí el fin de semana… y luego veré qué hacer. Ariel la observó con esa mezcla entre cariño y preocupación maternal. —¿No quieres venir con nosotros? Viajaremos a Los Ángeles a ver a mi hija, luego volveremos a Seattle. ¿Has ido? —Los Ángeles está lejos… Seattle también. Solo fui una vez a L.A. por un desfile. No vi nada. —Te encantará. Ven. Solo será una semana. —No puedo irme una semana… —Entonces los días que puedas. —No sé si sea buena idea… —Entonces llamaré a tu hermana —dijo Ariel, firme—. No te dejaré sola. —No, no la llames… —Aurora cerró los ojos con resignación—. Está bien. Iré. Ariel sonrió, complacida. —Perfecto. Después del desayuno el jet estará listo. Aurora parpadeó. —¿Jet? —Tenemos jet, es compartido con nuestros compadres, los padrinos de mi bebé. —¿Tienen un bebé? —preguntó Aurora mirando el cuerpo impecable de Ariel. Ariel rió. —Un bebé de treinta años. Muy guapo, por cierto. Te lo presentaré. —¿Lo estás vendiendo o qué? —preguntó Aurora levantando una ceja. —Oh no. No lo necesita, es actor. Si él quisiera, yo ya sería bisabuela. Aurora sonrió. Una sonrisa ligera. Como si por un segundo su corazón descansara. Un segundo en el que no pensó en Ramiro ni en Antonella. Allá, encerrados en la habitación de Antonella, Ramiro besaba su vientre una y otra vez, ciego en su felicidad. Convencido de que tenía todo lo que quería. Sin imaginar que Antonella, mientras él soñaba con un futuro juntos, ya había empezado a planear su futuro donde él… y ese bebé… no tenían ningún lugar. El jet aterrizó suavemente en Los Ángeles, y Aurora sintió cómo su corazón latía distinto. Aún no sabía si era ansiedad, nervios o simplemente cansancio, pero algo en su pecho vibraba con una mezcla extraña. Tal vez era la sensación de estar lejos, de haber escapado lo suficiente para respirar. Apenas bajaron, un grupo de personas entre ellos, una pelirroja tan hermosa como Ariel —quizás más— la abrazó como si hubiera esperado toda su vida para conocerla. —Tú debes ser Aurora, mucho gusto —dijo con una sonrisa tan tierna que la hacía ver más joven. Sus ojos azules eran inmensos, luminosos, casi inocentes, y Aurora sintió una punzada de envidia tan dulce como amarga. —Y tú debes ser Artemisa… eres muy hermosa, ¿te gustaría…? Antes de que terminara la frase, Hunter —que venía detrás— le tapó los oídos a su hija con ambas manos, como si estuviera protegiéndola del mundo entero. —¿Mi fresita modelando? No, Aurora —dijo con seriedad fingida—. Me caes bien, pero aún puedo mandarte de regreso. Artemisa sigue siendo mi bebé. —Papi —refunfuñó la joven, volteando hacia él con esos ojos capaces de derretir volcanes—. No quiero modelar, pero si quisiera, no puedes ponerte así. Ya tengo 21. —Que cumpliste hace exactamente trece horas, diecisiete minutos y veintinueve segundos —dijo Hunter orgulloso, como si hubiera memorizado el tiempo desde su nacimiento—. Feliz cumpleaños, fresita. Sacó una pequeña caja de terciopelo de su bolsillo. Artemisa la abrió y encontró una cadena igual a la que Ariel llevaba en el cuello: oro delicado y un rubí en el centro, brillante, profundo, precioso. —Me encanta, papi. Gracias —dijo antes de lanzarse a sus brazos. Hunter la cargó como si aún pesara lo mismo que a los cinco años. La escena, tan simple, tan llena de amor, le apretó el pecho a Aurora. Recordó a sus padres, todos los momentos felices, lo mucho que los necesitaba. El grupo caminó hacia el auto que los llevaría al departamento de Artemisa. La joven estudiaba su último año en la universidad en Los Ángeles y vivía con su hermano, aunque él no estaba presente. —¿Y Hades? —preguntó Ariel, frunciendo el ceño al notar su ausencia. —Se fue en la mañana a ver a Verenice. No se ha estado sintiendo bien —respondió Artemisa. Ariel hizo una mueca que todos notaron pero nadie se atrevió a preguntar. —¿Dónde puedo poner mis cosas? —preguntó Aurora al entrar al departamento. —En mi habitación o en la de mi hermano —respondió Artemisa. —¿Y él no volverá? —No lo creo. Cuando su novia lo llama puede desaparecer hasta un mes entero. Aurora arqueó una ceja. —Ven, Aurora —Artemisa tomó su mano con una naturalidad que a Aurora la desarmó—. Te acomodaré en la habitación de Hades. Descansa un poco. Esta noche saldremos a celebrar que por fin puedo tomar alcohol legalmente. —No sé si deba… —Oh, no te preocupes —dijo Artemisa guiñando un —. Todo está limpio. Y él no trae mujeres aquí. Aurora dejó su maleta y se tumbó en la cama. La tela era suave, casi acariciante. La almohada la recibió como si la hubiera estado esperando. Por primera vez en días, su cuerpo no temblaba. Por primera vez en una semana, no sentía que la respiración le doliera. Hundió la nariz en la almohada, buscando ese olor cálido, amaderado, masculino. Miró la mesa de noche. Una colonia. Sauvage. Dior. Era tan lógico que casi sonrió. Por supuesto un actor de Hollywood usaría algo así. Todo en esa habitación olía a él. A alguien que aún no conocía, pero que parecía tener presencia incluso en la ausencia. Aurora cerró los ojos. Y el sueño, por fin, la venció. Durmió sin pensar en Ramiro. Sin pensar en Antonella. Sin pensar en el futuro ni en el pasado. Simplemente… durmió. ******************* El neón púrpura del Eclipse Noir respiraba sobre la pista como un pulso vivo. Era el tipo de bar donde la música se sentía bajo la piel. Aurora no recordaba la última vez que había salido a divertirse. Llevaba un mini vestido n***o de tela satinada que se adhería a su cuerpo como un susurro, sus hombros expuestos, brillando por el roce de la luz. La falda, corta, apenas contenía el movimiento de sus caderas. Cada vez que se inclinaba hacia adelante, el escote caía un poco más, dejando a ver la forma de sus pechos. Sus tacones plateados atrapaban la luz como si fueran parte del espectáculo. Ariel y sus amigas se habían quedado en la barra, riendo, hablando entre ellas, lanzándole miradas divertidas al ver cómo Aurora se movía. No habían visto cómo el alcohol se le deslizaba por las venas, no del todo, no como para notar que ya no estaba completamente en sí. Aurora levantó los brazos, dejó caer el peso de su cuerpo siguiendo el ritmo y cerró los ojos. Se dejó llevar. Era más fácil así. Más liviano. Menos real. —Bailas bien —susurró una voz masculina muy cerca de su oído. Ella abrió los ojos despacio. Un hombre la miraba con una sonrisa torcida y segura, ese tipo de sonrisa que a veces se confunde con encanto… hasta que no lo es. Vestía una camisa negra, desabotonada en el pecho. El sudor brillaba en su cuello. Y cuando la vio completa, cuando sus ojos recorrieron la forma en que el vestido abrazaba cada línea de su cuerpo, algo oscuro le cruzó la expresión. Joder… mírala. Está pidiendo que alguien la toque. Tan fácil de llevar… tan fácil de perderse con ella. Aurora no respondió; solo siguió moviéndose. Él se acercó más, demasiado, sus manos rodeando su cintura sin pedir permiso. La acercó a él incluso cuando el equilibrio de Aurora ya apenas existía. Qué suave está… Ni siquiera se sostiene bien. Mejor. No va a decir que no si la llevo donde nadie nos verá. La música golpeaba, las luces cambiaban, y Aurora dejó de razonar. Solo sentía. El hombre bajó una mano por su brazo, sujetándola con más firmeza. Y entonces tiró de ella. No para bailar. No para seguir el ritmo. Para sacarla del centro de la pista, hacia una zona más oscura del bar, donde la luz no alcanzaba. Donde nadie podría encontrarlos. Vamos a ver que esconde debajo de ese pequeño vestido.
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