Eclipse — parte 2

2106 Words
Horas antes… En un lujoso departamento una mujer entregó una prueba de embarazo a su novio con una sonrisa enorme, llena de ilusión. Pero la sonrisa se evaporó cuando él leyó el resultado. La tiró con tanta fuerza contra la pared que el plástico se partió en pedazos. —Amor, pero… —susurró ella entre sollozos. —¿Qué mierda es esta, Verenice? —gritó Hades, furioso, incrédulo. —Estoy embarazada —dijo ella intentando tocarlo, pero él se alejó como si su mano quemara. —¿Y crees que voy a creerte? —preguntó él, retrocediendo aún más. —No tienes que creerme. Ahí está la prueba, yo… —Ve a decirle al otro idiota con el que te estás acostando que se haga responsable —soltó con una rabia que apenas podía controlar—. Porque yo no puedo tener hijos. Verenice palideció. —¿Qué… qué dices? —Lo que escuchaste —Hades tragó aire como si le faltara oxígeno—. Hace años me hice una vasectomía. Y siempre me he cuidado. Es imposible que ese bebé sea mío. —Amor, amor, es tuyo. Es tuyo —gritó ella, desesperada. Pero el daño estaba hecho. El plan, destruido. Y Hades ya estaba saliendo del departamento, empujando la puerta con fuerza. Le dolía. Dios, cómo le dolía. Verenice había sido su compañera, su amiga, y después su novia. Pensó que estaban construyendo algo bonito. Pensó que por fin tenía algo estable. Pero una vez más, todo se iba a la mierda. Y esta vez, por la desesperación de alguien más por atraparlo. Subió a su Aston Martin n***o. Encendió el motor con manos temblorosas y manejó sin pensar hacia el único lugar donde nadie lo encontraría: su refugio, su Eclipse. Su bar en las afueras de Los Ángeles. Iba a beber hasta perder la conciencia. Hasta apagar la rabia. Hasta olvidar. No sabía que esa misma noche, en ese mismo bar, encontraría a la persona que cambiaría su vida para siempre. La persona que dormía ahora mismo… en su cama. ************ El Eclipse Noir respiraba como una bestia dormida. Sombras densas, luces púrpuras que se deslizaban por las paredes como lenguas encendidas, música que hacía vibrar el suelo. Para Hades, era solo otra noche en su inframundo, en su esquina oscura donde podía existir sin que nadie lo notara. Hasta que la vio. Al otro lado de la pista, entre destellos de neón y cuerpos que se movían sin rumbo, una mujer capturó su atención como un latigazo. No sabía quién era. No sabía su nombre. No sabía por qué demonios no podía dejar de mirarla. Solo sabía que era hermosa de una forma que molestaba. No era la típica belleza pulida que él solía ignorar. Era una belleza que dolía, un caos se formaba en su interior. Ella tenía el cabello desordenado por el movimiento, la piel encendida por el alcohol y la música, y esa expresión perdida, casi frágil, que despertó algo que él no recordaba haber sentido jamás. Interés. O peor. Instinto. Desde su rincón oscuro, Hades ladeó la cabeza. Sus ojos fríos, calculadores por costumbre no se movieron de ella. Algo en su pecho se tensó cuando la vio apoyar una mano en la barra para equilibrarse. Sus pasos, aunque gráciles, tenían un tambaleo sutil. Era solo una desconocida. Una mujer más en su bar. Y aun así, no podía dejar de seguirla con la mirada. Pero esa noche no tenía fuerzas para lidiar con más problemas, había llegado con la intención de olvidar y eso es lo que haría. La sombra junto a él se movió. Alguien más la había notado. Su socio. Un hombre al que conocía demasiado bien. Un hombre que sabía aprovechar su tiempo y dinero. Lo vio avanzar con esa seguridad asquerosa de quien cree que todo lo que desea le pertenece. Hades no intervino. No tenía razón para hacerlo. Pero cuando su socio se inclinó hacia la mujer y ella, confundida, levantó una mirada vidriosa; cuando él la sujetó por el brazo con una fuerza disfrazada de ayuda; cuando la empujó suavemente hacia el pasillo oscuro donde nadie intervenía… …Hades sintió una punzada fría atravesarle la columna. La vio tropezar. La vio llevarse una mano al abdomen, como si algo dentro de ella no estuviera bien. La vio perder la estabilidad que trataba de mantener. Y lo vio a él, su socio, disfrutando de esa vulnerabilidad. Hades apretó el vaso en su mano. El whisky giró, tocando el borde. Un músculo brincó en su mandíbula. Él no era un salvador. Jamás lo había sido. Su mundo no funcionaba así. Él dejaba que cada quien lidiara con sus demonios. Pero esta vez… Esta vez algo dentro de él gruñó. Un sonido interno, primitivo, que no entendió ni quiso entender. La mujer volvió a tambalear, casi cayendo sobre su socio. Él la sostuvo demasiado cerca, demasiado rápido. Demasiado seguro de que nadie lo detendría. Hades soltó el aire por la nariz, un suspiro seco que solo la sombra escuchó. Luego, sin pensarlo, sin querer pensarlo, soltó el vaso. El cristal chocó contra el suelo y el líquido se esparció como una pequeña mancha dorada entre la oscuridad. No se molestó en ver cómo alguien gritaba por el sonido del vidrio. Ya estaba caminando. No con prisa. Con propósito. Con esa calma peligrosa que era peor que cualquier grito. Hades ya había tomado una decisión. La más peligrosa de todas. Seguirla. Y cuando él seguía algo, aunque fuera una desconocida… no solía terminar bien. Ni para él. Ni para quien había escogido. Aurora apenas podía pensar. Las manos de aquel desconocido se deslizaban por su piel con una urgencia que no recordaba haber sentido en mucho tiempo. Sus labios, sus caricias, el calor de ese cuerpo pegado al suyo… por un instante, solo por un segundo, quiso rendirse. Quiso dejarse llevar, cerrar los ojos y olvidar. Pero cuando los abrió y vio sus ojos, algo dentro de ella se quebró. Esa mirada. Esa expresión. Era la misma que había visto en los ojos de su esposo las últimas veces que habían estado juntos. Deseo. Solo deseo. Nada más. Y fue como recibir un golpe en el estómago. Las ganas de vomitar subieron, quemándole la garganta. Entonces intentó apartarse, apoyando las manos sobre su pecho. —No… suélta —murmuró dentro de sí porque sus labios no se movían, su cuerpo no podía moverse. El hombre no la soltó. Al contrario. Sus dedos se movieron con más insistencia, subiendo por sus muslos, intentando meterse debajo del vestido. Su otra mano se cerró sobre su cintura con una fuerza que empezó a dolerle. Aurora volvió a intentarlo esta vez con más desesperación. —Dije que… —Pero el aire se le cortó cuando él apretó más. Las lágrimas amenazaban por salir, estaba punto de rendirse cuando el peso sobre ella desapareció. No porque la hubiera escuchado. Desapareció porque el cuerpo del hombre fue arrancado de encima de ella. Aurora respiró hondo, confundida, el pulso desbocado. Solo veía la figura de un hombre delante de ella entre las sombras, una espalda ancha, sólida, tensada como si estuviera conteniendo a una bestia. Sus hombros subían y bajaban con respiraciones pesadas, y el cabello corto en su nuca estaba erizado, como si también estuviera reaccionando a la ira. Los músculos de su espalda se marcaban bajo la camisa oscura, tensos, fuertes. Sus manos estaban cerradas en puños tan violentos que los nudillos parecían a punto de romper la piel. Aurora no sabía si debía si ese hombre era más peligroso que el otro, si debía agradecer o sentir más miedo. Solo sabía que ese hombre no era calmado. Tenía la energía cruda de alguien que estaba a un segundo de descontrolarse. El otro hombre —el que había intentado tocarla— gruñó desde el piso, tambaleándose mientras se levantaba, moviendo la mandíbula como si probara si seguía en su sitio. —¿Qué carajos te pasa? —escupió, limpiándose la sangre del labio. Hades no respondió. Su silencio era peor. Más helado. Más peligroso. El socio lo reconoció al fin. Y aun así, la soberbia lo llevó a dar un paso. —Yo la vi primero —masculló, como si eso le diera derecho. Hades giró la cabeza apenas unos centímetros, lo justo para mostrarle una mirada que no tenía humanidad alguna. Sus ojos eran hielo n***o, una amenaza contenida. —No es un maldito objeto —respondió con una calma que dolía más que un grito. El otro hombre rió con desprecio. —¿Desde cuándo te interesa eso? ¿Desde cuándo te importa una cualquiera que viene a este bar? Hades no pudo contestar, porque ni siquiera estaba seguro de por qué estaba ahí. Aurora sintió un escalofrío recorrerle la columna. No entendía nada. No sabía quién era ese hombre ni por qué había intervenido. Su agresor intentó empujarlo. Mala idea. Hades lo estrelló contra la pared con tanta fuerza que Aurora creyó escuchar crujir el yeso. El hombre cayó y Hades avanzó con pasos lentos, controlados, la mandíbula trabada y los ojos llenos de una furia salvaje. El otro trató de incorporarse, pero Hades lo sujetó del cuello de la camisa y lo levantó apenas unos centímetros del suelo, suficiente para cortar su respiración. El socio forcejeó, pataleó, pero la fuerza de Hades era brutal, inamovible. —Ella no está bien —susurró. El hombre intentó responder, pero solo salió un jadeo ahogado. Aurora solo podía mover los ojos y no podía dejar de mirarlo a él… al desconocido que la había defendido como si la conociera. —Te aguanto lo suficiente para aguantar que quieras abusar a una mujer en mi local. La próxima vez que toques a alguien en ese estado… no vas a levantarte. Lo soltó. El otro cayó al suelo, tosiendo, escupiendo y arrastrándose lejos. Tenía que alejarse antes de que se diera cuenta que Aurora no sólo estaba tomada, si no que le había pedido al barman poner algo en su bebida. Hades no lo siguió. No hizo falta se encargaría de él después. Se dio la vuelta y sus ojos se encontraron por primera vez con los de Aurora. Aurora tragó saliva. Sus labios temblaban, su pecho subía y bajaba con respiraciones rotas, y aun así, su mirada no se apartó de la de él. Hades inhaló profundo. Un solo segundo. Un parpadeo apenas. Pero ese instante bastó para que algo dentro de él se desmoronara. Porque al verla de cerca por primera vez… al ver lo que las sombras le habían escondido… se sintió golpeado. Sus manos atraparon el rostro de Aurora por inercia. Los rasgos de la mujer que acababa de defender eran tan delicados que parecían irreales. Una belleza suave, casi angelical, como si la luz se hubiera empeñado en hacerla destacar aun cuando ella intentaba desvanecerse. Sus ojos, de un color que él no alcanzó a definir entre las penumbras, estaban empañados por lágrimas retenidas, pero había algo más profundo ahí. Algo roto. Algo que pedía ayuda en silencio. Sus dedos acariciaron su nariz pequeña, perfecta, antes de bajar por esas mejillas encendidas por el miedo, por el alcohol… por él. Y esos labios… rosados, hinchados por la presión del beso que otro había intentado robarle. Ella parecía sacada de un sueño claro dentro de su inframundo. Y Hades no sabía qué hacer con eso. No sabía cómo seguir. No sabía por qué cada parte de él quería atraparla y no dejarla ir, pero su cerebro le pedía alejarse. Pero antes de que pudiera decidir, antes de que pudiera decir algo… Los brazos de Aurora se levantaron. Y lo envolvieron. —Ayúdame —susurró, su voz temblando contra su pecho, un ruego tan suave que lo atravesó como una aguja. No le dio tiempo a reaccionar. No le dio tiempo a procesarlo. Se colgó de su cuello con un impulso desesperado, aferrándose a él como si fuera lo único sólido en un mundo que se desmoronaba. Y lo besó. Su boca cayó sobre la suya con un hambre que no tenía nada que ver con deseo; era necesidad, miedo, confusión… todo mezclado. Hades se quedó helado. El beso era suave y salvaje a la vez; cálido y lleno de un temblor que no debería haberlo afectado, pero lo hizo. Él no se movió, no necesitó hacerlo, sus labios ya seguían el compás de Aurora. No la tocó. Solo sintió ese cuerpo pequeño, tembloroso, pegado al suyo, respirando contra su boca, suplicando sin palabras. Y por primera vez en muchos años… Hades perdió el control de su propia respiración.
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