Capítulo 11: La Luz de Uriel y el Séptimo Horizonte

1362 Words
Para entender el caos que devoraba la Ciudad de México, era necesario retroceder a una época donde los pactos no se firmaban con tinta, sino con la extinción. Los abuelos de Cristian y Natalia no eran simples villanos movidos por la avaricia; eran sobrevivientes de una era de purgas. Malakai Helios y Valeriana Valerius habían visto cómo sus especies se debilitaban por la endogamia y el aislamiento. Durante siglos, creyeron que la separación de los linajes era una sentencia de muerte lenta. Su traición a sus propios hijos y el simulacro de sus muertes fueron piezas de un ajedrez milenario: ellos no buscaban el poder, buscaban la "Trascendencia Absoluta". Para ellos, Cristian y Natalia no eran nietos, sino el crisol biológico donde el fuego del lobo y el vacío del vampiro debían fundirse para engendrar una estirpe capaz de sobrevivir al "Gran Hambre" que ellos profetizaban. Su crueldad era, en su lógica retorcida, un acto de amor evolutivo. Pero en la cabaña del Ajusco, esa lógica estaba a punto de ser desafiada por una fuerza que no pertenecía a la dialéctica de la sangre. El aire dentro de la estancia, saturado aún con el aroma del sexo y el ozono del combate, se tornó repentinamente puro. El olor a pino y smog fue sustituido por una fragancia de nardos y aire de montaña después de la tormenta. Una luz blanca, pero con destellos violetas, empezó a filtrarse no por las ventanas, sino a través de las mismas paredes de piedra. Naamah, que se encontraba terminando de vestirse con una calma cínica, se detuvo en seco. Sus ojos verdes se abrieron con una expresión que nunca le habíamos visto: terror mezclado con una reverencia absoluta. Sin decir una palabra, la súcubo que había desafiado a reyes y demonios se dejó caer de rodillas, inclinando la cabeza hasta que su frente tocó el suelo de madera. —Está aquí... —susurró Naamah con una voz temblorosa—. El Regente del Sol... Frente a la burbuja de Lucero, el espacio se rasgó suavemente. De la hendidura emergió un ser de una belleza que hacía que la de Aeval pareciera un boceto incompleto. Era un hombre alto, de rasgos finos y aristocráticos, con una piel que parecía emitir un resplandor interno. Su cabello n***o azabache caía lacio hasta la mitad de su espalda, contrastando con unos ojos color violeta tan profundos que al mirarlos sentí, por primera vez en mi vida eterna, una paz que me robó el aliento. Llevaba una armadura de placas de oro blanco grabada con runas celestiales que palpitaban al ritmo de un latido universal. A cada lado de su cadera pendía una espada. No eran simples armas: la de la derecha irradiaba un calor reconfortante, una luz solar que prometía curación; la de la izquierda, sin embargo, emitía un frío gélido, una energía azulada capaz de congelar el tiempo y aniquilar cualquier rastro de oscuridad. A pesar de su equipo de combate, el ángel mantenía una sonrisa amable y cálida, aunque sus ojos violetas se movían con una alerta constante, analizando cada sombra de la habitación. —Levántate, Naamah —dijo el ser, su voz siendo una armonía perfecta que calmó el rugido del lobo en el pecho de Cristian—. Tu papel en esta historia ha sido más noble de lo que tus sombras sugieren. Cristian y yo nos quedamos paralizados. Él me rodeó con su brazo, más por instinto que por necesidad. —Soy Uriel —dijo el ángel, volviéndose hacia nosotros. Su mirada nos recorrió con una ternura paternal—. He observado su lucha desde que eran niños en aquel parque. He visto sus sacrificios, su obsesión y la forma en que han protegido su humanidad en medio de la monstruosidad que les fue impuesta. Mi corazón se ha conmovido con su devoción mutua. He venido porque el equilibrio se ha roto, y mis hijos no pelearán esta guerra solos. Uriel caminó hacia la esfera de espacio estático donde Lucero permanecía suspendida. Sin esfuerzo alguno, simplemente extendió una mano y tocó la superficie negra. La burbuja, que a mí me había costado el alma crear y mantener, se deshizo como azúcar en agua. Con una suavidad infinita, Uriel tomó a Lucero en sus brazos mientras ella empezaba a despertar, sus heridas cerrándose instantáneamente bajo el contacto de la armadura dorada. La luz violeta de los ojos del ángel se reflejó en los de mi amiga. —Pequeña mía... —murmuró Uriel de forma paternal, reconociéndola como uno de sus protegidos. Lucero nació bajo su signo, una luz pura en un mundo de sombras—. Nadie toca a mis hijos sin enfrentar la justicia del Séptimo Cielo. Estás a salvo. Lucero, aún confundida pero envuelta en una paz sobrenatural, se aferró al cuello del ángel como una niña pequeña. Uriel la depositó con cuidado en un sofá, infundiéndole una energía que la hizo dormir profundamente, pero esta vez en un sueño reparador, no en una agonía de sombras. —Sus abuelos han invocado fuerzas que no comprenden —dijo Uriel, volviéndose hacia nosotros con una seriedad que hizo que las espadas a su lado vibraran—. La Legión del Abismo no es algo que puedan derrotar con sus habilidades actuales. Necesitan fortalecerse, no solo en cuerpo, sino en espíritu. —¿A dónde nos llevarás? —preguntó Cristian, dando un paso al frente, su voz llena de respeto pero manteniendo su firmeza. —Al Sexto Cielo, Machon —respondió Uriel—. Es el lugar de los depósitos celestiales, donde las fuerzas de la creación se almacenan y se templan. Allí, el tiempo es un río que podemos navegar a voluntad. Entrenarán bajo la luz de la Verdad, donde Natalia aprenderá a dominar el Abismo sin que este la consuma, y donde tú, Cristian, encontrarás el equilibrio entre tu código y tu instinto. Miré a Naamah, que se ponía de pie lentamente, con la mirada baja. Sabía que ella no podía acompañarnos a un lugar de luz pura. Me acerqué a ella, sintiendo una punzada de tristeza. La súcubo había sido nuestra aliada más improbable, nuestra guía en el infierno y, a su manera, una amiga. —Naamah... —comencé, pero ella me interrumpió con una pequeña sonrisa triste. —Ve, Natalia —dijo la súcubo, recuperando un poco de su altanería—. Alguien tiene que quedarse aquí para vigilar que tus abuelos no quemen lo que queda de la ciudad antes de que ustedes regresen como dioses. Además, la luz de Machon me daría un pésimo bronceado. Cristian se acercó también y puso una mano en el hombro de Naamah. Fue un gesto breve, cargado de un reconocimiento que valía más que mil palabras. —Gracias por todo, Naamah. Sin ti, no habríamos pasado del búnker —dijo Cristian. —Vayan —respondió ella, dándonos la espalda para ocultar un brillo inusual en sus ojos verdes—. Y asegúrense de que cuando vuelvan, el espectáculo valga la pena. Uriel extendió sus manos hacia nosotros. Cristian tomó la mía, entrelazando nuestros dedos con una fuerza que me prometía que, sin importar a qué cielo o infierno fuéramos, nunca nos soltaríamos. El amor que sentía por él en ese momento era tan puro que pareció resonar con la armadura de Uriel. —Despídanse del mundo que conocen —dijo el ángel, su sonrisa brillando con una esperanza que nos envolvió como un manto—. Cuando regresen, ya no serán los fugitivos del sistema. Serán la espada que cortará las cadenas de sus linajes. Una luz violeta y dorada nos rodeó, volviéndose tan intensa que el refugio del Ajusco desapareció. Sentí una sensación de ascenso infinito, una euforia que no venía del plasma ni del sexo, sino de la pertenencia. Estábamos juntos. Estábamos protegidos. Y por primera vez en nuestra eternidad, teníamos a un Príncipe del Cielo guiando nuestros pasos. El portal se cerró, dejando atrás a una súcubo solitaria en una cabaña de piedra, mientras en las alturas, dos amantes cruzaban el horizonte hacia el entrenamiento que decidiría el destino de la Ciudad de México y del origen mismo de la oscuridad.
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