Cruzar el umbral de regreso a la Ciudad de México no fue como las transiciones anteriores. Esta vez, el aire no se sintió como una cortina que se apartaba, sino como una tela vieja que se desgarraba bajo mis dedos. Mientras caminábamos por el arco de luz de Aeval, sentí una vibración extraña en la base de mi cráneo, una frecuencia sorda que no pertenecía al mundo físico ni al espiritual. Era el Abismo, esa nada absoluta que Naamah había nombrado, reclamando su lugar en mi conciencia. Cristian me sujetaba con fuerza, su mano ardiente era el único punto de calor en una realidad que empezaba a parecerme bidimensional. A mi alrededor, las imágenes del Santuario de la Medianoche empezaron a distorsionarse, pero no se desvanecían; se doblaban. —Nati, no te sueltes —gruñó Cristian, su voz so

