TRISTES RECUERDOS
Idealista y loco algunos me llamaban y otros simplemente creían que era un salvaje como mi padre, ignorante de mi propio estatus al que solo le importaba el poder que ahora me aportaba, pero nadie más que ella pudo conocerme en lo más profundo de mi ser, solo ella pudo profanar mi alma, revolverlo todo encontrando al verdadero Miguel.
Al nacer mi madre pensó que era lo más hermoso y maravilloso que le había sucedido en la vida, y ningún día de su vida a mi lado dejo de mencionarlo, a pesar de estar siempre muy ocupada en las formas sociales de su cargo, trataba de estar siempre conmigo con su fresca sonrisa, donde lo único que parecía importarle verdaderamente era mi bienestar; a mi padre casi un don nadie, guerrero y brutal hombre de armas, que en honor de librar al poderoso Señor Feudal de Santa Marta de una muerte segura a manos de unos corsarios que intentaban invadir las costas, le dio en pago por tal hazaña, a su única hija en matrimonio a pesar de que muchos no estaban de acuerdo de aquello dispuesto; mi madre siempre sumisa se doblego a la voluntad de su padre y se casó con aquel bárbaro falto de costumbres, cosa que ella misma divulgaba en cada riña, su relación fue de una noche, pues inmediatamente de su boda mi madre quedo en cinta y después de eso hacia hasta lo imposible por no satisfacer los deseos de mi padre y de esa manera alguna vez se hartara y corriera a los brazos de alguna moza de la comarca.
En el fondo yo no entendía que sucedía en realidad, ambos eran una coraza de espinas y pretendían ser amables frente al resto, pero la verdad es que a solas y en ocasiones en mi presencia se miraban a matar, con frialdad y las puntas afiladas de sus lenguas expulsaban veneno en cada conversación, en pocas ocasiones vi a mi padre afligido por aquella situación que en vez de favorecerle le mataba cada día, excepto por el poder que ahora tenía, la recompensa por librar al Señor de aquel Corsario, simplemente en ocasiones le pesaba más; era mejor hombre antes, que ahora con todos los honores del ser el Señor Feudal y tener toda la riqueza de Santa Marta a sus pies; aquellos días eran tan grises que ni el sol más esplendoroso lograban calmar mi afligido corazón, que solo respondía con gritos y rebeldía aquella situación insostenible de unos padres que más que no amarse, se odiaban llegando a punto de no negarlo frente a todos.
Apenas tenía catorce años cuando una peste invadió las costas y la gente la padecía de forma impredecible, no todos enfermaban pero el que estaba expuesto a la enfermedad tenia mayores riesgos de contraerla con una muerte segura, si había algún m*****o familiar enfermo simplemente lo aislaban del resto; no conforme con aquellas circunstancia que aquejaban mi hogar, pronto la desgracia toco la puerta y mi madre cayó enferma, producto a que colaboraba en un auspicio a cuidar a los enfermos que abandonaban sin remedio sus familias.
Junto a las religiosas del lugar, ella decidió como buena cristiana ayudar aquellos que menos tenían, pero aquel acto de fe y bondad, no procuró que la peste no entrará en sus pulmones y en pocos días se viera infectada; al llegar aquella tarde la vi palidecer, sus ojos cansados, su espalda doblada de tanto toser y en su pañuelo la marca indiscutible de la tuberculosis, al salir el médico de la habitación le dijo a mi padre que limpiaran todo por donde ella había pasado y la dejaran en ese cuarto, no debía salir de allí y quien entrase debía tapar sus rostro para no inhalar los vapores de la enfermedad y solo entrar un momento para asistirle, “hay unas religiosas en el auspicio que podían ayudarle, sino quiere exponer a su servidumbre…pero sinceramente no creo que dure muchos días más, al parecer la tiene hace varias semanas y no descansar ha agravado su situación”.
Aquellas palabras resonaban en mi mente, no podía creer lo que sucedía, no podía imaginar aquella casa sin mi madre, no podía si quiera entender si era solo una de esas pesadillas de la que no logras despertar; la indolencia de mi padre ante mi dolor, hizo que esa tarde pálida y un pañuelo envuelto en sangre fuera el ultimo recuerdo de mi madre; el dolor de la perdida y la rabia por la vida de tristezas familiares, caían como gotas de lluvia sin cesar en mi corazón, como la tierra en el ataúd del inerte cuerpo que un día me dio la vida, la violencia se apodero de mi alma y nunca fui el mismo, deseaba borrar mi nombre, mi vida y mi existencia de una sola vez como el que condenan a muerte y al siguiente día muere.
Luego de la muerte de mi madre las discusiones con mi padre cada vez eran peores, en el fondo lo culpaba porque la infelicidad de mi madre, al punto de querer ir a morir con los enfermos y traer la desgracia a nuestra casa, no haberme dejado estar con ella en su último aliento fue peor que toda la infelicidad del mundo, incluso mayor a miles de espinas lacerando mi cuerpo, en realidad era la propia muerte.