Al año siguiente sin aún cumplir la mayoría de edad decidí alistarme en la milicia, aunque mi padre no estuvo de acuerdo con ello, me embarque una noche después de mi cumpleaños número quince en un barco mercante que se dirigía a España, no me despedí de nadie, pues sentía que nada dejaba, al fin al cabo llevaba estrictamente lo necesario, inclusive los pocos recuerdos felices de una familia rota, aquel sentimiento de tristeza e ira no se diluían tan fácil, pero nuevos olores de aventura apresuraban mi viaje, el mar en las noches calladas en plena proa y en esa inmensidad pedía al Dios de los cielos que esta vez me diera una nueva oportunidad, una nueva vida.
Al llegar a España mi suerte no fue tanta ya que no me recomendaba nadie, tuve que empezar sirviendo a los militares y asistiendo al Capitán Buendía que me tomo aprecio luego de conocer mi historia, poco a poco fui formando mi violencia en fortaleza y mi inteligencia en sapiencia, y al cabo de once años me volví Capitán y el ahora Almirante General Buendía aun me guardaba tal confianza que me mandaba a sitios para ejercer la autoridad en nombre de la corona española.
El tiempo transcurría y mi padre se quedó solo en aquel palacio ajeno, volviéndose un bebedor empedernido, llenando la casa de furcias que conseguía en los bares donde acostumbraba a celebrar con vino sus desdichas y apostar hasta el alma pero con la suerte de que siempre ganaba, en ocasiones recibí sus cartas en el comando, algunas sin sentido, el conservaba la esperanza que volviera antes de su muerte, pero “no sé si aún pudiera verlo sin sentir desprecio” algo que pensaba cada vez que leía sus cartas, tal vez era injustificado y no pensar en ello no hacía que se borrara, es como aquella herida de guerra que aun cerrada guarda la bala dentro y cuando lo tocas duele como si fuera hoy el impacto, hay cosas que no se borran tan fácilmente y ello no me dejaba vivir, me mataba cada día, y entre menos quería ser como él, más bárbaro, indolente e inclemente me volvía.
Una tarde desperté en la cama de una asistencia médica, pues en una la lucha con unos corsarios en las costas del virreinato del norte, quede fuertemente herido y el General que estaba con nosotros murió, mis heridas fueron tan graves que me mantuvieron inconsciente en todo el viaje de regreso a España, al despertar un joven doctor me dice lo afortunado que era al poder sobrevivir de aquella serie de heridas, -¡Solo Dios sabe cómo lo logró!- repetía el joven con cara de incredulidad, pero al preguntar por mi tropa, me da la mala noticia del fallecimiento de Buendía y recalcándome mi suerte ya que era prácticamente el único sobreviviente de aquella batalla con los corsarios ingleses.
Finalizo su plática con la buena nueva que me daría de alta en pocos días y que tenía una misiva urgente que llego hacía tres días pero aún seguía en conmoción; al leer la carta decía “su padre esta grave, pide que venga”; por un momento las nubes grises que tanto quería evitar llegaron y me empaparon en un solo día, y decidí que debía volver, ya que mi compañero y amigo de batallas no estaba, y así hasta la milicia le faltaba algo; Días después pedí mi baja, la cual me dieron honrosamente por haber sido un bárbaro hombre de armas con el valor suficiente para enfrentar al enemigo aún en las peores condiciones, dos días después me embarque en un buque militar que se dirigía a Nueva Granada y desembarcaría en varios puertos entre ellos Santa Marta.