Tres meses después
Nochebuena
—Mi pequeño Anton está enamorado de las luces del árbol de Navidad —dijo mi suegra.
—Antonio, mamá —corrigió Lotti.
—Deja que lo llame como quiera, es su nieto. Mi padre le dice Tony, ¿y qué puedo hacer al respecto? —Ellas se miran entre sí, una negando y la otra con una sonrisa victoriosa—. ¿Habrá algún problema si lo dejo con ustedes un momento?
—¿Irás al cementerio? —preguntó Adeline.
—Si, no puedo dejar de ir. Hoy hubiéramos cumplido nuestro primer año de casados —comenté con tristeza viendo la fotografía de ese día a mi lado.
—Ve, tranquila. Aquí nosotras cuidamos del hombrecito más hermoso que tenemos.
—Te portas bien, cariño —le dije dándole unos besos, logrando que me regalara una de sus risas desdentadas.
—¡Ay, es que es tan tierno! —mencionó Lotti tomándolo en brazos.
—Volveré antes de que se coman a mi hijo —comenté al ver como lo llenaban de besos.
Me coloqué mi abrigo, mis botas, mi gorro y salí de la casa. El recorrido al cementerio fue igual a cuando regresamos a casa después de nuestra boda, pero los villancicos que alguna vez fueron molestos para mí ahora eran parte de mis mejores recuerdos con Miles.
Al llegar, fui recibida por una ráfaga de viento. Era tan fuerte, que pareciera como si quisiera que entrara de nuevo al auto. Sin embargo, no me detuve y seguí caminando. Llegué hasta la lápida y la limpié un poco por la nieve que la cubría.
—Hola, amor. Feliz aniversario. Hoy cumpliríamos un año de casados. No puedo creer que ya haya pasado un año desde esa locura. Una locura de la cual jamás voy a arrepentirme. Estaba leyendo un libro y la autora escribió una pregunta al final y creo que nos queda a la perfección: “¿Cuántas locuras has hecho por amor de las que te arrepientes y cuantas te has arrepentido de no haber hecho?”. Yo me arrepiento de haberme ido a Los Ángeles creyendo que tú estabas enamorado de alguien más, también me arrepiento de no haberte dicho que te amo todas las veces que mi corazón quería decírtelo; me arrepiento de no haber tenido más tiempo contigo. De haberlo tenido me hubiera gustado conocer el mundo contigo y ahora con nuestro hijo. Me encantaría quedarme más tiempo cariño, pero debo ir a rescatar a Antonio de las devora bebés: tu madre y tu hermana. Te amo, Miles. Siempre serás el amor de mi vida. Gracias por los meses en los que me diste la oportunidad y el privilegio de ser tu esposa.
Le di un beso a la rosa roja en mi mano y luego la dejé frente a la lápida. Caminé de regreso al auto con el frío viento quemando mis mejillas. Entré de nuevo y salí camino a mi casa. Al llegar preparé a mi hijo con varias mudas de ropa, la temperatura estaba realmente fría afuera. El lugar de la reunión iba a ser el nuevo restaurante Miluan, en el día de su reinauguración. Todos estábamos muy emocionados y habíamos trabajado muy duro para ese momento.
Llegamos al restaurante y mi familia ya estaba ahí. Todos menos mi hermano Lucas.
—¿Y Lucas? —le pregunté a Claudia.
—No lo sé, solo me dijo que tenía que ir por algo y eso fue hace como una hora. Espero que pueda llegar a tiempo para abrir las puertas.
—Espero lo mismo. Él también le puso mucho trabajo al nuevo diseño del lugar.
—No te preocupes por nada, amiga. Todo está en orden y estará perfecto. Ya lo verás. Por Antonio no te preocupes, lo cuidaré en la oficina así tú puedes estar trabajando tranquila. —Ambas sonreímos y nos abrazamos.
—No sé qué sería de mí sin ti en mi vida. Eres la hermana que no tuve.
—Y tú la mía, Lu. —Nos separamos y alguien de la cocina preguntó por mí, así que nos despedimos.
Las puertas del restaurante abrieron y todos los comensales empezaron a ingresar muy sorprendidos por las mejoras que le habíamos hecho al lugar. El menú tuvo aceptación de inmediato. Todo estaba perfecto. María y Nicholas habían ido también y eso me hizo muy feliz.
—¡Lucy! —Vi a mi hermano lleno de nieve entrando al restaurante. Todos se quedaron viéndolo. Me acerque y él me tomó del brazo para llevarme hasta los abrigos. Me pidió que me pusiera el mío.
—¿Qué pasa? —pregunté extrañada.
—No me pidas explicarlo porque no podría.
—Me estás asustando —confesé cuando lo vi arrebatar mi bufanda y rodear mi cuello con ella para luego sacarme del lugar. Al salir vi dos figuras masculinas dándome la espalda. Mi hermano aclaró la garganta y ambos se giraron. Di un paso hacia atrás y uno de ellos empezó a acercarse a mí.
—Lucy —dijo con una voz que hubiera reconocido en cualquier lugar del mundo.
—No.., esto no es posible. Debo estar soñando. —Seguí dando pasos hacia atrás mientras él se acercaba, pero mi hermano evitó que continuara. Mis ojos se llenaron de lágrimas y caí al suelo.
—¿Qué es esto Lucas? —le pregunté a Lucas.
No fue hasta sentir cómo tomaba mi rostro entre sus frías manos y juntó nuestros labios que creí en lo que mis ojos estaban viendo. Miles estaba vivo. Mis manos rodearon su cuerpo y su aroma golpeó mi nariz. Me separé, quería verlo, verlo de nuevo, por siempre. Era Miles, mi Miles. Tenía una gran cicatriz al costado derecho de su frente y otras pequeñas en sus pómulos.
—Nos dijeron que habías muerto, Miles. ¡Creí que estabas muerto! —grité desesperada. Él tomó mis manos y comenzó a explicarme.
—Lo sé y yo también creí que había muerto, pero desperté después de meses en una cama de hospital sin recordar nada. Phillips me cuidó. Al estar en un país extranjero no podía arriesgarse a investigar quién era yo y mucho menos avisar a las autoridades. Pero comencé a soñar con una chica de cabellos rubios. No sabía quién era, pero ver su sonrisa en mis sueños me mantenía con ánimo y con deseos de seguir intentando recordar. Hasta que vi a alguien más con un anillo de bodas y recordé un momento juntos. Tú decías mi nombre mientras nos casábamos. Se lo dije de inmediato a Brown y por eso estamos aquí. Tuvimos que pedir ayuda a la base más cercana donde Brown expuso lo que me había pasado y el por qué no había podido revelar mi hallazgo hasta saber quién era, luego tuvimos que pasar algunas pruebas y protocolos hasta que me dejaron salir y vinimos directo hacia aquí.
—¡Lucy!, Anto… —Adeline salió del restaurante para decirme algo, pero no pudo concluir. El mundo se inundó para ella en el instante en que reconoció a su hijo enfrente. Miles no dudó en acercarse.
Lucas entró a ver a su hija y a su sobrino una vez que Adeline salió.
—Hola, mamá. —Ella lo miró con algo de duda y hasta con algo de temor. Luego le dio una cachetada queriendo confirmar que era real.
—¡Mamá, sí soy yo!
—¿De verdad eres tú, mi niño? ¿Lucy? —dijo mirándome como si esperara que yo se lo confirmara.
—Es él, Adeline. Nuestro Miles ha regresado.
Apenas le dije que sí era él, ella se lanzó a abrazarlo y besarlo, hasta que la mirada de Adeline distinguió al hombre que había llegado con Miles.
—¿Joseph Phillips? —preguntó. El hombre se sorprendió al verla.
—Adeline —dijo y ella afirmó.
—¿Miles es tu hijo?
—Sí —dijo ella con una sonrisa.
—Lucy, Antonio está muy inquieto —dijo mi hermano asomándose por la puerta. Mi suegra se giró hacia a mí.
—Sí, eso venía a decirte. Será mejor entrar y compartir con todos este enorme milagro de nochebuena. Mi hijo ha regresado con su familia.
—¿Antonio? —preguntó Miles y yo solo sonreí.
—Tal parece que tienes que conocer al hombre que ocupa mi corazón ahora. —Él se detuvo de manera abrupta y apretó mi mano.
—Lucy, yo entenderé si ya has rehecho tu vida. Si quieres podemos hablar en otro momento. —Sonreí y esta vez fui yo quien lo beso.
—Espera a que lo conozcas y luego me dices —dije sin soltar su mano.
Caminé con él adentro del restaurante y las miradas de todos se pusieron sobre Miles. No podía quedarme a explicarles lo que pasaba, así que dejé a Adeline y Lucas haciéndolo mientras nosotros fuimos hasta la oficina donde nos saludaba el llanto de bebé.
Miles se paró en medio del pasillo. Sus ojos se estaban humedeciendo.
—¿Es…? —Moví mi cabeza en afirmación. Luego abrí la puerta de la oficina.
—Ven aquí mi pequeño, tengo que presentarte a alguien.
—¿Con quién lo llevas, Lucy? —dijo mamá al ver que me lo llevaba al pasillo.
—Con nuestro milagro navideño, mamá.
Ella me siguió y se quedó con la boca abierta cuando vio a Miles entrando por la puerta. Pero Miles no les prestó atención, pues su atención estaba puesta en la pequeña persona que tenía en mis brazos. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Miró a nuestro hijo, luego a mí.
—Miles, te presento a Miles Antonio Milligan, tu hijo.
El bebé vio a Miles y se emocionó en mis brazos.
—¿Un hijo? Lucy, no puedo creer que tengamos un hijo —dijo extendiendo sus manos para sostenerlo.
Se lo entregué y mi cabeza grabó ese momento para siempre. Si eso era un sueño, podía despertar y estaría más que feliz, había podido ver la felicidad en el rostro de Miles al conocer a nuestro hijo.
—Es igual a ti —dije. Él dejaba de vernos a ambos.
—Debió ser muy difícil para ti —dijo al fin.
—Lo fue, de verdad que lo fue. Me costó muchísimo ponerme de pie, pero lo logramos. Y ahora estas aquí. Tenerte de nuevo con nosotros es un regalo del cielo. Creo que allá arriba se cansaron de que reclamara porque no me habían dejado estar más tiempo contigo.
—Pero ya estoy con ustedes y no volveré a irme —dijo rodeando mi cintura con su mano.
—¿De verdad? ¿No te meterás en problemas?
—No. Fui dado de baja permanentemente. Lo que significa que no volveré a irme de tu lado nunca más. —Le di un beso en sus labios y ambos volteamos a mirar a nuestro bebé.
—Creo que ya les dimos espacio suficiente. Necesito saber, ¿cómo es esto posible? —preguntó mi madre interrumpiendo nuestro momento.
—Sobran las explicaciones, madre. Por favor, vivamos este momento.
—Es irónico que todo lo que tiene que ver con ustedes pase en navidad.
—Somos un milagro navideño —dije y Miles besó mi mejilla.
Miles le contó a mi madre más a detalle lo que había pasado y le dijo que no quería que lo llenaran con preguntas pues había muchas cosas que no recordaba. Así que, luego de contarle todo, bajamos y pasamos la noche con la familia completa. Nunca una navidad había sido mejor. Cuando todo terminó, nos fuimos antes que todos. Al llegar a casa, Miles miró una por una todas las fotos con las que había mantenido vivo su recuerdo.
—Sigo sin poder creer que tenemos un hijo, Lucy —dijo viendo a Antonio dormir en su cunita.
—Yo sigo sin poder creer lo que te pasó y que aún estés aquí. No entiendo por qué juegan con las personas así.
—Son cosas que pueden pasar, Lucy. El sistema no es perfecto y fueron un montón de personas las que perdieron la vida en ese ataque. Agradezco haber sido rescatado por el ex general Phillips. Por lo que tengo entendido, fue muy amigo de mi padre. Te prometo que te contaré todo en otro momento, pero lo que más deseo hacer ahora es abrazarte y nunca soltarte —dijo rodeándome con sus brazos. Dejamos a nuestro hijo en la habitación y caminamos hasta la sala donde nos quedamos frente al ventanal viendo la nieve caer.
—Cumpliste tu promesa —susurré con mi rostro pegado a su hombro.
—Siempre la cumpliré. Por ti soy capaz de todo, hasta de volver de la muerte solo para estar contigo. Te amo, Lucy.
Miles unió sus labios con los míos en un beso que me hizo sentir como si estuviera sobre una nube y que mis pies no tocaban el suelo. Era el momento perfecto, un momento que quería inmortalizar en mi vida y extender hasta que los primeros rayos del sol nacieran… No obstante, la puerta de la casa se abrió y, como una ola, toda nuestra familia entró con botellas, comida y preguntas queriendo saber qué le había pasado a mi esposo.
Mientras todos celebraban la vida de Miles, me alejé un poco del centro de atención y pude ver a toda mi familia. Vi a Miles sonriendo de nuevo, algo que pensaba no volvería ver nunca más, y recordé las palabras que me había dicho mi mamá hacía unas horas. La Navidad parecía ser algo que cambiaba mi destino, pero a partir de ese momento decidí que ya no permitiría que las cosas simplemente sucedieran, yo participaría de ellas.
—¿En qué piensas? —preguntó Miles a mi lado ofreciéndome un vaso de ponche.
—En que todo lo que nos ha ocurrido, ha ocurrido en Navidad. ¿No te parece extraño? —dije acariciando su mejilla.
—Por algo dicen que la Navidad representa el nacimiento de un nuevo comienzo. Un tiempo para ser agradecidos, de mostrar gratitud por las bendiciones que recibimos. Aunque nuestras navidades pasadas fueran tristes porque queríamos ir en contra de lo que ya estaba escrito en nuestro libro de vida.
—Créeme que jamás volveré a ir en contra de él —respondí.
—Yo tampoco, nena. Yo tampoco.
Y así, abrazados, disfrutamos de la mejor velada con nuestra familia entre risas y anécdotas hasta el amanecer.
A la madrugada me levanté y todos dormían llenando cada rincón de la casa. Fui hasta la habitación de mi hijo y encontré a Miles acostado con él, pegando su cabecita contra el pecho desnudo de su padre. Las cicatrices en su espalda me destrozaron el corazón, pero ver la manera en cómo le sonreía, aún dormido, me enamoraba. No los interrumpí porque sabía que ellos necesitaban ese momento juntos para recuperar el tiempo perdido.
Mientras caminaba me encontré con las cartas que me habían enviado una vez se enteraron de lo de Miles. Esas cartas fueron un aliento para sobrellevar mi duelo y sentí que no me había tomado el tiempo para agradecerles, así que decidí que eso comenzaría a hacer en los días venideros.
Luego mi corazón se estremeció al darme cuenta de que no todos los finales tenían un desenlace como el mío y me sentí eternamente agradecida de esa segunda oportunidad que la vida nos estaba regalando para hacer esas cosas que no habíamos podido hacer antes, pero ahora en compañía de Miles.
Mi Miles.