«Lo siento», «Mi más sentido pésame», «Él está cuidándote desde el cielo», «Tendrás Un ángel que nunca te dejará sola», «Él siempre estará en tu corazón», eran las frases que mis oídos escucharon una y otra vez el día del funeral sin cuerpo de Miles. Porque sí, no tuvimos un cuerpo que despedir. Solo nos dieron una lápida con su nombre para tener donde poder ir a hablarle, llorarle y reclamarle por faltar a su promesa de volver. La investigación sobre su fallecimiento demoró en concretarse.
Tal parece que una bomba fue la causante de mi dolor y el de otras familias. Lo único que encontraron fue su medalla de identificación en medio de toda la ceniza. Al no haber visto su cuerpo quise aferrarme a la idea de que Miles no había muerto, mi corazón me decía que no perdiera las esperanzas, que Miles volvería, pero pensar eso solo me hacía más daño.
—Lucy, ya no puedes seguir ahí sentada. Piensa en tu bebé —dijo Adeline acariciando mi espalda.
—No quiero irme. Tengo que hablar con él de muchas cosas. No tuvimos tiempo de hablar o de vivir muchas cosas juntos, no es justo —sollocé sosteniéndome de la lápida con su nombre a mi lado.
—Lo sé, cariño, pero ya es de noche. No has comido nada en todo el día. Por favor, Lucy, debemos cuidar lo único que nos queda de Miles —dijo ella extendiendo su mano para ayudarme a volver sobre mis pies.
Acepté su mano y con dificultad me puse de pie. Ella me abrazó.
—No será nada fácil, Lucy, pero no estarás sola. Tienes a muchas personas que te queremos y te ayudaremos en lo que necesites.
—Lo sé, pero a quien necesito es a Miles. ¿Por qué no pude decirle lo que sentía antes? ¿Por qué la vida me cobra de esta manera mi error? No es justo, Adeline. No creo poder seguir sin él. No pude decirle de nuestro hijo, él se murió sin saber que iba a ser papá. ¿Por qué Adeline? ¿Por qué?
—Me encantaría poder tener una respuesta para eso, Lucy, pero no la tengo. Pasé exactamente lo mismo que tú y créeme que aún me duele. Pero tenía dos niños que sacar adelante, que dependían de mí y mi fortaleza para seguir adelante. Así, aunque esto es algo que te dolerá para siempre, tienes por quien luchar y en quien pensar. Que mi nieto sea tu fortaleza. Yo también perdí a mi hijo, Lucy. Ningún padre tiene que enterrar a un hijo, es un dolor que no se lo deseo a nadie, pero es un dolor con el que he tenido que vivir. A Miles no le gustaría verte así, ¿recuerdas lo que él dijo cuando te pregunté sobre cómo sería tu vida en Los Ángeles? —Moví mi cabeza en afirmación. Sus ojos hinchados y rojos me miraban con dolor. Podía verme reflejada en ella—. Dijo que tú debías seguir con tu vida aun si él no estaba. Tienes que hacer honor a sus deseos. Él quería que tú siguieras con tu vida.
—No quiero irme de aquí. No quiero volver a Los Ángeles.
—Y te entiendo, Lucy. Respetaremos lo que tú quieras hacer, solo quiero que tú y mi nieto estén bien. Vamos, tus padres están esperando por ti en el auto —suspiré, miré una última vez la lápida.
—Volveré mañana, amor —expresé antes de seguir a Adeline. Entré al auto y me recosté viendo por la ventana.
—Llévenme a mi casa.
—Hija, pero no creo que…
—Por favor, si quieres quedarte conmigo no tengo ningún problema, pero quiero estar en mi casa. No pueden negarme eso —nadie dijo nada. Viendo por la ventana recordaba los pequeños momentos juntos, como cuando estábamos en la piscina comunitaria y se lanzaba para hacer un clavado, cuánto me avergonzaba que me viera con un traje de baño de dos piezas. O la vez que me atraganté con mi jugo de naranja cuando lo vi sin camisa jugar en el patio de mi casa. Cerré mis ojos con fuerza sintiendo lo caliente de mis lágrimas bajar por mis mejillas. Una mano tomó la mía, al abrir los ojos me di cuenta de que era mi madre y me miraba con lágrimas.
—No estás sola, cariño. Nosotros estamos contigo.
Los siguientes días me dediqué a estar en casa y a visitar la tumba de Miles. María me dijo que entendía si ya no podía regresar, pero que siempre en su restaurante tendría un lugar para mí. Hasta me ofreció abrir otro restaurante en Manhattan solo para que yo lo atendiera. Podía sentir el apoyo y amor de todos, pero no llenaban el vacío que sentía mi corazón. Llené mi casa de fotografías de Miles, las fotos de nuestra boda, algunas que tomaron personas en el restaurante esa primera noche juntos. Exploré sus cosas y también guardaba fotos mías al mismo tiempo que un listón que había perdido después de una fiesta a la que fui con ellos.
—¿Guardarás sus cosas? —negué.
—No creo estar lista para eso mamá.
—Adeline me preguntó qué harías con el dinero que… —negué.
—No tocaré ese dinero, mamá. Posiblemente lo ponga en una cuenta a nombre de mi hijo o hija una vez que nazca. Sigo sin entender cómo pueden ponerle precio a la vida de un ser humano que murió sirviendo a este país.
—Puede que el dinero no te regresé a tu esposo, Lucy, pero te da un nuevo comienzo. Adeline vino aquí, compró un restaurante que estaba a punto de quebrar y lo volvió el mejor comedor de la zona. Tu suegra debe de ser tu mayor ejemplo para seguir, pues es una mujer que se levantó sola con dos hijos.
—Ya estaban grandes, mamá. Ella pasó tiempo con su esposo. Sus hijos lo conocieron y convivieron con él. Mi hijo no tendrá nada de eso. —Mi madre no dijo nada más y suspiró—. Me encantaría tener una fortaleza de hierro como la de ella, pero no la tengo. Sé que no ha de ser fácil verme así, pero es porque así me siento, mamá. Eventualmente esto ya no dolerá tanto, pero hasta entonces te pido de todo corazón que me dejes llorar a Miles, deja que mi corazón sane a su tiempo.
Ella respetó mi decisión. No me presiono más que para ir al médico. Era difícil vivir todo ese proceso sin la compañía de Miles, pero debía continuar por nuestro hijo.
Los días siguieron pasando, convirtiéndose en semanas, luego meses, hasta que la fecha más esperada por todos llegó: septiembre. El mes del nacimiento de los bebés. Primero hizo su llegada mi primer sobrino, o, para ser más exactos, sobrina. Claudia y Lucas se habían casado hacía un poco menos de tres meses y habían tenido una luna de miel antes de que viniera al mundo Paola Elizabeth Kensington, a quien nombraron así en honor a la abuela materna de Claudia. Todos estábamos muy felices y la pequeña cachetona se robó mi corazón. Era una perfecta mezcla de mi hermano y Claudia.
Por los meses de su boda, la historia de mi vida se había regado por todos los medios de comunicación y fue muy hermoso recibir cartas de esposas de soldados que también habían fallecido como Miles. Todas me mandaban ánimo y palabras de aliento. Visitaba a Miles cada semana sin falta y podía sentarme a hablar con él por horas para contarle cómo se portaba nuestro hijo en mi vientre, lo que había hecho en la semana y hasta leía las cartas que me enviaban con él.
Pasado el tiempo dejé de vestirme de n***o y poco a poco sentí cómo iba saliendo de mi duelo. Podía reír sin sentirme culpable de ello y progresivamente fui guardando sus cosas, aunque nunca me atreví a mover nuestras fotos de su lugar. Me dediqué a ayudar a Adeline con el restaurante, al mismo tiempo que trabajaba en el comedor municipal y parecía que la vida seguía, o que me obligaba a seguirla.
—Lucy, no deberías seguir viniendo, deberías descansar —me dijo Adeline en el trabajo a tres días de mi fecha de parto.
—No, Antonio se pone más impaciente cuando estoy acostada. —Ella sonrió.
—Sigo sin creer que le pondrás Antonio a mi nieto.
—Miles Antonio Milligan será su nombre. Llevará el nombre de su padre y su abuelo quienes fueron dos hombres valientes. Serán su mayor ejemplo de honor.
Llamarlo Antonio dolía menos que utilizar siempre su primer nombre, por lo que, en ese momento, para mí, era su nombre principal.
—Estaba pensando en cambiarle el nombre al restaurante —comentó de repente Adeline tomándome por sorpresa.
—¿Y eso por qué?
—Quiero darle honor a la próxima generación. Estaba pensando en Miluan.
—¿Miluan? —cuestioné sin poder entender.
—En honor a mi hijo Miles, Mi, a ti, Lu, y a mi pequeño por llegar, Antonio, An.
—Sería un honor para mí —dije y no pude evitar liberar un par de lágrimas.
—No llores, Lucy. Pondrás triste a mi nieto —dijo tocando mi vientre abultado.
En ese momento sentí un dolor que iba y venía apretando mi vientre. Lo había sentido durante toda la mañana, pero ese dolió como ningún otro. Adeline se percató de mis caras e iba a preguntarme algo, pero respondí antes de que hablara.
—No te preocupes, tengo toda la mañana sintiéndome así. Ya se me pasará.
—Lucy, creo que estás entrando en trabajo de parto —comentó ella—. Espera, llamaré a tu madre para que nos vea en el hospital.
—Pero me siento bien, Adeline —dije poniéndome de pie, pero el dolor nuevamente se hizo presente y de un quejido mis piernas se doblaron un poco. Esta vez podía sentir el dolor en mi espalda baja y no fue para nada cómodo.
—Patrañas —dijo y marcó en su teléfono—. Alo, Luciana, Lucy está en trabajo de parto, está teniendo dolores. La llevaré ya mismo al hospital.
Así fue como el caos comenzó nuevamente. Llegué al hospital y los dolores se hicieron cada vez más difíciles de lidiar. Después de no sé cuántas horas en el hospital, mi hijo no quería colaborar en su llegada. El dolor era insoportable y yo ya no podía más.
—¡Miles! ¡Ayúdame! —gritaba y lloraba mientras pujaba—. Ya no puedo.
—Vamos, Lucinda. ¿Acaso no quieres conocer a tu pequeño? Vamos —decía mi madre sosteniendo mi mano.
Al otro lado tenía la mano de Adeline. Junté todas mis fuerzas y pujé una última vez hasta que escuché el llanto de mi pequeño Antonio. Lo bañaron, lo vistieron y lo pusieron en mis brazos para derretirme por completo de amor ante ese pequeño.
—Bienvenido, mi amor. Bienvenido —dije sollozando, dándole besos en su pequeña frente que se recostaba sobre el tatuaje de mi pecho.
—Felicidades, Lucy. Lo lograste —dijo Adeline con lágrimas en los ojos.
—Lo hicimos, lo hicimos juntas. No lo hubiera logrado sin ustedes —comenté viéndolas a ambas. Cerré mis ojos y pude sentir dos cálidos besos en mi frente.
Desde ese momento me prometí que mi vida giraría en torno a mi pequeño hijo. Mi pequeño Miles.