5. La Casa Vacía.

1283 Words
5. La Casa Vacía. Está anocheciendo y el camino a casa se me hace largo. El dolor se ha adormecido con el cansancio. Las casa y todo cuanto recuerdo siguen igual, no han cambiado nada. Solo yo. Ya no creo ser la misma que fui. Quiero ver a mamá. Apresuro el paso por miedo a que los hombres de Carmelo me estén siguiendo, y también lo hago por ansias de verla a ella. Es una mezcla de sentimientos, miedo y seguridad de saber que en brazos de mamá todo estará bien. Veo la puerta verde oscura de mi casa. No ha cambiado. Sé que si toco la puerta nadie me abrirá. Es una regla en mi casa. No abrir a nadie la puerta. Nunca. La única manera de entrar es por la pared, esa que contemplaba largas horas soñando en el día que huiría de aquí. Bien, nada salió como esperaba, es una pena, pero lo irónico de todo es que ahora quiero volver a la casa que tanto soñé abandonar. me envalentono. Tomo impulso para trepar, por suerte es sencillo, aunque la pared no es alta, y caigo de nalgas, golpeándome la cabeza en el concreto del patio. Me repongo de la caída. Entro y descubro que mi casa está completamente en ruinas. Los muebles están destruidos, hasta los cachibaches. Me dirijo a mi cuarto. Mi cama ya no está no la pequeña cómoda que tenía. No hay una sola prenda mía. En el velador encuentro mis documento de identidad. Las libretas de las cinco escuelas que abandoné porque mamá así lo quiso. De repente se me viene a la cabeza el celular viejo que mamá usaba para hablar con mi tío Sebi, Sebastian, así se llamaba, lo recuerdo bien. Nunca lo olvidé. Pensar en él me hace sentir una sensación de nostalgia. Era muy elegante y muy atractivo. La forma en que me hablaba me hacía sentir muy especial, amada. Recuerdo que me sonreía y que me levantaba por los aires. Algo que mi papá jamás hizo. Suspiro con fuerza. Me gustaría ver a mi tío de nuevo, pero no sé dónde vive ni cómo encontrarlo. Y de la nada, en medio de esos recuerdos se me vienen las palabras de Clementina: “Solamente ten presente que jamás debes volver a tu casa" Pero estoy aquí, de vuelta, donde nadie me quiso. Tomo mi mochila y guardo el monedero de Clementina y todo lo que puedo. Voy a la cocina. Hasta el refrigerador viejo está volcado en el suelo, con las puertas abiertas. En el cuarto de mis padres, es el mismo cuadro. No hay ropas en los placares, no objetos personales. Me queda claro que se han marchado. De repente, alguien intenta forzar la puerta. Mis pelos de la nuca se ponen de punta. Será la gente de Carmelo. Eso me aterra, debo salir de aquí antes que consigan entrar rompiéndo la puerta. Estoy problemas. Me cuelgo la mochila, dispuesta a salir de la misma forma en que entré. Salto y me impulso, maldito vestido, se rasga y caigo en medio de la calle. Por suerte nadie me ve. Corro hacia donde recuerdo que había una parada de bus. Cuando llego me doy cuenta que no tengo realmente a donde ir. Que yo sepa, no tenemos familiares. Sólo éramos papá, mamá y yo. Nadie más. Un bus se detiene. Está casi vacío y subo. Saco torpemente el monedero y trato de pagar el pasaje. —Se paga con tarjeta —me indica una señora que sube detrás de mi, está apurada por pasar a los asientos. —No tengo tarjeta. —Pagaré yo tu pasaje pero muévete, que estoy cansada —me dice y prácticamente me empuja para pasar a pagar. Luego de decirle gracias me voy hasta el fondo, a los últimos asientos. Todo se me hace nuevo Mientras voy mirando por la ventanilla no sé a dónde voy a parar. En el trayecto, veo un letrero que dice motel, y eso me da una esperanza. Quiero bajar pero el conductor me dice que ahí no es parada y, envés de reducir la velocidad acelera. Como sea, bajo muchas cuadras del motel, y me arrepiento de haber bajado, no estoy lo suficientemente lejos del barrio, y puede que por aquí ande la gente de Carmelo. He sido una tonta al bajar del bus. Tengo hambre, mucho apetito. Entro en un supermercado pequeño. Busco algo de beber, tomo una Coca-Cola y unas papas fritas, y en la caja saco el monedero de Clementina y decido pagar con monedas. La fila de hace larga y yo sigo contando las monedas para pagar. El chico que atiende parece amable y no me dice nada por la tardanza. —No te preocupés. Tomá tu tiempo —me dice. Por su acento sé que no es de aquí. Es la primera vez que nadie me regaña por algo que hago, y se siente bastante bien, la verdad. Unos largos minutos después, pago por la compra. —¿Sabes si por aquí hay algún motel? El chico ni siquiera lo tiene que pensar. —A dos cuadras tenés uno, pero dudo que sea lo que buscás. Podés buscar por Google Maps. Eso es buena idea si tuviera un celular. El unico que llevo es el de mamá y ese no funciona. —Gracias —le digo y me voy tomando mi bebida. Hace siglos, bueno, no tando, no probaba una de estas. Es rica y casi olvido que no debería estar aquí. El motel es una casa normal, solo tiene el letrero y nada más. Toco la puerta y descubro que se está abierta. Entro algo temerosa. A un costado, debajo de una ventanilla enrejada hay un letrero que dice: "administración" Un tipo con canas y anteojos de botellas me atiende. —Buenas tardes —le digo, aunque ya anochece—. Necesito una pieza. —Aquí se paga por hora. —¿Cuánto me costaría pasar la noche? —Trescientos. —Está bien. —Se paga por adelantado. Saco tres billetes de cien y se los paso. —Para registrarla necesito un documento de identidad. Siento alivio al haber traído conmigo mis documentos. Busco en mi mochila y se lo entrego. —No puedo registrar a menores de edad. Eso no me lo esperaba. —¿No puede hacer una excepción? —No quiero problemas con la policía. —Está bien. ¿Me devuelve mi dinero? El tipo no parece querer hacerlo. —Por quinientos puedo hacer la visita gorda. No lo pienso ni un segundo y acepto. Solo espero tener ese dinero. —Tenga —le alcanzo otros doscientos. —Dije quinientos. —Pero ya le dí trescientos. —Esos no cuentan. Voy a correr un gran riesgo para ayudarte. Deberías estar agradecida. —Disculpe señor —le alcanzo otros trescientos. El hombre salió y me condujo a un cuarto. Era mucho más pequeño que el que tenía en mi casa y que en el que dormía con Clementina, pero no importa, solo estar lejos de Carmelo y de su gente. —Te puedes quedar hasta mañana y a esta misma hora o pagas por otra noche o me entregas las llaves —las deja sobre una pequeña mesa que hace de velador. —Gracias. ¿Y el baño? —El baño se comparte. Queda al cruzar el patio. El hombre se va y yo me cierro la puerta. Hace frio y la cama es dura. Quisiera tener algo más ropa para cambiarme. Me tumbo en la cama y me cubro con las cobijas buscando entrar en calor, pero no hay caso. Cierro los ojos lentamente y mi último pensamiento es para mamá.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD