4. Una necesidad antigua de huir resurge en mí.

1479 Words
4. Una necesidad antigua de huir resurge en mí. Me sujeta con fuerza las nalgas, me las separa y sin reparos me mete su pija, El dolor me deja muda, quiero separarme de él pero me sujeta con violencia. —Oye... me due...le... me due...le... —Sh, cállate y recibe v***a. Cierro los ojos, esperando que termine. Sus estocadas continúan hasta que su celular suena. —Maldita sea —se aparta al fin de mi y contesta. —En un minuto estoy allá, patrón —se arregla la ropa, mientras me mira fijamente. —No vayas a contarle a nadie sobre esto. ¿Entiendes? Afirmo con la cabeza. —¿Era tu primera vez no? —me dice mirando mi vestido. No contesto nada, apenas puedo respirar—. Arréglate. La cocinero va a sospechar. Por pura fuerza de voluntad me subo el calzón. Estoy empapada, miro mis dedos manchados con sangre. La regla me ha bajado hace dos semanas, esta sangre no huele igual. Tal vez me vaya a morir. No quiero. Quiero vivir. Una necesidad antigua de huir resurge en mí. Lo sentía antes, en mi casa, y ahora, con más fuerza me impulsa a dejar este lugar. Bruno me ve con desinterés, no como lo hacía antes, y ahora se marcha sin decirme nada más. No entiendo qué ha cambiando. Quizás ya no le gusto, quizás ha visto algo que no le ha gustado de mi cuerpo. No lo sé. Clementina abre la puerta. —¿Qué haces aquí, mocosa inútil? ¡Hay mucho trabajo que hacer en la cocina! Acaso... —de repente se calla. Se da cuenta que algo no está bien. Me mira la cara, los ojos, el vestido arrugado y mis manos manchadas. —¿Qué haces aquí? —me pregunta. Lo presiente, sabe que algo me ha pasado, le queda claro. Yo... No sé explicarlo y solo me mantengo callada. —Vamos pa fuera —me dice, pero aunque lo intente, no puedo dar un solo paso y me desmorono. Clementina ya tiene claro lo que me ha pasado. —¡Madre santa! ¿Quién se aprovechó de ti, mija? ¿Quién fue? ¿El Bruno? ¿Él? Asiento con la cabeza. —Me duele... —musito, tocándome mis partes adoloridas. Jamás imaginé que pudiera doler tanto. —Ven, vamos... —me ayuda a volver. Tenemos que dar toda la vuelta para evitar pasar por las mesas, porque ahí está Carmelo, sus hombres, y obvio, Bruno. Llegamos a la cocina y veo todo revuelto. Muchos platos y vasos por lavar, botellas vacías que botar, mucha sobras de la comida, y de fondo se escucha la risa de los hechos, la que sobresale es la de Carmelo, el patrón tiene una risa un tanto especial, rie como cerdo, exactamente así. La primera vez que le escuché me doble en dos de las carcajadas que me causaban. La pobre Clementina no sabías cómo hacerme callar. Clementina me lleva al baño. —Rápido, rápido, tienes que asearte —me apura, nerviosa. —¡DONDE ESTÁN LAS CERVEZAS! ¿ESCUINCLA INUTIL? El grito del patrón me estremece. Yo le temo, he visto lo malo que es. —Tengo que ir —le digo a Clementina, saco la fuerza voluntad que da el miedo y vuelvo a la cocina. Le llevo la cervezas que pide. El patrón me mira. —Ábrelas —me señala las botellas— ¿O acaso esperas que yo mismo lo haga? La cocinera no te está enseñando como se debe, tendré que enseñarte yo mismo pero a plan de golpes. ¿Quieres eso, escuincla? —No, patrón —destapo las botellas teniendo cuidado de no derramarlas, ni de hacer que las tapas salgan volando y le llegue al ojo de nadie, porque eso también me ha pasado. Lo difícil es evitar que la espuma se desborde de la botella. Abrir una botella de cerveza es todo un arte. Y mientras estoy ocupada en ello, puedo sentir que el patrón me mira fijamente, que me ve el cuerpo, cuando pasa eso, mi cuerpo se calienta inexplicablemente, y mi corazón se acelera, como cuando Bruno me tocaba en el depósito de trastos viejos. —Acércate —me ordena el patrón. Hago lo que ordena, tratando de verme normal ya que me duele mis partes privadas. —Vaya, vaya... —dice interesado en mí, y me obliga a acercarme hacia él. Llego a ver la cara de Bruno, y hace como si no pasara nada, mira, como todos los demás lo que me hace el patrón. —La escuincla se está volviendo una mujer —dice Carmelo, mirándome con una cara que me da asco, y me toca con su mano gorda y grasienta, una de mis tetas, me aprieta a su gusto y gana, luego me toca el culo—. Qué redondos tienes el culo, escuincla —me dice enseñando sus dientes amarillentos y deformes, luego se dirige a sus hombres—. Y lo mejor de todo es que está pura. Todos comienzan a murmurar entre ellos al respecto. Carmelo está a punto de tocarme ahí, dónde duele mucho, pero, para mi alivio, Clementina viene a salvarme. —Ya está su caldo especial, patroncito —se interpone entre Carmelo y yo, haciendo que me tenga que apartar de la mesa, para que ella ponga la bandeja especial para él. Por suerte, eso parece que lo distrae de mi. —Huele bien —dice tomando una cuchara para probarla haciendo mucho ruido—. Y sabe bien, por eso es que aún te mantengo con vida y te pago un sueldo —le dice. —Para servirle, patrón. Con su permiso, patrón —y me mira—. Vamos —me llama. —Oye anciana. Prepárame a la escuincla. Esta noche la estreno. Ya es hora de hacerlo. —Lo que pida, patrón —responde Clementina, luego de eso volvemos a la cocina, mientras ellos siguen bebiendo, entre charlas de borrachos. Clementina está nerviosa, más que antes. —Qué vamos a hacer... qué va a pasar, virgencita santa... ayúdanos, no nos dejes desamparadas —se hace la señal de la cruz y se pone a rezar. Me entro al baño para limpiarme, el dolor a disminuidos pero la sensación mala permanece. Siempre que estoy frente al espejo trato de no mirarme, prefiero pensar que no soy yo la que está en este lugar. Porque cuando me miro, comienzo a extrañar a mamá, extraño cada rincón de mi casa y quiero llorar. Quiero huir de aquí, volver con mamá. La puerta del restaurante siempre está vigilada por dos grandotes. Solo si Carmelo da la orden, las mujeres pueden salir, pero no es mi caso. Yo no tengo permitido ni siquiera asomarme a la puerta. Lo he intentado antes y siempre ha terminado mal. Clementina me toca la puerta del baño. —Sal nomás ya —me dice. Y como ya estoy aseada lo hago. —Toma, es todo el dinero que tengo ahorrado —me da un monedero con diseño de flores. Se lo recibo sin saber bien lo que quiere decirme—. Guardalo bien. Tienes que irte, ahora mismo, mocosa. ¿Irme ahora mismo? Lo primero que pienso es en volver a casa. —Solamente ten presente que jamás debes volver a tu casa. A tu casa no. ¿Lo entiendes? —¿Por qué? —Por que es allá dónde primero, el patrón te hará buscar, solo debes hacer lo que te digo, si te pilla el patrón, te va a matar. Eso lo sé. He sido testigo de cómo ha matado a palazos a una gringa que no quería dejar de llorar, y he visto y escuchado cosas aberrantes de él. —Ahora sígueme, y no hagas ruido. Le hago caso, salimos por el patio trasero. Nos sobresalta el ruido de las botellas cayendo al suelo y rompiéndose, y las risotadas. Vamos con sigilo hasta la puerta, la única que hay. Clementina abre la puerta, tratando de no hacerla chirriar. Ahí esta Bruno, haciendo vigilancia. —Vamos, déjala marcharse, ¿o quieres que el patrón se entere que fuiste tú el que la desvirgó? Bruno deja caer su cigarrillo y lo pisa para apagarlo. —Sigueme —me dice, sin mirarme. No me muevo ni un solo centímetro —Vete, anda vete ya —me dice Clementina, casi suplicante. Ni siquiera me despido de ella, solo avanzo, sujetando con fuerza el monedero que me ha dado, voy cruzando la puerta hacia la libertad, hacia el frío de la calle. Ha pasado solo un año desde que vine a parar aquí y casi no recuerdo las calles, pero mis piernas se mueven por sí solas, como si tuvieran memoria. Quiero volver a casa, quiero ver de nuevo a mi mama, y me olvido por completo de las palabras de Clementina.
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