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Un millon de razones para dejarte

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Blurb

Como secretaria: Eficiente

Como rival: Creativamente mortal

Al principio, Sophia Mercedes creyó que había logrado el empleo ideal al graduarse de la Universidad de Stanford y comenzar a colaborar con su apuesto jefe, el empresario del sector inmobiliario Liam Jackson. Tras dos años colaborando con Liam, descubrió que su jefe era un individuo despiadado que no dudaba en explotar a otros por beneficio económico. En una noche inesperada, se entera de que ha sido agraciada con un premio de un millón de dólares en la lotería. Aprovechando un acuerdo con su amiga, decide jugarle una broma a Liam antes de renunciar a su empleo. Durante ese mes, Sophia planea jugar con Liam de formas astutas para desestabilizarlo con sus acciones, ya que su meta es obtener una compensación por despido y salir victoriosa en la apuesta. Aquí es donde Sophia se cuestiona qué ocurrirá primero: ¿Conseguirá que Liam la despedirla? O, por el contrario, ¿Logrará que el ogro le entregue su corazón y la tenga a su lado?

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1.Trabajo
Un ruido constante interrumpe mi sueño profundo despertandome. Al sentir incomodidad, cojo mi celular y al mirarlo, noto que la pantalla muestra el nombre "Esclavista" como identificador de llamadas. Al despertarme de madrugada, mi expresión de fastidio se transformó rápidamente en furia. —¿Qué? Buen día, señorita Mercedes. Confío en que estés lista en veinte minutos, ya que pasaré por ti. Intermitentemente, cerraba y abría los ojos, forzándome a despertar para comprobar la hora. — ¿Se ha percatado, señor Jackson, de que son las cinco de la madrugada? — Cuanto antes llegue al trabajo, más dinero se acumulará en mi bolsillo, señorita. Le recomendaría no demorarse si desea que le compre un café. Al corgar la llamada, reaccioné con un ligero grito de frustración y lancé mi celular al otro extremo de la cama. — ¡Detesto profundamente a mi jefe! Debes encontrar a alguien asi me dejas tranquila de una vez por todas. Cada mañana era lo mismo, me despertaba a regañadientes y me dirigía al baño para atender mis necesidades antes de cambiarme y ponerme un traje de falda. Recientemente me había cortado el pelo de color castaño para poder mantenerme al día con el ajetreado ritmo impuesto por el señor Jackson. Es considerado uno de los magnates más influyentes en Estados Unidos. En el mundo empresarial, hay quienes ven a ciertos individuos como tiburones: despiadados para unos, ingeniosos para otros, y despreciables para aquellos que sufrían pérdidas a causa de ellos y de la mayoría de sus colaboradores. Según rumores, hizo un pacto con el diablo para mantenerse activo laboralmente y no fallecer al mismo tiempo que sus trabajadores. Liam Jackson, un exitoso empresario multimillonario, dirigía empresas inmobiliarias y había incursionado con gran acierto en el sector hotelero. Cada proyecto en el que se involucraba resultaba un rotundo éxito. Cada emprendimiento en el que se involucraba se convertía en una fuente inagotable de riqueza, lo cual implicaba que mi labor se tornaba excesivamente demandante. Empecé a trabajar con él después de graduarme en Finanzas en la Universidad de Stanford hace dos años. Al principio, era una principiante que necesitaba tomar unos cinco cafés con múltiples shots de espresso para poder seguir el ritmo de ese hombre. Al lograr el empleo, creí que era una oportunidad inmejorable, ya que el atractivo sueldo era altamente competitivo en mi campo, especialmente para alguien sin historial laboral. Sin embargo, todo eso resultó ser un engaño despreciable; ese hombre malvado ofrecía sueldos elevados para retener a las personas a su lado, incluso si no lo deseaban. A pesar de ser la secretaria con más años de servicio, era admirada por todos en la oficina. Contesto mi teléfono cuando suena. —¡Digame señor Jackson! —Estoy aquí, puedes bajar. Descendí rápidamente, tomando mi bolso, la tableta y el teléfono del trabajo, y salí de inmediato. Después de un tiempo, presionó el botón del ascensor que tardaba en llegar. —-¡Genial! Se daño el elevador de nuevo. A regaña diente comencé a bajar por las escaleras de mi edificio. Vivía en un edificio en el Bronx situado en Pelham Bay, un área tranquila pero el problema era que en el edificio se dañaba ese elevador como si a este le pagaran para eso. Después de bajar las escaleras del noveno piso respirando agitada me dirigía al auto n***o que todas las mañanas me esperaban. Entraba notando al señor Jackson teclado con rapidez en su teclado. —Vaya señorita Mercedes, llego tres minutos tardes, eso significara que no le daré ningún café hoy. Maldije para mis adentro pues desde temprano quería pegarle con su laptop en la cabeza, o mejor aún apuñalarlo con el lapicero que me regaló hace poco. Me reprendí mentalmente intentando recordar que estaba trabajando con ese tipo principalmente por mis deudas estudiantiles. Todo eso hubiera sido mas sencillo si no hubiera perdido a mis padres en un accidente cuando tenía dieciséis años. He aprendido a valerme sola y trabajar para todo. Al encontrar este trabajo pensaba que había sido un regalo del cielo pues estaría a cargo de uno de los pelinegros más atractivos de todo Manhattan con un sueldo de lujos….para morir con él estaba dispuesta sin imaginar que literalmente iba a morir por el....por el trabajo. —Señorita Mercedes, que tenemos para hoy. Revise mi tableta respirando suavemente para calmarme. —-Hoy tiene dos reuniones con unos inversores una a las onces y otra a las tres, también tiene una reunión con los directores de los hoteles en Miami, California, Hawái y el nuevo hotel en Washington. También tiene una cena con el Señor Harrison sobre los nuevos inmuebles que piensa adquirir en Hudson Yards. —Cancela mi reunión de las once, mueve la de las tres a las doce. Quiero enfocarme totalmente en la reunión de los hoteles así que muévela para las una y dile a Harrison que venga a mi oficina, haremos una comida allí, encárgate de ordenar. Mientras escribía todo y repasábamos todo lo de su día llegábamos alrededor de las siete de la mañana al edificio. Caminaba de manera acelerada detrás de mi jefe mientras llegaba cerca de su oficina este tiraba su saco el cual yo paraba en el aire tras unos años de experiencias ya había encontrado la manera de hacerlo mejor pues este se enojaba si caía en el piso. Mientras este avanzaba a gran velocidad, yo literalmente corría para poder alcanzarle y darle una taza de café. El comenzaba a lanzar indicaciones la cual yo de manera eficiente realizaba hasta que le preparaba sus papeles para su dia. Un café tan n***o y molesto como su animo en la mañana. Tras terminar con su ritual mañanero regresaba a mi espacio de secretaria hundiéndome en trabajo. Llegue a un punto que para las once de la mañana tenia mi cabeza recostada de mi escritorio. —Debería morir así no tendría tanto trabajo. —Dudo que puedas morir tranquila, conociendo a Liam te perseguiría o te contactaría con la ouija hasta los rincones del más allá para que termines algún papeleo. No pude resistir el reír al levantar la mirada al observar a un hombre de tez rubio y ojos verdes sonreírme ofreciéndome un café. Tomé ese líquido cuyo aroma podía revivir hasta a los muertos al notar que había puestro miel, sonrei más porque me agradaba que evocara mis gustos. Aquel hombre se llamaba Steven Joiner. Un hombre tan atractivo con una personalidad encantadora que haría que cualquier mujer en ese edificio se derritiera al verlo, a excepción de mí. Steven participaba como accionista en la empresa de mi superior, además de ser amigos de su infancia. —-Steven es divertido ya que sería verdad. —Bueno, voy a encantar a la bestia de esta manera podrás disfrutar del fin de semana libre. —Buena suerte. Este me señaló con su cabeza hacia la oficina del señor Jackson, algo que agradecí ya que implicaba que no tendría más responsabilidad por ese dia. El día transcurrió volando, lo que agradezco al llegar mi hora de salida, donde me visitaria con mi amiga Mary de contabilidad. Ambas éramos buenas amigas e incluso bromeaba conmigo de cuanto tiempo falta para que muriera. Se aproximaba mi hora de partida y recibo un mensaje de ella que me provoca un sonreí. “!Hoy noche de chicas!” Sonreía mientras me aprestaba a salir al oír una voz desde la oficina de mi condenado jefe. —Señorita Mercedes, ya se va. —Asi es, señor Jackson, ya me retiro. —-Le gustaría llevar estos reportes a su hogar y examinarlos. Envíame un reporte acerca de relevancia y beneficio. Noto como el apuntaba a su escritorio. Al observar todo lo que mostraban unas cinco carpetas llenas de documentos, al verlo, trate de no gritar de ira, ya que ese trabajo implicaba que todo mi fin de semana iba a ser dedicado a ese trabajo. —Pero eso significa que debo trabajar todo el fin de semana. —¿Algún problema con eso? —…De ninguna manera, señor Jackson —murmuraba. Trataba de contener mi enojo mientras recogía los documentos antes de regresar a casa. Mientras me sumergía en la tristeza, ya que el ascensor seguía averiado, tenía que cargar con todo ese peso hasta llegar a mi apartamento. —Estoy harta de mi empleo. No soporto al señor Jackson. ¡Déjame tranquilo de una vez! Planeo añadir un laxante a tu café el próximo lunes para poder disfrutar de un día de descanso lejos de ti. Mientras ascendía por las escaleras, me dirigía palabras a mí mismo. Agotada y sin ganas de realizar ninguna tarea, en ese momento mi teléfono comienza a sonar. —Hola, ¿revisaste los billetes de la lotería, amiga? Segun dicen hubo un ganador. —¡Vaya! No confío en eso, por lo tanto, no veo la necesidad. —Se comenta que la fortuna es loca y cualquiera le toca. Mientras inhalaba profundamente, repasaba el contenido de mi bolso del jueves en busca de los números de la lotería. A pesar de no ser aficionada al juego, Mary, mi amiga, siempre creía que eventualmente ganaríamos. Aquella jornada me vi en la necesidad de participar, ya que se trataba del premio acumulado más grande de Estados Unidos. Al buscar los números de la lotería y comprobar los míos, me llevé una sorpresa al descubrir que coincidían. Después de revisar en repetidas ocasiones, solté un grito fuerte. —¡Ay, por todos los cielos! Mientras mi teléfono se precipitaba al suelo, solté un grito. —¡Ay, Dios! Acabo de ser la ganadora del gran premio.

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