Motivos de tristeza

505 Words
Aunque no tuve que esperar cinco años para retornar a mi hogar, cargaba conmigo dos motivos de tristeza demasiado profundos. Me apenaba la muerte de mi papá tanto como que él hubiese partido de este mundo con la idea de que yo era un degenerado poco común. A pesar de que la servidumbre me trataba con respeto, no cesaba de mirarme con el rabillo del ojo y cuchichear a mis espaldas. Era tedioso no tener con quien hablar. En el hotel, me entretenía cazando moscas y cucarachas; en la pulcra mansión, no encontré más compañía que mi sombra. Luego de desempacar mis tres trapos y desordenar la habitación, me senté tras la ventana del salón. Los recuerdos de pasados momentos felices me asaltaron sin clemencia. Cada objeto o sitio de la casa tenía una historia que contarme. Hasta ese entonces, me mantuve firme; allí no fui capaz de sujetar las lágrimas. —El llanto no hará que el señor Harrison regrese —dijo una preciosa chica de cabellos rubios y piel translúcida. Me ofreció un pañuelo de papel que acepté por inercia. Estaba seguro de que nunca antes le había visto. Era imposible olvidar una belleza tan singular. La acromía de su aspecto físico le asemejaba a un ser de otro planeta. Sin embargo, a través de sus ojos se apreciaba la génesis de la vida. Esos dos peñascos añiles brillaban con luz propia. Y su voz... me sonaba familiar. Alguna vez, había entablado una conversación con ella o uno de sus parientes. «Le conocerías de tus sueños. Nunca olvidarías a una diosa con tales atributos», me regañó mi cordura. —Aún no hemos sido presentados —mascullé siguiendo las formalidades. —Ah, sí. Pronto. —Sonrió con delicadeza. Su dentadura era nívea y simétrica. ¿Acaso no había en esa muchacha un lunar, una mancha fuera de sitio, una cicatriz coherente con un vestigio de humanidad? Temí que estuviese inmerso en mis fantasías, delirando con un espejismo imperfecto de tanta perfección. Desde que me echaron de la universidad, ninguna mujer había producido en mí una atracción tan fuerte que pusiese mi mundo patas arriba, pero cuando le conocí, se reactivaron mis viejas pasiones. A pesar del dolor, deseé intimar con ella físicamente. —¿Me diría su nombre? No estamos en igualdad de condiciones. Usted sabe ya quién soy, y yo... —Espera a la lectura del testamento. Allí se aclarará todo. Sonrió una vez más y se marchó de la habitación. ¿Fue solo mi imaginación o percibí un viso de picardía en su mirada? ¿Quién sería esa chica? ¿Por qué estaba en la mansión? ¿Qué relación tenía con el testamento? Hasta donde me habían informado de manera extraoficial, era yo el único heredero de Isaac Harrison. En muchas novelas, suele aparecer en el capítulo final una hermana o una esposa perdida y se arma una batalla campal. Recé a Dios que no fuese esa mi historia. Ya contendía con demasiado drama para añadir un poco más a mi vida.
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