Apenas pegué ojo durante la madrugada. Me rompía la cabeza recapitulando los últimos acontecimientos. Nunca más sería el mismo joven despreocupado que saltaba de lecho en lecho silbando una tonadilla de moda. Me había tocado crecer a paso apresurado.
Me levanté antes del amanecer. Aunque una decena de personas trabajaba en la mansión, los pasillos estaban desiertos.
La gélida brisa de las montañas se coló a través de una ventana y se me incrustó en los huesos y las coyunturas. Con presteza, monté una cafetera. No he conocido mejor manera de comenzar el día que tomar un fuerte brebaje.
—¿Emocionado por la lectura? —preguntó la desconocida, que había salido Dios sabe de dónde.
Tragué en seco. Me molestaba que invadiese mi espacio. Estaba adaptado a preservar las distancias.
—No traigo un libro bajo el brazo desde que abandoné la escuela —repuse con aparente indiferencia a pesar de que sabía que ella se refería al testamento.
—Lamento informarte que con esa sobredosis de cinismo no lograrás que me enamore de ti. —Remedó mi tono de voz con exactitud.
Mis hormonas dejaron de latir en un frenesí desordenado. Siquiera sabía su nombre y ya le odiaba. A esa mujer no deseaba acercarme. Algo indefinido me alertó del peligro que se derivaba de su presencia. Me estremecí desde los pelos hasta los pies cuando ella devoró en tres pasos la distancia que nos separaba y me deparó una mirada inquisidora que me hizo sentir un animal de experimentación en peligro de extinción. Era casi imposible comprender cómo, luego de tantas conquistas, lucía igual que un pelele delante de una niñata que no debía tener más de veinte años.
Corroboró su decepción con un ademán despectivo que bajó mi autoestima de las nubes y la sepultó en el inframundo. En lugar de hacer referencia a su aseveración, murmuró entre dientes:
—En realidad eres un chiquillo. ¡Mira cómo te has puesto esa camisa! Será preferible que la eches a la basura. La lavandera no blanqueará la mancha por más que le dé puño. Tiene cinco bocas que alimentar.
Mi rostro flasheó con más luces que un árbol de Navidad. Con esas fachas, bien podría haberle metido miedo al susto.
Ella apretó el mentón para reprimir una expresión dantesca. ¡Maldita entremetida sin nombre! Disfrutaba mis errores con júbilo y pandero.
—Si no hemos sido presentados, no considero que deba tutearme —mascullé con los puños cerrados por la rabia.
—Te recomiendo que dejes los discursos filosóficos. Tienes el tiempo justo para quitarte el mal olor de encima, mudarte de ropas y presentarte en el despacho. He escuchado que los abogados de la firma Harrison and Pride son puntuales. Sería una pena que te perdieses los pormenores de las condicionales establecidas por tu señor padre.
Todavía me sorprende que en ese instante no le haya borrado la sonrisa de una cachetada. Nunca he sido amigo de pegarle a una mujer, pero ella hacía brotar mi lado oscuro.
—Más tarde, le aclararé unas cuantas cosas—refunfuñé sin mucho tino.
—Es justo lo que te he dicho —Matizó su voz con varias partículas de mordacidad.
Reprimí una protesta cuando Helen, una trabajadora tan vieja como la propia casa, entró a la cocina, lanzó un saludo y comenzó a preparar el desayuno.
En los escasos segundos que había dejado de mirar a la desconocida, ella desapareció de mi lado. No atribuí el incidente a causas sobrenaturales. A la estancia le sobraban puertas y ventanas.
Eché un vistazo a mi reloj. Si me volaba el paso del baño, podía perder un par de minutos interrogando a Helen. Lo necesitaba para situar los puntos y las comas que faltaban en mi historia. Me le acerqué con sutileza. Muy dentro de mí aún estaba el niño revoltoso que los criados amaban, solo debía encontrarlo y sacarlo a flote.
—Hoy es un día muy importante —mencioné con fingida indiferencia.
—Ajá —respondió la anciana con pereza.
La cosa era mucho más difícil de lo que imaginaba. El crío travieso había sido enterrado en el olvido.
—Lely —hice un disparo chiqueándole el nombre—,¿recuerdas que me cocinabas dos huevos fritos y los adornabas como si fuesen rostros con espejuelos?
Juraría que le saqué una desdentada sonrisa, pero fue tan diminuta que, tal vez, la imaginé.
—De eso hace ya mucho tiempo. —Acompañó su queja de un hondo suspiro.
—Necesito saber qué sucede. Nadie me habla de frente, incluyendo a esa chica rara que se cree la dueña de la casa. ¿Quién es? ¿Mi hermana, mi madrastra? No parece una dama y tampoco una mesalina. Si no lo descubro pronto, terminaré enloqueciendo.
Helen apresó una de mis manos entre las suyas. Su caricia me recordó aquellos lejanos inviernos que pasé junto al fogón en busca, no de calor, sino de compañía.
Lo qué había sucedido conmigo durante los casi cinco años lejos de casa era algo inexplicable. En algún sitio de mi historia, perdí el sabor a humano y me transformé en un depredador siniestro, alguien que buscaba anotarse un punto en su lista de mujeres conquistadas aunque produjese un terremoto.
—Las malas noticias corren rápido —me dijo Helen. Trató que su voz sonase carente de emociones, pero no lo logró.—A pesar de que don Isacc intentó silenciar las cosas malas que hizo usted en el colegio, uno de sus enemigos lo descubrió. Sembró un poco de cizaña por aquí, otro por allá; y al cabo de unos días, no hubo alguien en la localidad que no tuviese todos los detalles. El señor se vio obligado a sobrevivir con la vergüenza pisándole los talones. Solo en cercanía de Alex, se asemejaba al hombre afable que acostumbraba ser.
—¿Qué papel juega ella en esta historia?
La similitud del nombre de la chica con el mío no me pasó desapercibida. No me cabía duda de que ambos estábamos relacionados. Sin embargo, ignoraba el cómo o el porqué.
Helen intentó susurrarme un secreto, pero no fue más veloz que el batallón de parientes que se introdujo en la habitación. De repente, le atosigaron con peticiones de platillos sofisticados. La pobre anciana se vio obligada a volverse cuatro brazos y cero boca para satisfacerles.
Su explicación, lejos de evacuar mis dudas, las exacerbó. La incertidumbre me carcomía el cerebro. Lo único que había sacado en claro era que la desconocida tenía un nombre propio.
Cesé de hacer preguntas. En otros tiempos, me hubiera despedido de Helen con un beso mojado o una suave palmada en sus enormes asentaderas, pero lo consideré inapropiado. Esa conducta familiar era propia de un joven con arraigados principios morales. A un sádico pervertido s****l solo se le permitía agradecer con parsimonia y arrastrar sus malas pulgas a otro sitio.