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628 Words
10 Hacía frío y eso podía ser un buen motivo para aparecer por la escuela, pero Iac no tenía ganas de volver a la normalidad y cruzar el portal del instituto, pues, si lo hubiera pensado antes, habría podido evitar todo el esfuerzo de llegar hasta cuarto, sabiendo que después lo abandonaría. En cambio, a Lira las dos arpías de su casa lo obligaban a mantener el tesón escolar, al menos formalmente, porque sus resultados sólo daban paso a la esperanza de que se retirara para dedicarse a algún tipo de trabajo manual. Aquella mañana, las bestiazas estaban removiendo la pútrida y Iac miraba con admiración la enormidad de las orugas, la voz semejante al barritar de un elefante y la prebóscide lista para excavar y remover entre la inmundicia. Se habían puesto en movimiento temprano las dos excavadoras y no por casualidad: probablemente llegarían muchos camiones aquel día y había que preparar el espacio para verter la cantidad diaria de RSU, como se llamaban los residuos sólidos urbanos, los producidos en las casas particulares de la Ciudad. De vez en cuando los brazos metálicos se elevaban a un tiempo, uno delante del otro, y mantenían los cúmulos de bolsas negras elevados hacia el cielo, para después verterlos en otro sitio, un sitio cercano y visible. No eran todas iguales, las bolsas, como tampoco lo eran las zonas del vertedero en las que se las depositaba. En la zona oriental de la pútrida, los camiones, en particular los que llegaban cuando ya era noche cerrada, descargaban las bolsas intactas, con colores chillones y a menudo con marcas de los escaparates del centro. En esas bolsas Iac encontraba casi siempre algo útil: comida caducada, pero aún con los ingredientes íntegros, ropa manchada, pero aún nueva, y sobre todo zapatos. Se había hecho una idea totalmente personal sobre la procedencia de aquellas bolsas, que alimentaban y confirmaban las búsquedas cotidianas. En los camiones de la noche había siempre alguna buena esperanza, debida a los desechos opulentos –o, mejor dicho, groseros– de los ricos habitantes de los barrios céntricos de la Ciudad. «¿Botas nuevas?», preguntó Lira, mientras observaba las botitas de cuero obscuro que calzaba Iac. «No sé aún si quedármelas. El número es el mío, pero me hacen daño. Están aún nuevas, pero ya las han tirado; en esos casos, siempre hay un motivo». «Se habrán equivocado al comprarlas: compra impulsiva se llama», dijo el otro con pedantería de bachiller. «Más bien parecen haberse equivocado ellos; están nuevas y ya las han tirado, porque no son las buenas; es algo que pasa a todo el mundo», contestó con filosofía existencial. «¡Ah!», suspiró Lira. «A lo mejor te están bien a ti, que tienes pies mas pequeños», le dijo, mientras se las pasaba a Lira. «Ya tengo éstas», dijo el muchacho, al tiempo que mostraba las zapatillas de gimnasia negras y blancas que calzaba. «De momento no necesito más». «Dejémoslas aquí: nunca se sabe», concluyó Iac, al tiempo que apoyaba las botitas delante del refugio, mientras Lira vaciaba otra bolsa atestada de jerséis y pantalones. «No deberían tirar la ropa aquí», dijo Iac, mientras observaba la mercancía desechada. «Por suerte para nosotros, lo hacen», dijo con sonrisa socarrona Lira, mientras elegía un par de vaqueros desgastados de su talla. «Diré a mi madre que me los has regalado tú». «Pues entonces los tirará a la basura dos minutos después». «Tienes razón: no diré nada para que no haga nada. Eso siempre da resultado: ella pregunta y yo no respondo. Se pone negra, pero al menos no hace nada». Después se quedaron los dos callados un rato. Solían también guardar muchos minutos de silencio: no era necesario decir siempre algo. Lo consideraban un grado efectivo de libertad. No había nadie que interpretara sus silencios, nadie que hiciera preguntas, nadie que quisiese controlar sus pensamientos. Nadie que formulara la pregunta más hostil: «¿En qué estás pensando?», la que, sin embargo, continuarían contestando en coro: «En nada».
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