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«Siempre parece que estás pensando en algo», dijo Silvia, sin demasiado interés. Iba vestida enteramente de n***o y parecía aún más menuda de lo habitual. Iac era quien empleaba ese adjetivo para calificarla, Silvia es menuda, pero no era del todo cierto: era delgada, pero también alta, al menos un metro setenta.
Iac caminaba a su lado, manteniendo las manos dentro de los bolsillos de la sudadera pesada. No llevaba cazadora ni abrigo, sólo una serie de estratos de camisetas de algodón y jerséis, cubiertos por una sudadera gris, sin marcas evidentes y con la capucha en la cabeza.
«Parece que estés pensando en algo que decir, pero después nada, no dices nada», continuaba Silvia, cuando él callaba durante más de un minuto.
Iac seguía callado un rato más. En realidad, no pensaba en una sola cosa, sino en cinco o seis a la vez: en su hermano Tommi, que podría unírsele de un momento a otro en el vertedero, en las llegadas diarias de los camiones con víveres y ropa, en el frío que había pasado la noche anterior y en ella, Silvia, que aquel día estaba muy simpática, pero no quería oír cumplidos. No le preguntaría qué tal estaba ni tampoco cómo le había ido el día; quería saber otras cosas y brindar a la muchacha una forma de decir algo que le interesara mucho.
«Entonces, ¿qué?», preguntó ella en tono impaciente, pues ya casi habían llegado a su casa y se despedirían apresuradamente sin posibilidad de diálogo a saber hasta cuándo.
«Tengo algo que enseñarte», dijo Iac, «algo que he encontrado y que me gusta mucho. Si quieres, uno de los próximos días te lo enseño».
Entonces le tocaba responder a ella.
«¿Y dónde puede estar eso?»
«En mi refugio».
«De acuerdo, iré a verlo la próxima vez que nos encontremos».
Se separaron con una sonrisa, Iac sacó la mano derecha e hizo una seña de despedida. Llevaba un guante n***o con los dedos cortados, del que sobresalían sus largas falanges con las uñas limpias. Las muchachas miran con frecuencia esos detalles y Iac lo sabía. En efecto, Silvia observó y mantuvo la expresión del rostro, si no contenta precisamente, al menos complacida.
Nada más doblar la esquina, Iac echó a correr. Tenía la sensación de estar retrasado, pero ni siquiera él sabía respecto de qué. Tardaría diez minutos en alcanzar la zona viva y en ese lapso pensó que le gustaría volver a casa, al menos para darse un baño y perfumarse un poco. Tenía aún las llaves de la puerta y seguro que su madre no se opondría. Al contrario: era como si la oyese ya pedirle que volviera a la escuela y a vivir con ellos, pero eso estaba taxativamente excluido, al menos de momento.