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De lejos vio al turco, que agitaba la muleta a riesgo de caerse, y a Lira, que se reía sujetándose el vientre. Entre lo dos estaba Tommi, que tenía una expresión taciturna, una onda emotiva contenida, que Iac conocía muy bien. Siguió corriendo y al tiempo empezó a gritar: «¡Dejadlo en paz!»
Después abrazó a su hermano y, jadeando, le preguntó: «¿Qué haces aquí? Ya te dije que no debías venir más. ¿Me entiendes cuando hablo?»
«Debe crecer, no puedes seguir protegiéndolo. Es un crío mimado; si sigues tratándolo así, verás qué buena pieza más ejemplar te resultará».
A Sadam le gustaba la palabra ejemplar, la utilizaba siempre que podía. Tal vez tuviese en parte razón incluso sobre Tommi, pero Iac no era un padre, por lo que no se sentía con el deber de educar a su hermano. Al contrario: a veces, lo fastidiaba incluso la idea de tener aquella relación, por la sutil dependencia que los vínculos parentales acaban entrañando. En cambio, Lira lo consideraba una cuestión de sangre: «En el fondo, tu sangre y su sangre son bastante iguales. Eso significa que al menos en parte estáis compuestos de los mismos átomos, que vuestro cerebro, en una palabra, tiene un funcionamiento similar. Si pienso en que eso es cierto también entre mi hermana y yo, no consigo aceptarlo.»
Parecía convencido de sus tesis, a las que Iac oponía las suyas: «Las que cuentan son las relaciones que eliges, no la gente que encuentras en torno a ti por fuerza. Ésa la soportas.»
Y sobre la idea de «soportar» el muchacho podía seguir teorizando durante horas. Entretanto, caminaban Lira, Tommi y él a lo largo del perímetro occidental del vertedero, al abrigo del muro. Por delante de ellos iba coleando Nero, con todas sus infinitas costillas bien a la vista.
«¿Una visitita a la pútrida?», preguntó Iac sonriendo.
«Si no queda más remedio…», comentó Lira.
«Sí, sí: así, si vemos aquella Cosa, podré contárselo a todos mis amigos», dijo Tommi con entusiasmo.
«Nerone, ¡ven aquí rápido!», gritó Iac, pero el perro no tenía la menor intención de interrumpir su carrera y en un santiamén desapareció detrás de un zigurat. Iac se lanzó tras él y también su hermanito lo siguió. En cambio, Lira se mantenía a distancia: a él la pútrida nunca le había gustado y sobre todo no tenía el menor deseo de meterse en líos. Los dos hermanos no tardaron en desaparecer de la vista y el muchacho decidió volver atrás: los esperaría en casa del Cojo, tal vez delante de algo que comer.
Entretanto, Iac había divisado el perro, que estaba escarbando en el montón de desechos, como si hubiera olfateado algo muy interesante.
«Mira, Iac, vamos a ver lo que está sacando», gritó Tommi.
Se acercaron y en seguida Iac se dio cuenta de que detrás del perro algo insólito creaba una barrera. Bidones azules con tapas negras, que unos días antes no estaban, formaban ahora casi una empalizada de acordonamiento. No se podía ver más allá. Fue casi seguramente por ese motivo por lo que el muchacho decidió acercarse. Entre un bidón y otro, vio al guardián del vertedero junto a otros dos hombres y tras ellos un gran camión que estaba descargando una serie de materiales: trozos de hierro, tejas, ladrillos rotos. Tomó nota mentalmente de lo que había disponible, porque algunos trozos podrían ser muy útiles también para él. Volvería aquella noche, tal vez con Argo, a coger lo que le sirviera.