Theo El dolor llegó primero como un golpe seco, sordo, casi irreal. Sentí el impacto en el vientre y por un segundo no entendí qué había pasado, solo supe que el aire se me escapó de los pulmones y que mis piernas dejaron de responderme. Marco estaba frente a mí, los ojos desquiciados, el cuchillo todavía en su mano manchada de sangre. De mi sangre... —Maldito… —alcancé a decir, más por orgullo que por fuerza cuando caí de rodillas. El ruido siguiente fue aturdidor, gritos, órdenes, pasos corriendo en todas direcciones. Escuché el nombre de Fernando, su voz firme dando instrucciones, y luego el estruendo de un disparo que retumbó demasiado cerca. Marco gritó y cayó al piso mientras soltaba un alarido cargado de rabia y dolor. —¡No te muevas! —ordenó alguien más. Alcé la vista ap

