Adriana El tiempo en ese pasillo no avanzaba… solo arrastraba con sigo mi desesperación. Cada segundo pesaba como si alguien lo hubiera estirado solo para torturarme un poco más. El sonido lejano de monitores, pasos apresurados, murmullos médicos… todo se mezclaba con el latido insistente de mi corazón. Tenía las manos entrelazadas sobre mi vientre, respirando lento, como me había pedido una de las enfermeras, pero el miedo no entendía de respiraciones controladas. Mi padre había donado sangre y ahora caminaba de un lado a otro, mi abuelo permanecía de pie, apoyado en la pared con la mirada fija en las puertas del quirófano, pero nadie hablaba, no hacía falta, porque yo no deseaba hablar con alguien en este momento. Hasta que finalmente… la puerta de metal se abrió y levanté la cabe

