Adriana
Nunca pensé que escuchar a Theo decir “no te vayas” pudiera afectarme tanto.
Pero lo hizo, no por la autoridad en su voz, ni por la firmeza con la que sostuvo mi maleta.
Sino porque, por primera vez en años…
sentí que alguien me estaba eligiendo a mí como persona y no al contrato, ni al compromiso absurdo que habíamos firmado.
Y cuando vi cómo se plantó frente a su madre —frío, decidido y sin titubear— y dijo que yo era la señora de la casa… algo en mi pecho se aflojó.
Un nudo que llevaba demasiado tiempo ahí, tenso, doloroso y asfixiante.
No era amor, o al menos eso quería creer, pero sí fue una calidez inesperada, una chispa de ese chico del que me enamoré antes de que todo se derrumbara.
Después de que Adelina se fue y el silencio llenó la casa, yo me sentía… extraña.
Conmovida, cansada y aliviada.
Después de nuestra pequeña charla donde él me pedía que me quedara y donde me pedía una oportunidad, tomó una de mis cajas y me miró.
—Vamos a terminar esto — mencionó sin reproches, sin tonos cortantes, sin evitarme, solo… ayudando y a darme espacio para pensar en todo lo que me había dicho.
—No tienes que hacerlo —le dije mientras acomodaba algunos libros en lo que sería mi rincón de lectura.
—Quiero hacerlo —respondió él, apoyado en la pared con una camisa arremangada— No voy a dejarte sola con esto otra vez. — Y ahí estuvo otra vez esa pequeña punzada cálida en mi pecho.
No lo demostré, pero la sentí.
—Deja ver si entendí... — comencé mientras me sentaba en el piso para acomodar mis libros en los estantes de abajo del librero, mientras el acomodaba sus libros en los espacios vacíos para darme más espacio para mis cosas — Afuera de esta casa quieres que mi familia piense que nos odiamos, pero aquí quieres que intentemos ser los mismos de antes...— él negó
—Yo no quiero que finjas nada con tu familia, es más que claro que entre nosotros han pasado muchas cosas y es normal que tengamos estas discusiones, hace años que no convivíamos y ahora estamos casados, no quiero que nada cambie de la noche a la mañana, solo quiero intentar llevarme bien contigo, que ambos recordemos lo que éramos hace años— aseguró y yo asentí
—Entonces tenemos mucho que recordar — mencione sacando mis cosas de la caja.
—¿Esto siempre estuvo aquí? —preguntó levantando un marco con una de mis ilustraciones antiguas.
Me reí apenas un poco al ver el cuadro que sostenía.
—Lo encontré cuando tenía dieciocho, es horrible, pensé en quemarlo, vuelve a ponerlo ahí— mencioné mientras lo miraba
—A mí me gusta —dijo, y para mi sorpresa… sonrió
Era ese tipo de sonrisas que te hacen recordar por qué alguna vez quisiste tanto a una persona.
—¿Lo colgamos? —preguntó moviendo el cuadro divertido
—Sí —admití, sintiendo ese calor extraño otra vez— Me gustaría. — mencioné sin poder dejar de mirarlo.
Y mientras él se subía a una silla para acomodarlo, podía notar cómo sus hombros tensos del día empezaban a relajarse.
Cómo nuestras conversaciones triviales llenaban espacios que antes parecían muros.
Cómo nuestras risas, pequeñas y torpes, eran más fuertes que todos los gritos que habíamos intercambiado días atrás.
En un momento, sin querer, nuestras manos se rozaron cuando ambos intentábamos mover una caja.
El aire se volvió espeso, era ese tipo de tensión que ya no nace de la incomodidad… sino de algo mucho más profundo.
Del deseo y la tracción, era ese tipo de energía que quema solo con mirar a la otra persona demasiado tiempo.
Levantar la vista y encontrar los ojos de Theo fue peligroso.
Porque por un segundo, por un solo segundo… vi vulnerabilidad en los suyos.
Y algo parecido a deseo en los míos, me giré primero, porque si no lo hacía, algo iba a quebrarse dentro de mí.
Después ambos simplemente continuamos con nuestro trabajo y por la noche nos quedamos sentados en la sala, rodeados de cajas abiertas y pedazos de mi vida que poco a poco recuperaban espacio.
Theo tomó una botella de agua, me la pasó sin hablar.
Yo la acepté con un asentimiento mínimo.
Estábamos en silencio, pero no eran silencios fríos, ni eran incómodos, sino todo lo contrario, eran… suaves.
Llenos de cosas que ninguno se atrevía a decir.
Y por primera vez desde que todo comenzó, sentí algo parecido a esperanza.
Una luz al final del túnel, yo tenía miedo, en este punto estaba herida.
Y aún no sabía si podría confiar plenamente en él después de todo.
Pero también sabía que no iba a dejar que nadie —ni Adelina, ni su pasado, ni mi propio dolor— me aplastara otra vez.
Theo no era perfecto, yo tampoco lo era, ambos éramos un desastre emocional intentando coexistir bajo el mismo techo.
Pero esta vez, cuando él se inclinó hacia mí apenas unos centímetros, como si quisiera decir algo que no se atrevía, no retrocedí y él tampoco.
—Adriana —dijo, voz baja, casi un susurro.
—¿Sí? — pregunté en el mismo tono
—Gracias por… quedarte. — Pasé saliva, intentando no demostrar lo que eso provocaba en mí.
—Estoy intentando, Theo —confesé por fin, con honestidad cruda— Sin prisas, sin forzar nada, solo… intentando que nos llevemos bien — Él asintió despacio, como si eso fuera más de lo que esperaba recibir.
—Puedo trabajar con eso —dijo con una sonrisa que me derritió un poco, aunque nunca lo admitiría.
Me fui a mi habitación más tarde de lo esperado.
Pero esta vez, al cerrar la puerta, no sentí soledad.
Sentí algo que llevaba años sin sentir, quizás no estaba lista para abrirme de nuevo al amor y quizá él tampoco estaba listo para amarme.
Pero había algo construyéndose entre nosotros.
Entre miedos, heridas y cicatrices que aún duelen.
Pero esto era una tregua, una oportunidad, a lo mejor una chispa.
Y esta vez… estaba dispuesta a ver hasta dónde podía llegar sin permitir que nadie, absolutamente nadie, volviera a humillarme.
Ni Adelina, ni mi pasado, ni mis dudas.
Ni el propio Theo... porque si había algo seguro, era que no estaba sola y por primera vez… él tampoco.
Desperté con una rara inquietud en el pecho.
La noche anterior había terminado con una calma inesperada entre Theo y yo… pero la calma no siempre significa paz.
A veces es solo el silencio antes de una tormenta.
Me levanté, me bañé, me vestí… y cuando bajé a la cocina, esperando encontrarla vacía, casi se me cae el alma a los pies al verlo ahí.
Theo estaba en casa a las nueve de la mañana, con una simple camiseta gris y el cabello aún húmedo.
—¿No vas a la empresa? —pregunté, intentando sonar neutra.
Él levantó apenas la mirada.
—No hoy me he tomado el día libre — mencionó y eso me confundió más de lo que debería.
Theo no faltaba al trabajo, ni enfermo, ni cansado, ni en crisis, él vivía para su empresa.
Para su orden, su estructura, su control, que estuviera aquí… conmigo… era extraño.
—¿Pasa algo? —pregunté, tratando de no sonar nerviosa.
—Solamente… quise quedarme. — mencionó mientras negaba ligeramente.
Y eso me generó un caos interno que no supe manejar.
Ni siquiera tuve tiempo de procesarlo porque, justo cuando iba a sentarme a desayunar con él, la puerta principal se abrió como un golpe seco.
Y mi estómago se cerró.... Adelina, entró como si la casa fuera suya.
—Tenemos que hablar Adriana — dijo mirándonos a ambos como si fuéramos adolescentes rebeldes.
Theo dejó el vaso sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—No tienes nada que hablar con ella, mamá.— mencionó mientras la miraba
—Claro que sí —respondió Adelina sin perder terreno— Es mi deber intervenir cuando mi hijo está arruinando su vida. —Sentí un ardor en la garganta.
Sabía que debía mantener la calma, que no podía darle más armas para atacarme, pero mis manos temblaron ligeramente bajo la mesa.
Theo se levantó antes que yo pudiera siquiera respirar.
—La única que está arruinando algo aquí, eres tú —dijo él con una firmeza que silenció la cocina— Te pedí que no vinieras, te pedí que dejaras de interferir en mi relación con Adriana — mencionó molesto
—¿Interferir? ¿Acaso voy a quedarme de brazos cruzados mientras esa?...— sus palabras se quedaron en su boca cuando Theo la miró
—No te atrevas —lo cortó Theo, la mirada oscurecida— No en mi casa — mi pecho se encogió.
Porque me defendía otra vez y eso dolía tanto como aliviaba.
Adelina apretó los labios.
—Solo vine a ver si aún había algo que salvar. — intentó justificarse.
—Lo hay, estoy intentando salvar lo que alguna vez tuve con la mujer a la que nunca pude olvidar —respondió Theo sin dudar.
Y mi respiración se detuvo, él lo dijo como si fuera obvio.
Como si esto, lo que fuera que estuviéramos intentando construir, valiera la pelea.
Adelina, viendo que no iba a ganar, dio media vuelta y salió de la casa sin despedirse.
Cuando la puerta se cerró, un silencio denso cayó entre nosotros.
Theo suspiró, se pasó una mano por el cabello.
—Lo siento —murmuró— No debería haberte expuesto a eso otra vez. — mencionó avergonzado
—No es tu culpa —respondí, aunque mis nervios seguían vibrando.
—Sí lo es —dijo él, mirándome con una mezcla de cansancio y frustración— Todo esto… todo lo que está pasando… es por mi culpa. — Negué lentamente.
—Theo…— intenté decir algo pero él negó
—No me digas que no —insistió— Sé que he sido horrible contigo y estoy intentando… de verdad estoy intentando hacerlo bien esta vez. — Sus palabras me tocaron un punto vulnerable.
Porque esas palabras eran honestas.
—Lo sé —susurré, y fue verdad.
La tensión entre nosotros cambió de forma, dejó de ser hostilidad y se volvió algo más complejo.
Cosas que queríamos decir pero no nos atrevíamos.
Emociones que se acumulaban demasiado rápido.
Theo dio un paso hacia mí y yo no fui capaz de moverme.
—Solo quiero que… podamos llevarnos bien —dijo— Que esta casa sea habitable para ti, para los dos. — Y yo le creí, pero también sentí miedo.
—Yo también quiero eso, Theo —admití— Pero no podemos fingir que nada pasó, no se borra así de fácil. — le recordé
—No estoy pidiendo que se borre —respondió él, respirando hondo— Solo quiero que… intentemos hacerlo, como dijiste ayer. — Me quedé mirándolo.
Ese hombre… mi esposo por obligación y por desastre… me estaba hablando con una honestidad tan cruda que dolía.
—Está bien —dije finalmente— Lo intentemos. — aseguré, sintiendo que tal vez, ahora todo podría ser diferente.