Un nuevo inicio (Victoria) ED
*Editado
No tengo ni idea de donde estoy, solo sé que no es mi hogar, no conozco y eso me atrae hacia este lugar, gente yendo hacia lo que supongo es la plaza central, es mucha, ¿qué pasa? Los sigo, esto es inmenso, nunca imaginé poder conocer nuevos lugares, esas ataduras se fueron, libertad. Es un pueblito muy pintoresco, ahora lo que necesito es encontrar un trabajo, lo que tengo no me va a durar para siempre y es obvio que no usaré las tarjetas de crédito, podrían encontrarme rápidamente y lo que menos quiero es eso, no había podido cambiar mi identidad, pero no importaba. Vamos debe haber algo, veo el anuncio en la puerta de una biblioteca y necesitan empleada ¡al fin! Carraspeo un poco, no hablo desde hace horas
- Buenas tardes señor, vengo para el puesto de bibliotecaria.- estoy nerviosa, esto es lo único para lo que creo ser buena, nunca me dejaron estudiar más allá de la secundaria, decían que un ama de casa no necesitaba esas cosas, pero si sé hacer cosas del hogar, eso debía servir de algo. El hombre se voltea, es bajito, tiene el pelo un poco canoso, de unos sesenta pasados, me sonríe de manera gentil y puedo ver que tiene un diente oro que lo hace ver algo gracioso, pero es muy buen mozo.
- Uy señorita lo lamento, pero hace una o dos horas vino una chica y ya le di el puesto, lo siento.- ¡no! ¿Por qué a mí? El hombre me mira con lástima, ¿tanto se me nota que estoy desolada? Tengo un nudo en la garganta gigante
- No se preocupe, encontraré algo, muchas gracias.- Desgraciada vida ¿qué hice yo? Primero un matrimonio forzado, luego un marido que me maltrataba, un aborto espontáneo, tener que huir de mi propia casa, ahora no encontrar un trabajo ¿qué sigue?, Dios ¿qué te hice yo?, ¿así de miserable quieres que sea? Me doy media vuelta ya con lágrimas rodando por mis mejillas cuando una mano cálida me sostiene de mi codo, volteo solo el rostro y veo a ese tierno señor que daban ganas de abrazar.
–Damita no se me ponga mal, hagamos un trato, yo le doy trabajo, pero pues no le puedo pagar mucho, ya tengo dos empleados acá y se me va a hacer difícil, pero Damita no llore, véngase pa’ca y trabaja con los tres ¿le parece Damita?- limpio mi rostro y lo único que puedo hacer es abrazarlo ya que me tendió la mano cuando más lo necesitaba, él tarda un momento en corresponder mi abrazo por la sorpresa, pero termina dándome unos golpecitos en la espalda.
- No sabe cuánto le agradezco que me dé esta oportunidad, no se preocupe por la paga, yo acepto cualquier cosa que usted me pueda ofrecer y le prometo que voy a ser la mejor empleada que tenga.- Este hombre ha sido como caído del cielo.
- Tranquila damita no se preocupe, más bien dígame ¿cómo se llama?, no la puedo llamar damita toda la vida.- el señor me mira inquisitivamente, no sé qué decirle, no había pensado un nombre e igual no podía mentirle acerca de este porque no tenía cómo comprobarlo. Utilizaré mi nombre real, ya lo decidí, pero no voy a usar el apellido de ese señor.
- Soy Victoria Garcés, un gusto conocerlo señor…- el hombre se ríe y me abraza, ahora la sorprendida soy yo.
- No, no, no, nada de señor, yo soy Miguel Franco a sus órdenes siempre damita Victoria.- De repente detrás de un escaparate sale una chica de rostro muy dulce aunque tiene su entrecejo fruncido, no veo que pase de los veinte, viene hecha una furia hacia el Señor Miguel, traía la nariz bastante roja y los ojos llorosos.
- Estoy realmente molesta con usted señor Franco, ¿por qué no me había dicho que en esa sección los libros estaban llenos de polvo? Soy alérgica al polvo Señor Franco.- seguido de esto empieza a estornudar como una loca, me asusto nada más pensar que algo le pueda pasar.
- Calma hija, calma. Antes de que te sigas sulfurando te presento a Victoria, ella nos va a acompañar a los tres acá en la biblioteca, pero creo que a ella la voy a dejar por la tarde con Samuel, y tú, mi querida Sofía, me vas a acompañar a mí en las mañanas.- la tal Sofía voltea hacia mí con cara de pocos amigos y simplemente susurra un ‘suertuda’, da media vuelta y vuelve a entrar por el mismo lugar del que salió.
-Bueno damita Victoria te veo mañana a mediodía aquí y te mostraré a tu compañero de turno, ahora ve a tomar un baño y a descansar, parece que lo necesitas.- sonrío ante el comentario del Señor Miguel, no lo conozco de nada, pero ya siento afecto hacia él.
- De casualidad usted sabe dónde hay un hotel, no me he registrado en ninguno y necesito dónde quedarme, al menos por ahora.- el señor Miguel me mira sorprendido y empieza a negar con la cabeza.
- ¿Cómo es eso de que no tienes casa? No, no, no, nada de hoteles.- Movía las manos de forma negativa al tiempo que movía su cabeza de lado a lado, se veía algo chistoso, pero no quise ser irrespetuosa.- Te quedarás en mi casa, mi mujer estará feliz de recibirte mi niña, no se diga más, nos vamos ahora mismo.- Estaba tan sorprendida que no pude articular palabra, hasta que me di cuenta que el Señor Miguel me tomaba del brazo, dirigiéndonos a la salida de la biblioteca.
- No, Señor Miguel, no puedo aceptar tal ofrecimiento, sería un atrevimiento de mi parte, ¿cómo puede tan siquiera pensar que yo le pediría algo así?- El señor Miguel soltó una carcajada, al ver mi confusión carraspeó y su rostro se tornó serio
- No se preocupe Victoria, no le haré nada, mi casa, es una casa de acogida, es mientras consigue un mejor lugar para vivir damita.- Ahora todo tiene sentido, ya me estaba asustando.
- Aun así señor Miguel me siento avergonzada de que usted me invite a su casa sin siquiera conocerme, podría ser una psicópata y usted tan tranquilo, no digo que lo sea, pero no creo que sea lo más conveniente.- El señor Miguel vuelve a reír, al parecer le caigo en gracia, me mira, con esos ojos de hombre comprensivo y risueño y solo se atreve a decirme.
- Damita, algo que he aprendido durante toda mi vida es a ver más allá de las apariencias, sé por su mirada que no es ninguna psicópata, lo que sí sé es que está triste, y lo que necesita ahora es un poco de cariño, y estoy seguro que mi esposa es la mujer indicada para eso.
No pude refutar nada al señor Miguel, era un hombre tan tierno que era imposible decirle que no, tomó mi valija, lo único que había podido sacar de esa casa y nos dirigimos a la que suponía era su casa, el pueblo era pequeño, no tardamos mucho en llegar. Mientras él buscaba a su esposa, yo esperaba en la sala, era una casa grande por lo que había podido ver, se veía que la mujer de la casa le ponía mucho empeño en cuidarla y mantenerla bella.
Había unas fotos en una mesa, no quería parecer una chismosa, pero me llamaban mucho la atención, así que tomé una de ellas y se veía al señor Miguel, a la que suponía era su esposa y a un muchacho, tal vez un poco mayor que yo, el paisaje de fondo eran unas montañas, ellos sonreían, supuse que era su familia, se veían tan felices, ¿por qué yo no pude tener algo así con mi esposo? No importaba que fuera un acuerdo, yo también tenía derecho a formar mi familia, sin embargo él solo pensaba en el dinero, en el poder que le otorgaba la riqueza de mi familia, ¿tan poco valía yo que me habían regalado al peor postor? Oí los pasos de alguien bajando por las escaleras y cuando menos lo pensé, dos brazos me rodeaban, lo único en lo que pude pensar fue en la esposa del señor Miguel y en esa bella acogida, la mujer no me conocía de nada, pero me abrazaba como si fuéramos las más íntimas amigas en el reencuentro después de años, cuando se separó de mí, pude ver a una mujer de unos cincuenta años, tal vez más, su cabello pintaba algunas canas, tenía unos hermosos ojos verdes, la piel blanquita, regordeta y muy sonriente, juntos se veían como un perfecto cuadro de felicidad, y sentí envidia.
-Bienvenida mi niña, soy Esther, la esposa de este acosador.- Me tensé al oír esas palabras y a mi mente acudieron todos esos años de maltratos *A ver golfa, ¿con quién te acostaste hoy? Tal vez con el cartero, no puedes aspirar a más, vagabunda, eres una sucia, una puta, no vales nada* La señora Esther me miró preocupada.
- ¿Qué pasa mi niña? No te preocupes, era una broma, ¿quieres algo?- No pude articular palabra, ese recuerdo estaba grabado en mi memoria, ese hombre había dejado una huella en mí, me hizo sentir como la peor escoria. Traté de mostrar una sonrisa.
- No se preocupe Esther, estoy bien, solo fue un momento de recaída, pero estoy bien, no necesito nada.- Esther me miró sin estar muy segura, con una sonrisa que me decía que todo iba a estar bien.
- Bien mi niña, te mostraré tu habitación, puedes hacer lo que quieras con ella, la única regla es que si vas a llegar tarde nos avises, para no dejarte por fuera.- Subimos las escaleras, de verdad era una casa muy grande y muy linda. Mi habitación temporal quedaba hacia la izquierda al fondo del pasillo, era espaciosa, tenía un baño privado y un ropero gigante, donde mis pocas pertenencias se verían terriblemente pequeñas, en el medio había una cama en la que cabrían cinco personas cómodamente, a cada lado había una mesita, al otro lado había un escritorio, con una lámpara y al lado de este una ventana grande, era una habitación hermosa, más grande que la que tenía, a pesar de vivir en una mansión, yo dormía en el cuarto de la servidumbre, un castigo por no querer tener sexo con mi esposo.
- Te dejamos sola para que te acomodes, cuando quieras baja a la cocina para servirte algo de comida.- Solo pude sonreír, les di las gracias y ellos salieron de la habitación.
Tomé una corta pero refrescante ducha, me vestí con un pantalón de mezclilla, una camiseta con un superhéroe estampado y unos converse, había traído la mayor cantidad de ropa posible, unos cuantos zapatos, sin saber porqué había empacado las tarjetas de crédito y mi computadora, sabía que tenía que deshacerme de ellas, una fotografía de mi madre y mi anillo de matrimonio y unas cuantas joyas más, con eso había salido de esa casa. Bajé las escaleras en busca de la señora Esther, entré a la cocina, allí estaba ella y un hombre que me daba la espalda, al verme, Esther puso un plato y me invitó a sentarme junto al desconocido.
- Señora Esther, perdón por preguntar pero, ¿dónde está el señor Miguel?- Esther me contestó que él ya había comido y se había ido para la biblioteca, me sirvió la comida y yo empecé a comer, de un momento a otro el hombre se levantó y salió enojado de la cocina, no pude verlo bien de lo rápido que se fue, Esther solo miró la puerta y soltó un suspiro, quise preguntar, pero no quería ser imprudente. Al terminar Esther recogió mi plato y yo le dije que iba a ir a la biblioteca para comenzar a trabajar.