*Editado
Si tan solo supiera que toda mi vida estuve encerrada, sabría que quiero explorar el mundo, pero por ahora tendré que conformarme con explorar este pueblo y las maravillas que me pudiera ofrecer, solo espero que nunca me encuentren. Volteé a mirar a Samuel que estaba detrás mío, se me hacía familiar, el cabello corto, rubio oscuro, ojos verdes, alto, con un buen cuerpo, me estaba sonriendo, una sonrisa tierna, tal vez un poco coqueta, no sé si sería mi impresión.
- Si insistes, Samuel, por favor muéstrale el lugar a Victoria y cómo llenar los formatos y eso, toca también tomarle los datos y la foto para el carnet.- Samuel seguía mirándome, mientras yo miraba al señor Miguel, nuestras miradas se encontraron, volvió a sonreírme y yo como boba me volví a sonrojar, para mí ese era mi mayor defecto.
Me hizo una seña con la cabeza para que lo siguiera, la biblioteca era enorme, tenía tres pisos, en el primero se encontraban la recepción, los baños, la sección de revistas, que para ser una biblioteca de pueblo, estaba repleta de revistas de muchos lugares del mundo; la hemeroteca llena de discos, acetatos y cintas de diferentes películas y música, la zona infantil, donde habían muchos peluches y libros para niños de todas las edades, sin duda mi lugar favorito, amo a los niños, también había una pequeña sala de lectura, en el segundo piso se encontraban todos los textos académicos y científicos, algunos escritorios y sofás, supongo que para los estudiantes del pueblo, y el tercer piso que sin duda amé, era la zona de la literatura, tenía una sección donde los escritores aficionados del pueblo publicaban sus historias, había una pequeña cafetería para los aficionados a la lectura, me sentí en el paraíso de los lectores. Samuel era muy buen acompañante, me contó la historia de la biblioteca.
Su familia la había construido cuatro generaciones atrás y la gente del pueblo donó los primeros libros, así fue como comenzó todo, surgieron de la nada, más adelante consiguieron patrocinio de algunas editoriales de las grandes ciudades, todo gracias a su abuelo, que había sido todo un hombre de negocios.
- Y pues hemos acabado el recorrido, este es el tesoro del pueblo.- No lo podía negar, esa biblioteca era enorme y hermosa, no pude evitar sonreír como niña en juguetería.- ¿Te gusta leer? Porque tienes una cara de ponqué que nadie te la quita.- De nuevo me miraba de esa manera, esa maldita manera que me ponía nerviosa.
- Era lo único que podía hacer donde vivía antes, para poder escapar de la realidad, me envolvía en el mundo de cada libro, sentía que era un personaje más, era como salir de viaje sin mover un solo dedo y sin gastar nada de dinero.- No sabía porque le estaba contando estas cosas, cuando me di cuenta dejé de hablar, Samuel me miraba, pero al mismo tiempo no lo hacía, estaba en su mundo, lo podía ver, algo de lo que había dicho había surtido efecto en él, no sé si positivo o negativo, pero lo había dejado pensando, lo mejor que pude hacer fue irme de allí, lo dejé solo con sus pensamientos y bien enfocado que estaba en ellos, porque no se dio cuenta de que había decidido irme.
-Damita, ¿dónde está Samuel?- el señor Miguel estaba con Sofía, no pude evitar notar los celos que la chica desprendía hacía mí.
- Ya debe estar bajando, se quedó arriba por un problema.- Sofía salió disparada hacía las escaleras, Miguel me ordenó hacerme en la recepción para enseñarme a diligenciar los formatos de préstamo, puse mucha atención, quería que en mi primer trabajo (tal vez el único) me fuera bien, estaba pendiente de las escaleras, no sé porqué, pero el hecho de que Sofía haya subido me generó cierta sospecha de que ellos dos andaban. Dejé de lado esos pensamientos y empecé a atender a las personas que iban llegando, todos fueron muy amables y me dieron la bienvenida al pueblo.
Entre la gente que entró había una chica muy simpática, se presentó como Julieta, era muy carismática y alegre, era alta y delgada, pelirroja, ojos cafés, un poco morena, con una sonrisa amigable, podía notar algo en sus ojos que no era normal en mucha gente, pero no sabía el qué, tendría unos veintitrés por mucho, hablamos un rato y me dio su número, quedamos para salir, fue grandioso. También entró un chico de unos dieciocho, con una que otra espinilla y con aparatos, tenía el cabello n***o y unos ojos azules preciosos, tenía una sonrisa coqueta y lo primero que hizo al verme fue guiñarme y sonreír atrevidamente, cosa que me causó gracia, muy galantemente tomó mi mano y la besó en el dorso diciendo que jamás había visto belleza tal y que no mentía, preguntó mi nombre y me dio el suyo.
- Soy Rafael, pero para ti bella doncella soy el enamorado.- No pude evitar soltar una risita nerviosa, el rió al ver mi expresión y entró como Pedro por su casa. La gente en este pueblo era bastante interesante.
Ya eran más o menos las cuatro de la tarde y ni Samuel ni Sofía habían aparecido, ya había pasado alrededor de una hora, ¿qué tanto estarían haciendo? En ese mismo momento vi a una muy contenta Sofía bajando por las escaleras, arreglándose la camisa y el pintalabios, no necesitaba más para saber las porquerías que estarían haciendo. Al poco rato bajó Samuel, él estaba muy normal, se veía tal cual lo había dejado en el tercer piso, su cabello intacto, la misma expresión, pero en el cuello de su camisa se podía notar una pequeña mancha de carmín, seguramente se la habían pasado divinamente, para haberse demorado tanto tiempo.
La biblioteca cerraba a las seis, por lo cual tenía que apurarme y arreglar unos documentos que el Señor Miguel me había encargado. Tenía que clasificarlos y organizarlos de tal manera que toda la información estuviera a la mano. Me distraje de mis pensamientos con esa tarea. Sin embargo, en un momento solo pude recordar los golpes, los insultos y los maltratos que había sufrido. Recordaba a ese hombre que ante el cura juró amarme, respetarme y protegerme; recordaba como con un pequeño error de mi parte, él enloquecía. Me miraba con odio, con asco. Excepto cuando había bebido, en ese momento se despertaba un monstruo peor que el que me insultaba, me tocaba a pesar de que no quería, me besaba a la fuerza, me obligaba a sentirlo. Recordar esos momentos solo generaban escalofríos en mí y pude notar que lágrimas caían de mis ojos, pero ya era suficiente, había llorado demasiado por alguien que no me amaba y debía dejarlo atrás lo más pronto posible.