8~ El punto de vista de Isabella
Al despertar, sentí una extraña mezcla de alivio e incredulidad. Mi entorno era cálido y reconfortante, lejos de la dureza de la vida de la que había estado huyendo. La comida que tenía delante era más que simple alimento; era una muestra de bondad y cariño que no había experimentado en tanto tiempo. No pude evitar atiborrarme, saboreando cada bocado como si fuera un tesoro.
El hombre que me había salvado seguía allí, observándome con una expresión suave y preocupada. Levanté la vista del plato, sintiendo una extraña sensación de consuelo en su presencia. No estaba lista para irme de aquel lugar, no cuando sentía que por fin había encontrado un lugar donde realmente me aceptaban.
“¿Cómo te llamas?” pregunté finalmente, con la curiosidad apoderándose de mí.
Él sonrió, con un dejo de disculpa en sus ojos.
Perdón por no haberme presentado antes. Soy Lucian Grey, el Alfa de la Manada Bosque Nevado.
La comprensión me golpeó como una ola de frío. El corazón me dio un vuelco y sentí que el miedo volvía a invadir mi pecho. Había oído tantos rumores sobre la crueldad y la insensibilidad de Alpha Lucian. La idea de estar en presencia de una figura tan poderosa me intimidaba.
Pero Lucian debió notar el cambio en mi expresión porque enseguida me tranquilizó: «Por favor, no tengas miedo. No estoy aquí para hacerte daño. Estás a salvo conmigo».
Respiré hondo, intentando calmar los nervios que me abrumaban repentinamente. La amabilidad de Lucian parecía contradecir todo lo que había oído sobre él. Quizás esos rumores eran solo eso, rumores.
“¿Sabías que tienes un apodo?” pregunté, tratando de aligerar el ambiente.
Lucian arqueó una ceja, intrigado. “¿En serio? ¿Qué pasa?”
Dudé y luego dije: “El despiadado y feo Lucian”.
En cuanto las palabras salieron de mi boca, Lucian se echó a reír; el sonido resonó cálidamente por la habitación. Fue inesperado, y me encontré sonriendo ante su reacción.
“¿Soy tan malo?” preguntó, todavía riendo.
—No —dije, negando con la cabeza—. Por lo que he visto, no te pareces en nada a los rumores.
Su risa se suavizó y me miró con una mezcla de diversión y sinceridad. “Bueno, supongo que me alegra demostrar que los rumores son falsos. Espero que empieces a darte cuenta de que no todo lo que has oído es cierto”.
Asentí, sintiéndome un poco más tranquila. “Sin duda. Te agradezco todo lo que has hecho por mí, Alfa Lucian”.
La voz de Lucian era suave al hablar: «Deberías descansar. Hay ropa en la percha de allí; elige la que te resulte más cómoda. Y si necesitas algo, no dudes en pedírselo a las criadas».
Asentí, sintiendo una ola de gratitud.
Con una sonrisa tranquilizadora, Lucian se giró para salir de la habitación. Al cerrarse la puerta tras él, una oleada de alegría me invadió. No pude evitar dar vueltas por la habitación, sintiéndome más ligera que en mucho tiempo. La ropa que había mencionado era preciosa, de telas suaves y colores vibrantes, una clara diferencia con los andrajos que llevaba puestos. Elegí un vestido cómodo y elegante y me lo puse, admirando cómo me hacía sentir diferente.
Mientras bailaba, la felicidad me invadía. No podía creer lo amable y guapo que era Lucian. La forma en que me había cuidado, a pesar de todos los rumores, me hacía sentir como si estuviera en un sueño. Sin embargo, me contuve para no elogiarlo demasiado. Parecía demasiado pronto y no quería parecer demasiado ansiosa.
Esta habitación, la ropa, el calor, todo era tan nuevo y maravilloso. Decidí entonces que iba a vivir mi vida al máximo, disfrutando de cada trocito de felicidad y seguridad que me había llegado. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que tenía la oportunidad de empezar de cero, de sacar algo positivo del caos que había en mi vida.
Al desplomarme en la cama, la suavidad bajo mí parecía un sueño. Me quedé allí, mirando al techo, pero mis pensamientos comenzaron a regresar a la vida que había dejado atrás.
El rostro de Jack apareció ante mis ojos: su calidez, la forma en que había intentado protegerme. Me dolía el corazón al recordar su suave tacto y el dolor de su rechazo. Me preguntaba si alguna vez pensaba en mí o si simplemente seguía adelante con su vida felizmente. El pensamiento me provocó una punzada de tristeza, pero la aparté. No tenía sentido darle vueltas a lo que había sido.
Pensé en mis padres adoptivos, quienes me habían hecho la vida tan miserable. ¿Se darían cuenta siquiera de mi ausencia? ¿Me estarían buscando o estarían demasiado consumidos por la ira y la crueldad como para importarles? Dudaba que notaran mi ausencia. Para ellos, solo era una carga, fácil de olvidar. Negué con la cabeza, intentando aclarar mis ideas. Ya no importaba. Había escapado de esa vida dolorosa y había encontrado algo diferente, algo que se sentía como un nuevo comienzo.
Con un suspiro de satisfacción, seguí explorando la ropa que Lucian me había proporcionado. Cada pieza era más hermosa que la anterior, y me tomé mi tiempo para recorrer las lujosas telas con los dedos, disfrutando de su tacto. Me probé varios conjuntos, admirando cómo cada uno me hacía sentir especial y cuidada.
El tiempo parecía pasar volando mientras comía y me probaba ropa diferente, el cansancio del día me estaba pasando factura. La sensación de seguridad y la comodidad del hogar de Lucian me hacían sentir a gusto, y mis párpados pesados empezaban a cerrarse.
Al final, la combinación de la deliciosa comida y el ambiente relajante de la habitación me impidió mantenerme despierto. Me tumbé en la suave cama; la tela me resultaba fresca y acogedora. Me acurruqué entre las almohadas, sintiendo una profunda paz que no había experimentado en mucho tiempo.
A medida que el sueño me iba hundiendo, me hundí más en la cama, sintiendo el suave abrazo de la suavidad debajo de mí. Mi mente era un torbellino de pensamientos reconfortantes, y dejé que la tranquilidad de la habitación me envolviera como una manta cálida y acogedora.
En esos últimos momentos, antes de que el sueño me venciera por completo, me aferré a la frágil esperanza de que esta nueva vida pudiera ser todo lo que había anhelado. La esperanza se sentía como una suave chispa dentro de mí, una que deseaba desesperadamente mantener viva. Imaginé un futuro donde finalmente podría ser feliz, libre del dolor y la soledad que habían definido mi pasado.
Mientras mis ojos se volvían pesados y mis pensamientos comenzaban a divagar, susurré un deseo silencioso en la oscuridad: que tal vez, esta vez, el mundo fuera amable conmigo.